Cuando se menciona al Sankt Pauli de Hamburgo, se apela a algo más que un club de fútbol. Detrás, hay unos valores intrínsecos que convierten en la entidad en un ente cuyas raíces son capaces de obviar el balón para llegar a la sociedad. En 2013, unas vecinas de Hamburgo que habían coincidido años atrás en el St. Pauli, hartas de cruzarse en su camino con multitud de personas en un improvisado campo de refugiados de la estación de trenes, decidieron junto al Grupo de Refugiados de Lampedusa (que integraba cerca de 300 personas) que el fútbol podría servir para acoger y distraer a dichas personas.

Lo que empezó como unas cuantas pachangas en un pabellón con chavales instalados en la iglesia de la ciudad alemana, es hoy un club de fútbol amateur, el FC Lampedusa Sankt Pauli, formado por unos cuarenta refugiados de entre 14 y 42 años, la mayor parte de los cuales procedentes de África. Los hay también de América y Europa. “El equipo no quiere tener una sola nacionalidad, sino varias”, aporta Fernando Vélez, uno de los más veteranos del equipo. Tres años después de su fundación, supone todo un éxito, bien merecedor del City to City Barcelona FAD Award 2016, condecoración que se otorga a proyectos que contribuyen a mejorar la vida en las ciudades.

Lo cierto es que, gracias a esa propuesta, muchos refugiados en Hamburgo pudieron, entre otras cosas, viajar a Barcelona para disputar un partido ante la Penya Blaugrana Vallirana. El Barça financió parte de los costes del viaje a este grupo de personas que, paradójicamente, pudieron ir en metro en la ciudad condal aunque en Hamburgo no pueden ir a la escuela ni coger el metro para ir a jugar un partido a las afueras de la ciudad donde entrenan una vez por semana. “La ilusión ya no es jugar un partido, sino desplazarse a otra parte de Europa donde jugarán y se les recibirá muy bien”, asegura Esteve Martorell, miembro de la comisión organizadora del acto de recibimiento al Lampedusa en Barcelona.

Los jugadores del Lampedusa pudieron disputar un encuentro amistoso en las instalaciones del FC Barcelona. / Foto: FC Barcelona

Los jugadores del Lampedusa pudieron disputar un encuentro amistoso en las instalaciones del FC Barcelona. / Foto: FC Barcelona

Con ese viaje, los jugadores del Lampedusa Demostraron que, más allá de lo que digan los documentos, ninguna persona es ilegal. “En un día normal somos unos cuarenta, pero en realidad somos un equipo de centenares. Los que ya no están con nosotros siguen formando parte de la familia y, gracias a las redes sociales, podemos mantener el contacto con ellos y saber qué tal les va de vuelta a sus países”, explicó a Vice Sports hace unos meses una de las cinco entrenadoras del equipo, Hagar Groeteke, en su estada en Barcelona. Hagar, prosigue, lamenta que uno de los momentos más duros es ver como algunos de sus miembros son deportados. “El fútbol me ha ayudado a conectar con gente de todo el mundo y mis compañeros son como mi familia”, asegura Driton, un chico kosovar de apenas 17 años que teme tanto por su futuro como por el de sus compañeros de equipo. Cuando uno es deportado, todo el equipo va a la estación de autobuses con pancartas y banderas para despedirle.

Con el propósito de dar oportunidades a través del deporte, las entrenadoras definen al Lampedusa como un equipo “90% fútbol y un 10% reivindicación política”. Rechazan las expresiones “ayuda” o “integración” dado que, razona Hagar, no creen que sean las palabras “adecuadas”. “Los refugiados son como nosotras, y no necesitan integrarse, lo que realmente necesitan es un trato humano y oportunidades reales de encontrar una vida mejor”, ampliaba la ex jugadora, quien reivindica el deseo de crear “una burbuja apolítica” donde “todo el mundo es bienvenido”. “El fútbol es nuestro lenguaje, se juega igual en todos los lados, las reglas son las mismos para todos”, expone uno de los jugadores del Lampedusa, que regatea obstáculos y fronteras como si de rivales se tratara.