Cerca de la costa norteña de Francia, a pocos kilómetros de la frontera con Bélgica, se halla una pequeña población llamada Grande-Synthe, un suburbio cerca de Dunkerque. Ahí, el año pasado una organización sin ánimo de lucro, The Worldwide tribe (‘La tribu mundial) empezó a recoger las necesidades de los refugiados, solicitantes de asilo, en un almacén, lo que inspiró a dos creativos ingleses, Aryven Aarased y su socio Joe Watson, a desarrollar un proyecto con el que, mediante el deporte, poder ir más allá con el mensaje de solidaridad hacia un colectivo cuyo presente sigue lejos de su voluntad. 

La proximidad al mar y las frías temperaturas que envían los vientos del Atlántico convierten Grande-Synthe en una población llena de zonas verdes, perfecta, por tanto, para la práctica del fútbol sobre césped natural. Ambos creativos entendieron que este deporte podría usarse como la herramienta perfecta para dar un giro a las vidas de los refugiados. “No es una campaña política, ni pedimos caridad. El objetivo es simple: cambiar el modo como los refugiados son vistos en los medios de comunicación”, relata Aryven a Highbury. Normalmente se ve a los refugiados en entornos o circunstancias perjudiciales, pero esta vez encontraron una gran oportunidad para mostrar quiénes son realmente. “El fútbol es un lenguaje universal, que proporciona un tiempo de libertad para los jugadores y un momento de escape con nuevos compañeros”, añade. Así, nació la Liberté Cup (‘La Copa de la Libertad’), un torneo cuyo lema expresa de forma clara su razón de ser: “El fútbol no tiene fronteras”.

No importa el sexo ni la procedencia: en la Liberté Cup sólo hay fútbol, ninguna frontera. / Foto Collectif Oeil

No importa el sexo ni la procedencia: en la Liberté Cup sólo hay fútbol, ninguna frontera. / Foto Collectif Oeil

El reto del mismo era claro, transformar los estigmas con los que muchos de los refugiados vivían en nuevas posibilidades para que pudieran cambiar su imagen. “Se ha dicho que los refugiados eran criminales, terroristas o violadores, cuando sólo escapan de la guerra. Queríamos mostrarles en un escenario global como futbolistas y como seres humanos”, prosigue Aryven, quien se propuso trabajar con distintas organizaciones benéficas para ayudar a los jugadores a encontrar una vía para reintegrarse. “En un campo de refugiados hay un gran nivel de aburrimiento por la falta de actividades, y muchos son fumadores. Cuando los jugadores se unieron a las sesiones de entrenamiento, fue un momento de unión y de actividad física, algo que esperaban toda la semana”, anota el creativo, destacando algunas de las ayudas que el fútbol les proporcionaba. “Cuando juegan comparten sus historias, y así se hacen más amigos”, sentencia Aryven. Además, pueden mandar un mensaje de positivismo a sus familias, pues la organización del torneo puso a disposición un fotógrafo que les retrató, ofreciéndoles de forma gratuita fotos que los refugiados pudieron compartir con sus más allegados, demostrando que se encontraban en un buen lugar.

Así, en septiembre de 2016, organizaron en el sobrio Stade du Moulin, un torneo de fútbol 7 con equipos de refugiados de diferentes sitios de Europa, que pudieron jugar animados por un buen número de ruidosos aficionados. Entre ellos, uno organizado con refugiados de esa misma zona, Grande-Synthe, y otro, Les Degommeuse, un equipo de chicas que reivindica el fútbol femenino y defiende la lucha contra el sexismo y las fobias al colectivo LGBT. El torneo sirvió para recaudar fondos benéficos para los refugiados (asimismo, siguen aceptando donativos en su web), y junto al canal ITV han preparado un documental cuyo tráiler ya está disponible. El torneo solamente cuenta con una edición hasta la fecha, pero la idea es seguir creciendo involucrando a cada vez más gente y empresas para que, entre todos, contribuyan a mejorar en parte las vidas de unos refugiados para quienes los campos de fútbol son un momento de respiro a los otros campos en los que viven mientras, cruzando Europa, buscan un nuevo hogar.