Pido una hamburguesa en el parque junto al Old Spotted Dog Ground. Y me la como, claro. Hay gente paseando, jugando al cricket, y cómo no, unos chavales pateando un balón. La tranquilidad es ajena al equipo de fútbol local. Los pocos aficionados del Norwich United que han hecho el largo viaje hasta Londres entran al estadio, al igual que un puñado de personas. El grueso está fuera, esperando en la puerta a que dé comienzo el partido y repartiendo folletos informativos. “Toma, ¿vas a entrar?”, me pregunta un muchacho mientras me da un papel. “No, claro que no”, respondo. Hay boicot.

Mi intención es vivir el partido desde fuera del campo, en un callejón estrecho junto al Real Clapton FC. Hablar con ellos y tratar de entender algo.

Hay un gran panel a la entrada. Solo se puede leer el nombre del club, el resto está cubierto por pegatinas, tanto de los propios Tons como de aficionados de equipos de toda Europa. Todas recordando una de las premisas que quieren para sus campos de fútbol, para sus barrios: nada de racismo, ni homofobia, ni machismo. Respeto, todo el mundo es bienvenido. Luego hay una bandera, con el escudo del club y un eslogan: apoya al equipo, no al régimen.

Unos diez minutos antes de que empiece el partido, uno de los aficionados italianos del Clapton entiende que el chaval aquel que mira atontado las pegatinas desde cerca, cámara en mano, debo ser yo. Nos saludamos y empezamos a charlar. “Siéntete libre de preguntar a quién quieras, seguro que todos querrán contarte mil historias del Clapton”, me advierte.

Llegamos al callejón que hay en un fondo del campo. Los muros son más bajos, y encaramados a cualquier lado puede verse el fútbol. Allí hay de todo. Sillas, mesitas, escaleras. También gente que ha traído algo para comer, y gente que ha traído algo para beber.

También hay rotaciones. Mientras unos siguen el partido subidos a los muebles de aquel mercadillo improvisado, el resto anima desde abajo, o conversa. O saluda a los vecinos que pasan por allí.

Los visitantes arrancan bien y ponen en apuros a los Tons, a quienes les cuesta entrar en el partido pero pronto contrarrestan los esfuerzos del rival. El choque pasa a ambas áreas. Arriba y abajo continuamente.

Es verano. El sol es intermitente, como las charlas sobre música y fútbol, sobre la vida, tras el muro.

“Tuvimos problemas para seguir organizando actividades en el campo y McBean incluso llegó a denunciarnos”, cuenta otro de los inmigrantes italianos que han hecho del Clapton su nuevo equipo local. “Estamos con rollos de abogados con él, y dado que el dinero de las entradas lo administra como quiere, hemos decidido no entrar más a nuestro propio campo”. Los aficionados que han organizado el boicot entienden que con el dinero que invierten en el club, el presidente lo utilizaría para costear los costes de los juicios. “Ya tenemos suficiente con pagar a nuestros abogados, ¡como para pagar también los suyos!”, medio bromea medio no.

Al borde del descanso llega el gol, como tenía que hacerlo en un partido de copa en un campo con un césped con calvas. Tras un saque de esquina, los visitantes acumulan hombres bajo palos mientras los locales disparan al frontón. Al final alguien decide chutar alto, para evitar los cuerpos, y confirma su hipótesis. Gol al borde del descanso.

El árbitro pita el silbato, los jugadores vuelven al vestuario, y los aficionados organizan una asamblea. En ella se informa de la actualidad del club, de su campaña y de sus próximas actividades. Gente de diferentes generaciones, sexos, procedencias y modos de vida dialogando y buscando juntos encontrar soluciones.

La segunda mitad empieza y me subo a una escalera. A mi lado, un mancuniano que hizo las maletas hacia la capital. Sobrevive, me cuenta. Le pregunto que por qué el Clapton en particular. “Porque soy de izquierdas”. No duda, pero matiza. “Este es un grupo de gente muy maja: vienes, ves el partido, te tomas una cerveza, te relacionas, no te cuesta una fortuna, y además haces algo por la comunidad”.

Pasan los minutos y llega el segundo gol. El Norwich United parece bajar los brazos y, con la victoria asegurada, el ambiente es aún más distendido. Lo que no cesan son los cánticos: Tons just wanna have fun al ritmo del éxito de Cindy Lauperel árbitro es un Tory (seguidor del partido conservador) cuando el colegiado se equivoca, o un poco creativo pero amable Bien hecho, Norwich al final del encuentro.

Durante los minutos finales del partido la gente empezó a recoger bártulos. La idea era esperar en la puerta principal para dar la enhorabuena a los jugadores por la victoria. Pero éstos fueron más rápidos. En un pestañeo, el callejón pasaba de ser desalojado a llenarse de vida. Humo, color, banderas, ruido, alegría. Están en novena, el futuro no es optimista. Pero siguen vivos. Y con ganas de más.