Manuel, cariño, despierta que es jueves”, se escucha desde el pasillo. En la habitación, Manuel, a sus 63 años, aparta la colcha que le cubre para ponerse en marcha un día más. Su mujer, Clara, ha madrugado aún más para prepararle el desayuno. Un intenso olor a café invade la cocina y parte del salón, apenas separadas por un estrecho pasillo de un metro de ancho. En la mesa, dos tostadas y un frasco de mermelada de melocotón a medias, una cucharilla y un vaso de zumo de naranja. La mesa, cuidadosamente cubierta con un hule que recoge el escudo de su equipo en el centro.

Hace siete años que el Alzheimer llamó a la puerta de Manuel. Como cada jueves, el microbús del Centro de Día pasará a buscarle minutos después de las nueve, aunque él no recuerde que ya acudió la semana anterior al mismo lugar. Tras apurar el último sorbo de café con leche, Manuel enfila el pasillo con rumbo a su habitación. Allí, ante el espejo del armario, comienza a vestirse con su traje de las ocasiones especiales. Otro jueves más cree que es su primer día en el centro.

La memoria de Manuel dejó de ser frágil hace tiempo. Nunca tuvo una gran retentiva, pero en los últimos siete años ha ido cuesta abajo y sin frenos. Solo conoce a sus hijos si los tiene delante y su visión del pasado se ha distorsionado hasta límites insospechados. En medio, Clara, su Clara, la mujer de su vida. No recuerda cómo la conoció ni el lugar donde la besó por primera vez a escondidas para evitar los chascarrillos de sus amigos. Solo sabe que es su mujer y que la quiere con locura. Su edad, su procedencia y su antigua profesión son algunos de los detalles que han naufragado en la vorágine de su memoria.

“Buenos días, mi nombre es Manuel”, dice mientras le estrecha la mano al conserje. Éste le sonríe, consciente del mal que sufre su interlocutor. Le abre la puerta y le da la bienvenida a un lugar que ni siquiera es capaz de recordar vagamente. En el hall de la recepción aguarda pacientemente una mujer joven, morena y ligeramente maquillada. Su nombre es Laura. Tiene 32 años y un marcado acento asturiano que choca frontalmente con el de Manuel, propio de la capital de Andalucía. Le saluda con alegría y le dedica la mejor de sus sonrisas. Le toma del brazo y exclama con tono alegre: “Venga, Manuel, dile adiós a Clara que te vienes conmigo un rato”. Feliz, se da la vuelta y obedece agitando su mano ante la sonrisa que, a medio camino de la nostalgia y la pena, le brinda su mujer.

Hoy no es un día cualquiera en el Centro. Jaime, el psicólogo, ha diseñado una nueva estrategia para tratar a Manuel. A pesar de ser un caso muy complicado por la velocidad a la que el Alzheimer devora sus recuerdos, Jaime no pierde la esperanza. Es consciente de que la memoria de su paciente está muy deteriorada y de que jamás volverá a recuperarla. Ni siquiera un fragmento de ella. Sin embargo, pelea por evitar el agravio que supone el paso del tiempo en el desarrollo de su enfermedad. “Si no podemos deshacer lo andado, quizás podamos frenar su avance”, argumenta a sus compañeros Jaime.

Laura y Manuel recorren agarrados del brazo una serie de pasillos de las instalaciones mientras charlan amistosamente. No recuerda qué ha desayunado ni cómo ha llegado allí pero Manuel no pierde la sonrisa. Sus facciones, desgastadas por el paso del tiempo, se arrugan aún más cuando Laura le piropea: “¡Qué bonita y qué maja eres! Pero no me has dicho como te llamas”, le responde Manuel a pesar de que lo ha escuchado tres veces.

Entre risas y halagos llegan a su destino. Junto a una puerta espera Jaime, ataviado con una bata blanca y unas gafas de pasta relucientes. Tiende la mano derecha a Manuel mientras con la izquierda sostiene una carpeta negra. En ella, todos y cada uno de los informes de su paciente más querido, del único que le ha llegado a quitar el sueño en sus siete años en el centro. “Adiós bonita”, dice Manuel para despedirse de Laura. La empleada corresponde con un beso en la frente del paciente y con la mejor de sus sonrisas. Jaime le pasa la mano por encima del hombro y traspasan juntos la puerta para acceder a la sala de visionado. “¡Vaya tele! Es la más grande que he visto en mi vida”, afirma boquiabierto Manuel ante la pantalla del proyector, olvidando por completo todas aquellas tardes de juventud en las que fue al cine con Clara.

“Mire, Manuel. Hoy vamos a hacer una cosa nueva usted y yo. Vamos a sentarnos en esta silla y en vez de charlar o de escribir como hemos hecho otras veces, vamos a ver un partido de fútbol, porque te gusta el fútbol, ¿verdad?”.

La cara de Manuel es digna de ser fotografiada. Resulta que Jaime, ese desconocido que ha osado pasarle la mano por encima del hombro de buenas a primeras, le conoce mejor de lo que jamás podía imaginar. “¡Me va a poner fútbol!”, piensa mientras asiente con la cabeza. Y entre tanto, se apagan las luces y comienza el partido. Manuel cruza una pierna sobre otra y se coloca el nudo de la corbata. Es la misma posición que adoptaba en el estadio al que tantas veces acudió a animar a su equipo. Concentrado, trata de no perder detalle de ninguna acción del juego aunque no sea consciente del partido que está presenciando. Mientras, Jaime toma notas en su carpeta. Su paciente, hasta ahora, no es capaz de reconocer al equipo de su vida.

“Hay que ver qué bien juega ese número ocho”, afirma Manuel tras unos minutos en silencio. Se trata de García, el mediocentro que todas las temporadas era merecedor, para Manuel, de jugar en la selección nacional. Y mantuvo su opinión hasta el día en que se retiró aquel fino centrocampista. Sin perder los gustos ni el paladar futbolístico, que siguen inalterables con el paso del tiempo, no es capaz de reconocerle. Jaime niega decepcionado con la cabeza mientras sigue escribiendo.

Han pasado 87 minutos de partido y la situación, más allá de algún comentario sin incidencia, no ha cambiado. La pantalla muestra como el propio García recoge un balón en la frontal del área, quiebra a su rival y marca con un disparo duro y abajo. La estirada del portero no lo puede evitar. Los jugadores corren como locos a celebrarlo con su compañero. El banquillo también. La grada, en pie, se rompe las manos a aplaudir. Jaime, que ha crecido con la famosa leyenda local del gol anotado por García, aparta la vista de la pantalla y escribe de nuevo en su carpeta. Sin embargo, apenas unos segundos después deja de hacerlo. Ha percibido algo. Manuel ha sacado un pañuelo de su americana. Varias lágrimas inundan sus ojos y surcan su rostro. Trata de apurarse para que no le vean llorar. Jaime le pregunta por qué lo hace. “Hacía muchos años que no veía este gol. Aquel día ganamos nuestra única Copa, en el 94”, responde Manuel con la voz entrecortada. Jaime se acerca, le abraza y le da un beso en la mejilla. Acaban de meterle un gol al olvido.