Los piratas siguen vivos en el siglo XXI. Todavía llevan parches, aunque estos han pasado de estar en ojos tuertos a ser insignias en chupas. Aún asaltan barcos, que ahora llevan los nombres de grandes marcas. Son antifascistas antirracistas y antisexistas que militan en el St.Pauli, un frente popular donde se toma ron… Y cerveza, y tequila; y lo que caiga. Mezclas que aseguran los cantos a todo trapo, odas para héroes que corren en un césped cada domingo. Que clavan sus tacos en el verde del Millerntor-Stadion cual tropa de asalto. Pero que siguen con la misma bandera: la de calavera y las dos tibias. La que ha sembrado terror y revuelta a partes iguales. Como ahora, en un fútbol cuadriculado donde han sembrado el caos.

Los corsarios se guarnecen en Hamburg-Mitte, un distrito de tradición marinera de Hamburgo, donde conviven punks con marineros, inmigrantes con poetas, artistas con familias…  Allá las fronteras entre el fútbol y la política se han ahogado. Esta es una parcela de fuertes convicciones sociales que se ha dado en llamar St.Pauli, equipo de fútbol de la 2.Bundesliga. Su sacra identidad la componen sus aficionados, dispersos por todo un planeta futbolístico. Ellos tienen claro que una vez en la vida hay que peregrinar a Alemania.

Este es un entorno fértil para un anticlub fundado en 1910 que abandera los mandamientos contra el fútbol moderno jugando con sus propias reglas, las que le han llevado a ser una escuadra respetada en Alemania con aspiraciones a meterse entre los buques de una liga a veces Hanseática, de grandes mercaderes. Con todo, este navío de tripulación comprometida se ha colado en la máxima categoría alemana en varias ocasiones, la última en 2010.

POR AMOR O POR AZAR

A pesar de la atractiva propaganda, la duda emerge con toda curiosidad. ¿Qué le lleva a alguien a ser del St.Pauli, un equipo a cientos o miles de kilómetros de su casa? ¿Por qué un equipo alemán de segunda división tiene más de 300 peñas por todo el mundo? “Soy del St.Pauli porque lo trajeron hasta mí. Tuve un ex novio alemán que me lo mostró”, relata a Highbury Luciana Leal, miembro de St.Pauli Brasil, colectivo de aficionados que residen en un país que vive por y para este deporte. Ella es también es aficionada el Sao Paulo, pero como un ejercicio secundario de pasión futbolística. Lo que realmente le hace tirar de orgullo es haber conseguido movilizar a más de 1.100 personas a través de las redes sociales para apoyar a un club que es algo más que eso.

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Del amor a la casualidad, como el caso de Hernán G., administrador de Piratas del Sur, una de las páginas más activas del St. Pauli en castellano: “Empecé a buscar otros clubes del mundo con camiseta marrón y blanca como la de mi club, el Atlético Platense (con el que el St.Pauli está hermanado). El primero que encontré fue el St.Pauli”. El azar se convirtió rápidamente en una dopamina que derribó cualquier frontera idiomática: “Me enganchó definitivamente su rebeldía, la capacidad para saber decir ‘NO’ y aún así mantener un equipo de fútbol profesional con buenos resultados”. Hoy Hernán G. vive en Wroclaw (Polonia) y siempre que tiene la oportunidad se escapa a Hamburgo (630 kilómetros separan a ambas ciudades), previo acopio de una entrada, tarea nada fácil en un estadio donde no hay localidades a la venta.

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La calavera se ha colado como la peste más allá del charco, pero su influjo también ha traspasado las fronteras del viejo continente. En Valladolid tiene su sede una de las peñas más activas de Europa, El Grano: “Escogimos ser del St.Pauli por ideología y por el buen rollo de su hinchada. Alucinamos con un viaje fortuito que hicimos en los 90′ a Alemania. Nos impactó la actitud de la grada”. Son veinte incondicionales que también simpatizan con los colores del Livorno o del Rayo Vallecano que forman parte de la Internacional Futbolera.

Integrantes de la Peña El Grano | Cedida.

Procedencias distantes, pero un mismo sentido, el de “ver el fútbol más allá del deporte”. Todos han encontrado en Alemania lo que en clubes más cercanos no han sido capaces de sentir. Los husos horarios no existen para los hinchas del St.Pauli. Buscan bares y streaming donde sea para poder seguir el desarrollo de los partidos. Se saben las alineaciones de memoria, anticipan los cambios y cada vez que van al Millerntor-Stadion elaboran un testamento de sensaciones que no hace más que ampliar el deseo por ser pirata.

UN CÓCTEL DE FÚTBOL Y POLÍTICA

El St.Pauli era un equipo al borde de la quiebra en los años 2000 que consiguió salir del ostracismo gracias a las llamadas acciones de salvación (campañas de fondos llevadas a cabo por los aficionados). Hoy es objeto de culto de grupos musicales como Talco, aunque el Hells Bells de AC/DC preside la salida de los jugadores, que nunca se olvidan de saludar a una grada repleta de lemas reivindicativos. “En Argentina hemos escuchado muchas veces que no se pueden mezclar el fútbol y la política, pero luego ves a los barrabravas participando en actos políticos, principalmente porque les pagan. Son la fuerza de choque de los políticos de turno”, comenta Hernan G., a este medio, habitante de un Wroclaw donde tiene su sede el Slask, con una hinchada fuertemente politizada hacia el ala ultraderechista.

Wroclaw fue escenario de un cerco militar establecido por las fuerzas soviéticas durante la Segunda Guerra Mundial, donde los nazis acabaron capitulando dos días antes de que se produjera la rendición de todas las fuerzas alemanas. “Si me preguntas si me vine a vivir aquí por el St. Pauli no te voy a decir que no…”, asegura el hincha argentino a Highbury, quien dice haberse sentido como en casa en la docena de partidos que ha podido presenciar en el Millerntor-Stadion. Luciana Leal se encuentra estos días al fin en Europa para presenciar un partido del St.Pauli en directo: “A realização de um sonho (sic.)”.

Hernán G. es un aficionado que degusta los goles pero que puede contar algo más. Como que pasó la previa a un partido en un contenedor reformado para ser un bar, donde conoció a un irlandés del que todavía es amigo. Porque lo que pasa en Hamburgo sale de Hamburgo hacia todas direcciones.

HÉROES POLICÍAS, KURDOS U OKUPAS

Cada encuentro del St.Pauli es un divergente espectáculo, donde un córner se vive como una guerra de guerrillas. No hace falta recibir la visita del líder o del máximo rival para perder hasta la última gota de sudor en la grada. Aún así, cada uno de los protagonistas de esta historia multipolar se permite el lujo de escoger sus momentos. Luciana Leal invita a la melancolía con la despedida de Fabian Boll, capitán de un equipo en el que militó durante 12 años, a quien el Millerntor dedica una pancarta: “Todos los policías son unos bastardos excepto Boll”.

Sí, un club asociado al antiautoritarismo tuvo un emblema y un capitán que pertenecía a las fuerzas del orden. Sólo podía pasar aquí, aunque Boll, el único jugador de la Bundesliga que compaginaba su trabajo de futbolista con su profesión, respondía a una tradición familiar, puesto que llevaba la placa que antes habían portado su abuelo y su padre. Lo suyo eran las costumbres…

La grada del Millerntor-Stadion repleta de retratos de Fabian Boll | Foto: St.Pauli.

La grada del Millerntor-Stadion repleta de retratos de Fabian Boll | Foto: St.Pauli.

Hernan G. tiene grabado a fuego en la memoria el último ascenso a la Bundesliga, que data del año 2010. El equipo de Hamburgo derrotó 4-2 al Fürth para una aventura efímera que sólo duró una temporada. Tampoco se le olvida el derbi de 2011 ante el Hamburgo que se llevó el St.Pauli con un gol de Asamoah. Acabó con una maldición que duraba más de 33 años. En el lado contrario de la balanza, recuerda una complejo regreso a Wroclaw camuflado entre ultras nazis del Dynamo Dresden.

Pero si algo le lacera es la derrota por 4-1 ante el RB Leipizig, una de las mejores creaciones del fútbol negocio, abanderado de la marca de bebidas austriaca Red Bull, que posee otros equipos como el Red Bull Salzburg, y que pudiera considerarse como la némesis de los piratas. Hoy intenta alcanzar su sueño dorado de hacer frente en la Bundesliga a equipos tradicionales como el Bayern de Múnich o el Borrusia Dortmund.

Luciana Leal tiembla al recordar la mala racha que estuvo a punto de condenar al equipo a la 3.Liga, una categoría donde no milita desde el año 2007. Su semblante cambia cuando describe el gol de Deniz Naki contra el antagónico Hansa Rostock, cuya afición más radical está asociada al fascismo. Naki, alemán de origen kurdo, clavó en 2009 la bandera de la calavera pirata en el DKB-Arena en señal de conquista tras un 2-0 en el que colaboró con un gol. “El tipo se fue hasta tribuna y mirando a los hinchas locales les hizo el gesto de cortar la cabeza. Tuvo una terrible repercusión”, rememora Hernán G. Naki, hoy en las filas del Amed turco, acaba de recibir una acusación de la justicia de ese país, que pide para él cinco años de cárcel por difundir fotos de ciudades kurdas destruidas a través de Facebook y Twitter, acciones catalogadas como “terrorismo”. Aunque ya no es jugador del St.Pauli, el club ha organizado un amistoso ante el Werder Bremen en solidaridad con uno de sus grandes iconos bajo el título: “Für Deniz Venceremos”.

El hincha argentino añade a este panteón de ilustres corsarios a Holger Stanislawski, que logró ascensos como jugador (1993-2004) y como entrenador (2006-2008 y 2008-2011); o a Walter Frosch, “un recio defensor que vistió la camiseta del St.Pauli entre el 76 y el 82 pero que no fue conocido no por su juego, sino, primero por su bigote, y después, porque fumaba en el banco de suplentes. Esa actitud rebelde le convirtió en una leyenda del club”.

Los jugadores del St.Pauli 'veneran' el retrato de Walter Frosch (izquierda) | Foto: AFP.

Los jugadores del St.Pauli ‘veneran’ el retrato de Walter Frosch (derecha) | Foto: AFP.

La Peña El Grano cita a Volker Ippig, que encabezaría la portería de un hipotético equipo antisistema, “un jugador que vivió de okupa durante su contrato con el St.Pauli y que entraba siempre con el puño en alto”. Tampoco se olvidan de otros más recientes como Ewald Lienen, actual entrenador del equipo y cuyo semblante furibundo apareció en medio mundo tras sufrir una escalofriante entrada cuando era jugador del Arminia Bielefeld.

Era el 14 de agosto de 1981. Lienen salió del partido contra el Werder Bremen con una pierna a hueso vivo tras una dura entrada de Norbert Siegmann. Lejos de protestar o revolverse en el campo se fue directo a la banda a protestar la decisión. Los médicos de su equipo se echaron las manos a la cabeza pensando que se le iba a caer la tibia o el peroné en algún lugar del campo. Para ser del St.Pauli hay que tener algo especial…

“PORQUE EL FÚTBOL ES NUESTRO”

Y para ser aficionado del club pirata también. Seguir a este equipo te inscribe en un doctorado de personajes e historias. Un corsario no se limita a preguntar el resultado o a vestirse la camiseta como un colorido adorno. Pisa los charcos con ella. Ninguno de los tres testigos de esta fe renuncia a volver a ver al St.Pauli en la Bundesliga. Todos elevan ese deseo con prudencia. Saben que el disfrute y el ánimo no van a cambiar porque el St.Pauli esté en una u otra categoría.

“Hace no mucho se pagó casi 1 millón de euros por Ante Budimir que venía con todos los pergaminos goleadores y sólo metió uno…”, comenta Hernan G. El argentino valora otras cuestiones como la reforma de Millerntor-Stadion en 2015. En el St.Pauli, casi todo gira sobre su afición. “¡Pero los 30.000 asientos se nos quedan cortos!”, exclama. Muchas utopías se reconcomen y acaban paseando por el agudísimo filo de la navaja de la realidad. En el caso del St.Pauli, sus aficionados y militantes se mantienen firmes.  

El año pasado el club vendió a Marcel Halstenberg al RB Leipzig (negocio a costa del negocio) por más de 3 millones. ¿Qué hicieron? ¿Se lo gastaron en una figura? No, lo usaron para recuperar los derechos de imagen del club para poder vender su propio merchandising y disfrutar de las ganancias generadas”, argumenta Hernán G., quien rescata de la memoria la mala gestión de los 2000, cuando el club estuvo cerca de quebrar y vendió su imagen por 30 años a una empresa que sólo le dejaba un 10% de las ganancias. Una debacle para un St.Pauli cuya identidad se ha exportado por todo el globo.

Si alguno todavía cree que esta sea una enfermedad aislada, para vivir encerrado con una cerveza, está equivocado. “Gracias al St.Pauli hemos descubierto que el fútbol sin hinchas no es nada, así que no les permitamos ganar. Si puedes, ve al estadio, alienta, comparte tus ideas con quienes sean afines y pelea por la utopía, porque el fútbol es nuestro”, sentencia Hernán G., miembro de un insolente reparto de aficionados que se niegan a aceptar el “nada se puede cambiar”. Caballeros que son funcionarios, profesores, chóferes o parados, pero que el fin de semana se convierten en piratas, cuya vida es la mejor, por lo menos, durante noventa minutos.