No hay torneo que sitúe mayor cantidad de focos sobre los futbolistas como la Copa del Mundo. La actuación individual en un Mundial puede ensalzar a un jugador o, por el contrario, convertirlo en un futbolista desdeñable. Se antoja difícil que nombres como Klose, Baggio, Roa o Maradona no vengan a la memoria cuando se habla del mayor torneo internacional de fútbol. Bien por un gol inolvidable, por un error trascendental o por una aparición eventual, un jugador deja su firma en un país y en una fecha.

En Estados Unidos 94’ dejó grabado su nombre Saeed Al Owairan. El mítico ‘10’ de Arabia Saudí acaparó todo el protagonismo en la última jornada de la fase de grupos al anotar un gol que habría firmado cualquier delantero. El tanto, uno de los mejores en la historia de los mundiales, le valió a Arabia Saudí el pase a los octavos de final por primera vez -y a la postre única- en su historia.

El bagaje de la selección saudí era de una victoria y una derrota en los dos primeros cruces de la fase de grupos. Holanda, Bélgica y Marruecos completaban el Grupo F del Mundial de 1994, un cuadro en el que los saudíes no eran, ni mucho menos, favoritos para estar en segunda ronda. Tras caer ante Holanda y deshacerse de Marruecos, Los hijos del desierto se jugaban el todo o nada ante Bélgica, que había saldado con victorias sus dos primeros encuentros.

Llegó ese momento para los blancos en el que la indeterminación te manda para casa y la lucidez te abre las puertas de la élite. La lucidez de la selección saudí se encarnó en Al Owairan a los cinco minutos de juego para recibir el Adidas Questra a setenta metros de la portería rival, conducirlo con velocidad por todo el campo sorteando rivales hasta pisar el área y batir por arriba a Michel Preud’homme, elegido posteriormente como mejor portero del torneo. La eufórica celebración del centrocampista, formando una ‘V’ con los dedos, parecía vaticinar que Arabia Saudí se llevaría la victoria. La autosuficiencia de los saudíes hizo bueno el gol de Al Owairan y los tres puntos certificaron la clasificación a octavos como segundos de grupo. El ‘10’, sin saberlo, acababa de dejar una huella de dinosaurio en la historia del fútbol asiático y de la Copa del Mundo.

Aquel gol le dio a conocer al mundo a sus 26 años de edad y le convirtió en una estrella fugaz, de esas cuya luz se desvanece con el paso del tiempo. Durante días la imagen de su celebración recorrió la prensa mundial. Sin embargo, el jugador -que atravesaba su mejor momento- no tuvo después el recorrido que se le auguraba en el panorama futbolístico. Las autoridades de Arabia Saudí no le permitieron jugar en Europa y con motivo de algunos actos extradeportivos relacionados con su religión se le retiró la licencia deportiva durante seis meses. Cuando quiso volver a jugar al fútbol no era el de antes.

Saeed Al Owairan fue elegido Mejor Jugador Asiático en 1994. Su gol ante Bélgica, además de importante, fue verdaderamente digno del propio Maradona. No en vano fue apodado mundialmente el ‘Maradona del Golfo Pérsico’. En un Mundial en el que brillaron nombres como Hagi, Romário, o Stoichkov, El Pelusa había protagonizado la nota negativa. Fue en la segunda jornada de la fase de grupos, después de vencer Argentina a la selección de Nigeria, cuando dio positivo por cinco sustancias ilegales en el control antidoping, lo que le llevó a ser expulsado de la competición. No obstante, apenas unos días después Al Owairan se vistió del ‘10’ argentino en el RFK Memorial de Washington para perforar la red y levantar a todo el estadio, un gol que no quedó exento de comparación con la jugada de todos los tiempos, el gol de la recorrida memorable, el que terminó de hundir a los ingleses en 1986 y que provocó que Víctor Hugo Morales se desgañitara en la radio argentina. Maradona no se había marchado aún de Estados Unidos, después de todo.