Elis Regina, como su propio apellido indica, es la reina. Su nombre es música, es Brasil. Su voz es puro arte y su sonrisa toda una declaración de intenciones. Porque todo lo hacía sonriendo, como se hacen las cosas que apasionan, que motivan.

Y a nadie le debería importar si Elis es negra o blanca, guapa o fea o si lleva el pelo corto. Que lo llevaba. Y uno se pregunta cómo sería que una mujer llevara el pelo corto en el Brasil que despedía los sesenta y se adentraba en la década de los setenta. Cómo sería en el día a día. A cuanta gente le chocaría ver a una mujer con un peinado poco convencional.

No, no me he vuelto loco. Ni tampoco creo que haya que juzgarlo, obviamente. Pero la duda es ineludible si se sabe que durante aquellos años, por ejemplo, las mujeres brasileñas no tenían permitido jugar a fútbol. De ningúna de las maneras. Decían que no era compatible con el cuerpo femenino.

La situación es, cuanto menos, surrealista. Mientras Brasil producía talentos balompédicos de la talla de Pelé o Garrincha, impedía que las mujeres patearan un balón. Ya fuera a nivel profesional, amateur o en el patio de la escuela.

En 1979 terminó tan absurda prohibición.

Calzarse las botas y salir a jugar. | Foto: Daniel Kfouri.

Casi cuarenta años después, las cosas han cambiado. El fútbol femenino ha ido desarrollándose poco a poco. Al menos ahora, las mujeres brasileñas pueden patear la pelota e incluso algunas privilegiadas pueden vivir de ello. Como Marta. Una de las jugadoras más conocidas a nivel mundial. “Mejor que Pelé, Maradona y Messi” dicen algunos en Brasil. De hecho, Marta es la máxima goleadora de las selecciones brasileñas de fútbol de la historia. Más de 100 goles con la camiseta verdeamarela. Pelé con falda la llamaron.

Que la situación haya cambiado no significa que haya mejorado. Simplemente es distinta. Para muestra un botón: basta con echar un vistazo a las imágenes que aparecen en cualquier buscador si uno introduce las palabras futebol, mulheres, Brasil. ¿El resultado? Tetas y culos. El cuerpo de la mujer sigue sin pertenecerle, como si su único objetivo fuese el de satisfacer al hombre.

El mundo del balompié es un espejo de la propia sociedad. Un buen reflejo donde percibir lo malo y lo bueno de cada país. Pero el fútbol, como hemos venido comprobando en Highbury, también es una buena herramienta para transformar la realidad. Porque la pelota llega a todas partes.

Moviendo mentes

“La igualdad de género es una área muy grande”, cuenta Marisa Brown Schlenker a Highbury. “Eso hace que nuestro trabajo se centre en el campo de fútbol, donde se repiten los roles de la sociedad que, a su vez, sirven de raíz a muchas situaciones de justicia social”.

Schlenker es una exfutbolista profesional estadounidense que, tras colgar las botas, decidió involucrarse en proyectos como Guerreiras: “Llevaba tiempo trabajando en proyectos que utilizaban el deporte para el empoderamiento de la mujer y que buscaban la igualdad de género, pero les faltaba profundidad”.

El arte no entiende de géneros. | Foto: Daniel Kfouri.

Guerreiras empezó en Brasil como una iniciativa multimedia que exploraba el rol de la mujer en el país del fútbol –masculino-. Pero decidieron ponerse las botas y saltar al campo. Empezaron a acercar exfutbolistas brasileñas a los barrios que tanta magia han generado con el balón en los pies. Allí donde empieza todo.

“Nuestro principal trabajo es dotar de material educativo y sesiones de entrenamiento a las exjugadoras para abordar el rol de la mujer en el fútbol y que expliquen sus experiencias dentro y fuera del campo”, explica Marisa. La intención es muy clara: crear ejemplo. Que las chicas que disfruten pateando el balón tengan modelos a seguir, gente en la que inspirarse. Apoyo. “Queremos dar confianza y generar autoestima”. Algo completamente básico para cualquier aspecto de la vida.

“Las primeras reticencias que encontré para jugar a fútbol fueron las de mi propio padre”, relató Aline Pellegrino a la activista canadiense Keph Senett. “No entendía por qué decía que no podía o no debía jugar a fútbol, pero era genial estar junto a los chicos. O incluso ser mejor que ellos”. El de Aline no fue un camino sencillo, pero logró capitanear la selección de Brasil durante ocho años. Luego cofundó Guerreiras. Quería mover mentes tal y como movía el balón sobre el césped.

Feminidad

Dicen en Brasil que cada bebé nace con un balón en los pies. Pero a las chicas se lo quitan al parecer. El fútbol ha sido visto, tradicionalmente, como un deporte meramente masculino. Terreno reservado exclusivamente para los hombres. Como si una mujer no pudiera disfrutar poniéndose a prueba físicamente y compitiendo táctica y técnicamente con cualquier oponente. Quizá sea ese el motivo por el que se haya estigmatizado la imagen de la mujer futbolista: “A las chicas que quieren jugar a fútbol se las llama lesbianas”, relata Marisa. “Incluso ha habido una presión creciente sobre las jugadoras profesionales para que adopten una imagen hiperfemenina con equipajes ceñidos y cabellos largos”.

Como parte de esta lucha contra los estereotipos y los roles predeterminados, a Guerreiras no les importa que quienes asistan a sus talleres o colaboren con ellas tengan pene o vagina: “Queremos crear espacios para la gente, sin importar su sexo o identidad sexual, para que sean tan masculinos, femeninos, o lo que sea, como quieran ser”, puntualiza Schlenker.

No es su objetivo, pero han logrado que una de las muchachas, Bia Vaz e Silva, que ha estado involucrada desde el principio llegue a la selección brasileña que dispute los JJOO de Río de Janeiro el próximo verano.

Seis años de vida para un proyecto capaz de inspirar a una generación. Ya no de futbolistas sino de personas. Mujeres que serán capaces de romper con los roles predeterminados por la sociedad. Mujeres fuertes y capaces. Porque las chicas son guerreiras.