Hace unos meses saltaba la noticia: Johan Cruyff tenía cáncer de pulmón. El susto encogió nuestros corazones, pero uno siempre confió en que el Flaco regateara a la muerte, con el balón pegado a sus pies, inmortal como su legado más valioso que no es otro que su juego inolvidable. Sin embargo ahora Cruyff nos ha dejado a los 68 años de edad y algo se ha roto en nuestra infancia. Porque el 14 era la magia de los primeros años de la vida de cada uno, la pureza del fútbol más genuino, el placer de jugar como forma de vida, como arte y como oficio.

La década de los 90 es Cruyff con un Chupa-Chups en un banquillo, cromos Panini y el Subbuteo en el parqué de casa. Antes, Johan había deslumbrado al mundo con su zurda. Había sido uno de los mejores jugadores de la historia primero en el Ajax y luego en el Barça y en la selección holandesa. El Ajax es de todos. No sabes lo que es el amor si no has disfrutado con una victoria de los de Ámsterdam. Con el Barça no pasa lo mismo, sin embargo con Cruyff no existían rivalidades. El amante del fútbol venera a Cruyff sin importar el color de la zamarra que portara.

Más allá de los títulos, los goles o los grandes triunfos Johan es una sensación. La del viento de cara cuando conducía hacia la portería, la del futbolista al que todos quieren imitar. Su carisma, su regate y su forma de correr hacen que forme parte del imaginario colectivo de varias generaciones. Su leyenda trasciende épocas. En sus primeros años de jugador ganó tres Copas de Europa consecutivas. En el Barcelona ganó una Liga y una Copa y dejó en la retina de los aficionados innumerables acciones de plástica belleza. Los aficionados del Levante nunca olvidarán su efímero paso por la ciudad del Turia.

Pero lo que más nos acerca al Cruyff futbolista es su desempeño con la Naranja Mecánica. Lideró a la generación holandesa que nos demostró que la belleza es posible en algunas derrotas. El subcampeonato del 74, donde la selección de los Países Bajos fue el mejor equipo del mundo, pero se quedó a las puertas, humaniza la figura de un Cruyff con el que cualquiera puede sentirse identificado. Porque la vida real estaba plagada de fracasos, aunque no todos son tan poéticos como los de aquella Holanda.

De Rinus Michels mamó el amor por el Fútbol Total, una forma de juego donde primaba el dominio desde el centro del campo y el juego de toque que Cruyff promovió como entrenador. Eso fue lo que enamoró al mundo en los años 70 y el mayor argumento del Barça del Dream Team con el que Johan transformó el fútbol. Sin Michels y sin Cruyff no entenderíamos el juego de la forma en que hoy lo hacemos.

Allá donde ahora esté, donde quiera que vayan los genios, Cruyff pondrá al personal la “gallina de piel” y todos se levantarán ante cada arrancada del eterno 14. Johan sonreirá y escuchará la ovación del respetable. El niño que llevamos dentro nunca olvidará sus regates.