10:27 a.m.

El abuelo Emilio ha preparado el desayuno. Javi termina de lavarse la cara. Ya sin legañas, pero aún en pijama, recorre el pasillo hasta la cocina guiado por el olor a pan recién tostado. Se sienta a la mesa, donde le aguardan dos buenas rebanadas de pan con aceite, tomate y jamón, acompañadas de vaso de Cola cao y un zumo de naranja. Le encanta quedarse a dormir un viernes de vez en cuando en casa de sus abuelos, así puede pasar la mañana del sábado con ellos, acompañar después al abuelo en sus recados y escuchar alguna de sus historias que pueda saciar la curiosidad que siempre lleva consigo. Además su casa no queda lejos de la de sus abuelos.

Después de haber llenado sus estómagos, Emilio y su nieto cogen un autobús que recorre General Ricardos y baja hasta el Puente de Toledo. Desde allí caminan unos minutos hasta el mercado, su primera parada. “A ver si compramos todo rápido y no se nos hace muy tarde, que siempre me encuentro a algún vecino por aquí y me entretengo”. El mercado en el que Emilio siempre se encuentra a algún vecino es grande, en él compiten cuatro pescaderías, tres carnicerías y tres o cuatro fruterías, entre muchos otros puestos, comunicados por largos pasillos transitados lentamente por clientes que forman colas infinitas. Tras haber gastado unos euros y haber llenado varias bolsas, nieto y abuelo se dirigen hacia la salida, donde dos caras conocidas interrumpen su paso. Javi no conoce a ese matrimonio, pero por lo que hablan parece que el hombre es amigo de toda la vida de su abuelo. Se dirige a él mientras interroga a Emilio: “Así que este es el pequeño, el tercero de tu hijo el mayor. ¡Pero si está hecho ya un tiarrón! ¿Tú también juegas al fútbol como tu abuelo?”. Javi no puede más que generar una respuesta tímida, abrumado por el interés del desconocido, aunque le ha parecido simpático, tanto él como su mujer. Ni se imagina que ese hombre conoce a su abuelo desde hace más de cincuenta años, ni que emigró de Cáceres junto a él cuando eran unos chavales, antes incluso del éxodo rural de los años 60.

12:30 p.m.

El Calderón empieza a asomar sobre los árboles y las vallas de las obras de la M-30. Emilio, que ha dedicado gran parte de su vida al Atleti, no falla a su cita en el estadio cada quince días. Hoy toca recoger las entradas para el partido del domingo, no le gusta dejar las cosas para el último momento. Un hombre les recibe en la puerta que da a las oficinas del club. “¿Cómo estamos, fenómeno? ¿Y la mujer? ¿Este es tu nieto? Vaya rachita lleva Kezman, no mete una. De Luccin ni hablamos. No tenemos centro del campo ni tenemos nada…”. Se ponen al día en apenas un rato mientras recorren el estadio por dentro. Javi fotografía con la mirada todo lo que le rodea. No se ve demasiada actividad en las oficinas. El hombre les conduce a un cuarto en el que hay un álbum de fotos.

En esa recopilación de imágenes antiguas se ve a Emilio cuando era empleado del club. También al hombre que les ha conducido hasta allí, igual de delgado pero con el pelo negro libre de canas. Hay algunas fotos personales de los trabajadores de aquella época. En una de ellas se aprecia a Emilio vestido de corto y con las botas calzadas. “¡Qué! Seguro que esta foto no la has visto nunca. Este es tu abuelo, el del centro, cuando jugaba al fútbol. No te imaginas qué pedazo de delantero era”, le dice el hombre a Javi señalando con el dedo a un chico moreno en la fotografía. “Máximo goleador del Plasencia. ¡Un crack! Podría haber jugado en Primera División si hubiese querido”.

No lo decía en balde, aunque a Javi le sonó muy exagerado.

16:20 p.m.

Había decidido quedarse también a comer en casa de sus abuelos. Se sentaron en la mesa del salón y la abuela sacó un enorme álbum de fotos. Fotos muy pequeñas, en blanco y negro, fotos con mucha historia de cuando eran novios. En las últimas páginas del álbum había fotos del abuelo en partidos de fútbol. Javi sostuvo el álbum con sus dos manos como quien sostiene una reliquia sagrada. “Abuelo, ¿qué tipo de delantero eras?”, pregunta el niño mostrando sincero interés. Emilio mira hacia arriba, se toma una pausa y responde: “Bueno, tú no le viste jugar, pero yo era del estilo de Juanito, el del Madrid que jugó también en el Atleti. Sobre todo era muy rápido y muy peleón, conducía la pelota y nadie era capaz de quitármela. Me iba de los defensas como quería porque además tenía mucha habilidad”. No es habitual ver a Emilio presumir ni sacar pecho, pero en este caso dijo las cosas como las sentía. “Eran otros tiempos. En aquella época todo el pueblo conocía el nombre de los jugadores del equipo de fútbol. Cuando volvíamos en tren la gente nos esperaba en la estación y nos preguntaba por el partido, los niños nos acompañaban por la plaza y nos seguían cuando bajábamos por la calle”, continuó. Javi escuchaba con mucha atención, con el impacto que supone conocer de repente información nueva sobre el pasado de un familiar. No tardó en formular una pregunta que estaba pululando en su cabeza: “¿Por qué ha dicho el hombre de esta mañana que podrías haber jugado en Primera División? ¿Tan bueno eras?”. Emilio contestó de la misma forma en que se cuenta una mentira piadosa: “Exageraba, te estaba tomando el pelo. Lo diría para hacerme quedar bien”.

21:00 p.m. de algún día de agosto de 1956

“Chico, ven. ¿Te gustaría jugar en Primera División?”. El Plasencia había vencido a un combinado de Madrid en un torneo de verano celebrado en Cáceres. Emilio, que por aquel entonces contaba con 28 años de edad, había dado una auténtica exhibición de fútbol marcando varios goles a un equipo -sobre el papel- mejor. Una exhibición más para los que le conocían, pero una sorpresa mayúscula para López Zaballa, el árbitro del torneo, que pitaba en Primera División. Zaballa, que tenía buena posición y reputación en el fútbol español, separó a Emilio una vez terminado el partido. Le dijo que conocía personas importantes que podrían buscarle un equipo en Primera e incluso que le hicieran pruebas en un equipo grande.  “Chico, eres muy bueno. Tú no deberías estar jugando en un equipo como este ni en ligas regionales. Piénsate lo que te acabo de decir, te estoy hablando muy en serio. Te estoy abriendo una puerta”.

Como dice Emilio, eran otros tiempos. Estaba en su madurez futbolística, pero no tenía la certeza de poder mantener su nivel unos años más. Llevaba ya tiempo con un buen empleo en el ferrocarril y cambiar de ciudad para dedicarse al fútbol le habría obligado a dejar el trabajo que tanto le había costado conseguir. Además, su novia y él llevaban juntos muchos años, prácticamente desde la adolescencia. No se habría perdonado a sí mismo que ella hubiera dejado todo por seguirle. Emilio tenía claras sus prioridades en la vida y, aunque la idea de dedicarse al fútbol de élite le atraía, dejó pasar el único tren que nunca vuelve. “Se lo agradezco, de verdad, pero no tengo nada que pensarme. Tengo 28 años. Me debo a mi mujer, a mi trabajo y a mi futuro”.