El café vienés que me habían servido estaba ya medio frío mientras sonaba ‘Sleep Alone’ de Two door cinema club de fondo. Dos personas se habían dado cita en una cafetería de un emblemático barrio de Madrid para charlar sobre el C.D. Aviación, club que en un principio debía protagonizar estas líneas. Todo a su tiempo. Paré la grabadora en cincuenta y tres minutos, empecé a degustar la nata de mi copa y él pidió su segundo té de la mañana.

Conversamos sobre fútbol de aquí y allá, anécdotas de ligas regionales y por supuesto del sentido de pertenencia que tanto se prodiga lejos del fútbol de élite. En algún momento de la mañana, sin embargo, surgen dos palabras: Roma y Totti. No podemos pasar por alto a ese cuarentón que más veces ha aparecido con la camiseta de la Roma en los álbumes de cromos. Me habla del Scudetto conseguido en la temporada 2000-2001. El último título de liga capitolino queda tan lejano en el tiempo que casi cuesta recordarlo. Sin saberlo, el hombre me ha traído a la memoria una imagen que quedó registrada hace años en mi cabeza, la del gol de Francesco Totti al Parma para acabar levantando aquella liga. La razón por la que empecé a admirar a ese jugador al que aún le quedaban por escribir sus mejores páginas. Aquella Roma de Totti, Batistuta, Cafú, Tommasi o Delvecchio campeonó tras vencer por 3-1 a un Parma que había levantado dos años antes la Copa de la UEFA en Moscú. El césped del Olímpico fue invadido por los hinchas, que celebraban el tercer título doméstico dieciocho años después. No era consciente a la edad de ocho años de la dimensión de aquel título, sólo sabía que un equipo italiano había ganado la liga de su país. Únicamente el contexto y el paso del tiempo ayudan a entender la grandeza de aquello.

La Serie A tenía por aquel entonces mayor fuerza de atracción hacia jugadores de primer nivel de otras ligas. Clubes como el Inter, la Juventus o el Milán se habían reforzado con jugadores que venían despuntando en el viejo continente. El ‘10’ de la Roma ya era sobradamente reconocido y pretendido por clubes nacionales y extranjeros -las dos ofertas más importantes fueron las de Real Madrid y Milan- aunque nunca saldría de su ciudad.

Totti estaba al servicio de la Roma. Era en esa época líder en su club y pieza fundamental en la Azzurra, a pesar de no poder demostrarlo en el mundial de infausto recuerdo para los italianos (y para los españoles) de 2002. Ese mismo año salió ovacionado del Bernabéu. El romano había marcado el gol que le valió los tres puntos a la Roma en la fase de grupos de la Champions. La afición madridista se rindió ante el talento del jugador al mismo tiempo que -¿por qué no?- deseaba verlo vestido de blanco. En todo caso, Totti ya había decidido ser un one-club man. En 2016 volvió a poner en pie al mismo estadio. Esta ovación fue distinta: el aplauso con una sonrisa en la cara al reconocimiento de una trayectoria, la despedida a una leyenda y la ‘espinita clavada’ por el tren que escapó años atrás. Totti es plato de buen gusto en la Castellana.

El Olímpico de Roma se rinde a Totti. (Foto: Getty)

El Olímpico de Roma se rinde a Totti. (Foto: Getty)

Renunciar a ganar -posiblemente- más títulos en clubes potentes. Y renunciar al Balón de Oro. Totti encarna al atípico futbolista llamado a pelear por la corona del fútbol europeo que se mantuvo fiel a sus orígenes en un club que, a pesar de su historia, se le quedó pequeño. A este campeón del mundo con Italia le da gran satisfacción llevar al equipo de su vida más allá de sus posibilidades año tras año, aunque no vengan acompañados de títulos. Explicaba el propio jugador lo importante que fue la figura de su madre, Fiorella, en su carrera deportiva: “Fue difícil decir que no al Milan. Habría significado mucho dinero para nuestra familia, pero mi madre me enseñó una lección ese día: tu hogar es lo más importante en la vida. […] Incluso hubo un momento en el que pensé en dejar la Roma para irme al Real Madrid. Al final, la charla que tuve con mi familia me recordó de qué va la vida en realidad. El hogar lo es todo”.

Totti es ese perfil de jugador que escasea, que todo aficionado al fútbol echa en falta en su equipo, del que celebra goles que marca para otros. El que no probó bocado de otras mesas y que escogió un único color. “El hogar lo es todo” dijo en su despedida.  Esa emotiva carta del capitano dirigida a los hinchas desgranaba el significado de su camino junto a la Roma a través de sus sentimientos más profundos. Supongo que compartió esa carta al comienzo y no al final de la que será su última temporada para hacer más digerible su despedida. En junio rendiremos cuentas, Francesco.

Gracias a Fiorella, por ser madre antes que directora deportiva. Por hacer ver a su hijo que debía seguir a su corazón y no a su cabeza. Por hacernos ese regalo a todos y ser una gran conservadora del patrimonio futbolístico. Quizá gracias a ello Totti y la Roma sean un poco de todos.