El amor a unos colores es algo que se construye durante la infancia, aquel lugar del que nunca queremos escapar y al que regresamos para recordar tiernos momentos de felicidad. Pasajes que visitamos una y otra vez. El patio del colegio, el comedor de casa o la playa a la que solías ir con tu familia cada verano constituyen en el imaginario personal de cada uno de nosotros el calor que, en ocasiones, necesitamos evocar. Detener la vorágine, retar al presente, echar la vista atrás y reafirmar nuestra militancia en base a aquello que aprendimos de niños.

Esta memoria, sin embargo, y en el caso del fútbol, no sólo está compuesta por los grandes hitos del club al que amas -algunos forjamos nuestra fidelidad con tediosos e insípidos empates y no con espléndidas victorias-. Esta particular magdalena de Proust se compone también de pequeñas gestas, de jugadores no tan brillantes o de éxitos menores. El momento personal que atravesamos cuando suceden las cosas es lo que marcará que formen parte de nuestras reminiscencias o nos pasen de largo.

También, el haber compartido alguno de esos momentos con un familiar o amigo que permanezca a tu lado durante la vida adulta refuerza que ciertos recuerdos ganen protagonismo frente a otros.

Esto es lo que me ocurre con Stefan Schwarz y el verano en que me enamoré de su juego. Mi primer amor trajo consigo la primera lección, y es que no era oro todo lo que relucía y el protagonismo del sueco se fue reduciendo con el avance de la temporada.

No obstante, en octubre de 1998 todavía me tenía encandilado y así se lo expresé a un amigo que acababa de hacer y que todavía hoy me recuerda aquella frase. Por lo que se ve, le impactó. “A mí me encanta Schwarz por su trabajo en el centro del campo” afirmé con pedantería, haciéndome el interesante. Y es que, como a mi amigo, lo que me impresionó del centrocampista rubio que el Valencia había fichado aquel verano fue el fuerte golpeo de larga distancia que le permitía, de vez en cuando -quizás demasiado de vez en cuando-, regalar golazos a una afición ávida de buen fútbol tras unos cuantos años grises.

 

UN FICHAJE ILUSIONANTE Y UNA LETRA ARRANCADA

Aquel verano yo cumplía 10 años, llevaba seis acudiendo con asiduidad y con mi padre y mi abuelo a Mestalla para ver al equipo que había aprendido a amar. La debacle en Karlsruhe me cogió demasiado joven como para marcarme. Tampoco dejó demasiada huella en mí la Copa de la Uefa de la 96/97, en la que el Valencia cayó en cuartos de final frente a un Schalke 04 que terminaría ganando aquel trofeo. El subcampeonato de Mijatovic y Fernando comandados por Luis Aragonés es uno de los pocos recuerdos previos a ese verano que conservo.

El Valencia había fichado a un centrocampista sueco de 29 años, que procedía de la Fiorentina y que había competido en clubes como el Arsenal, el Benfica, el Bayer Leverkusen o el Liverpool. Desde un primer momento, aquella adquisición despertó algo en mí. Tanto es así que pedí a mis padres que serigrafiaran con su nombre la camiseta naranja del Valencia que me habían regalado por mi décimo cumpleaños habiéndole visto disputar tan sólo un par de partidos.

En cuanto recibí la camiseta con el nombre de Schwarz en la espalda, me la enfundé y bajé corriendo a lucirla con mi pandilla del lugar donde veraneaba. Sentí mucha rabia cuando uno de mis ‘compis’ me arrancó la ‘w’ haciéndose el gracioso. Había herido mi orgullo menospreciando a mi ídolo del momento.

 

LA INTERTOTO QUE SEGUÍ

Esa pretemporada, el Valencia disputaba la Intertoto. La primera y última en la historia, por lo que a mí respecta. Schwarz debutó en aquella Intertoto con la primera derrota, Shinnik 1 – 0 Valencia. Era el partido de vuelta de la tercera ronda -el Valencia accedió directamente a esta ronda- y significaba, tras el 4-1 de la ida en Mestalla, que el conjunto de Claudio Ranieri daba un paso más hacia la clasificación para la Copa de la Uefa.

Schwarz completó los 90 minutos en la ida de las semifinales ante el Espanyol -0 a 1 en Montjuïc- y también en la vuelta -2 a 0 en Mestalla- el día de mi cumpleaños. Stefan veía su primera tarjeta como valencianista mientras yo celebraba mis 10 años.

En la ida de la final, en Salzburgo, llegó el momento que yo más esperaba. El resto del valencianismo empezaría a darse cuenta de aquello que yo, inexplicablemente, ya sabía. Estaba a punto de concluir la primera parte cuando un balón llovido desde la banda era enganchado por Schwarz, quien sin dejarlo caer y con una tremenda volea lo introducía en la portería rival por la escuadra dejando encarrilada la eliminatoria que a la postre llevaría al Valencia a la Copa de la Uefa.

Unos meses después, el brillo de Schwarz con el Valencia se fue apagando, y a partir de enero dejó de ser pieza clave para Ranieri y no jugó los partidos más importantes de la temporada. Aquel año, el Valencia ganó en la Cartuja de Sevilla ante el Atlético de Madrid el primer título que viví, con una actuación excelsa de Mendieta y el Piojo López.

Claudio López celebra la Copa del 99. Foto: Lázaro de la Peña, Valencia CF.

Claudio López celebra la Copa del 99. Foto: Lázaro de la Peña, Valencia CF.

 

Después llegó la ilusión de París, las lágrimas de Milán, la primera Liga tras 31 años de sequía, Benítez, el doblete, Carboni, Baraja, Albelda, Vicente o Mista. Ya no necesitaba a Schwarz a mi lado, el resto de letras de mi camiseta podían haber sido arrancadas y no me hubiera importado. Aun así, una leve sonrisa llena mi cara cada vez que mi amigo me hace recordar aquel verano que compartí con Stefan.