“La gente sigue con su vida”. Sean Carroll, un periodista inglés que vive y trabaja en Japón desde 2009, resta importancia a las continuas amenazas de seísmo en el país nipón. “Todos los edificios están preparados para aguantar sacudidas fuertes, y todo el mundo sabe que hacer en caso de terremoto del mismo modo que en otro países hay simulacros de incendio en las escuelas”.

Pese a la calma con la que lo cuenta Sean, a uno le resulta complicado hacerse a la idea de que poco después de un terremoto, la gente siga a lo suyo como si nada hubiera ocurrido. Será por lo extraño de la situación para el que escribe, y lo común que resulta en el archipiélago asiático. Lo ocurrido aquel 11 de marzo de 2011, se escapó de lo convencional.

Afortunadamente estaba cerca de casa y no tuve más dificultades que pasar un par de semanas sin pan ni leche

 

EL MAYOR TERREMOTO EN 140 AÑOS

Aquel día, poco antes de las tres de la tarde, el suelo temblo. Fue el mayor terremoto registrado en Japón en 140 años. Magnitud de 8’9 en la escala de Richter. El mar parecía decidido a tragarse la tierra con olas que superaban los cuarenta metros de altura. 20.896 muertos, 3.084 desaparecidos y 6.025 heridos. Sean Carroll estaba en Tokio. “Afortunadamente estaba cerca de casa y no tuve más dificultades que pasar un par de semanas sin pan ni leche”, relata el inglés para Highbury. “Muchos extranjeros salieron del país, mi familia quería que yo también me fuera, pero no lo vi oportuno. Comparado con lo que pasó en el norte, en Tokio no había mucho por lo que quejarse”. En el norte sucedió que varias plantas de energía nuclear se vieron afectadas por el seísmo.

Europa amanecía con las terribles imagenes del desastre siendo retransmitidas por los principales medios. En Ichihara, a pocos kilómetros de Tokio, Karina Maruyama rompió a llorar en cuanto vio por la televisión lo que había ocurrido. El teléfono no dejó de sonar, la preocupación de sus conocidos era comprensible. Karina había trabajado en una de las centrales de Fukushima. También Aya Sameshima.

El país entero se volcó. No quedaba otra. La desolación fue absoluta y el peligro constante. “Los japoneses son gente muy trabajadora y que presta especial atención a los detalles”, describe Sean. Ese empeño en echar horas y arrimar el hombro fue muy útil a la hora de reconstruir el país. Una de las grandes motivaciones fue el balón.

 

SUPERAR LOS OBSTACULOS

En Japón, el papel histórico de la mujer no ha sido otro que el de satisfacer a su hombre. Las chicas que han crecido pateando una pelota y que llegado el momento han decidido jugárselo todo y hacer de su afición su profesión, jamás lo han tenido fácil. No solo han regateado rivales dentro del campo, sino también fuera de él: padres que no las entendían y niños que no contaban con ellas. Se han hecho fuertes en lo adverso y han superado los obstaculos. En Japón también. De hecho, al fútbol femenino -selección, equipo, etc.- se le conoce como Nadeshiko, nombre que hace referencia al ideal de mujer leal y servicial.

Cuatro meses después de que la naturaleza se cebara con Japón, su selección se la jugaba en el Mundial de Alemania. En las cinco participaciones previas, solo en una ocasión superaron la fase de grupos para terminar cayendo en cuartos de final. No se esperaba mucho de ellas en cuanto a resultados, pero debían dar la cara. Debían servir de ejemplo a su país.

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La ciudad de Kesennuma destrozada por el seísmo.
Foto: EPA.

No pudieron empezar mejor. En el sexto minuto de su primer partido, Yuki Nagasato puso a las niponas por delante. Nueva Zelanda reaccionó pronto, pero las japonesas terminaron venciendo por 2-1. Más abultada fue su victoria en el siguiente choque. México no pudo hacer frente al equipo entrenado por Norio Sasaki, y cayeron por 4-0. Con esta goleada, Japón lograba igualar su mejor resultado en una Copa del Mundo. Pese a la derrota en el tercer partido de la fase de grupo frente a Inglaterra, pasaron como segundas de grupo.

A medida que pasaban los días, el eco de lo que sucedía en Alemania atraía cada vez más la atención de un país que hasta el momento apenas había mostrado interés alguno por su equipo de fútbol femenino. Cada vez fueron más quienes se quedaban despiertos para ver los partidos durante la madrugada, o quienes buscaban el resultado en el periódico nada más despertar. El objetivo se estaba cumpliendo.

Las cosas se complicarían en cuartos de final. Allí esperaban las anfitrionas, las dos veces ganadoras de la Copa del Mundo. Allí estaba Alemania. Más fuertes y con mejores jugadoras, las germanas no lograron doblegar a las japonesas y el partido terminó con empate a cero.

Corría el minuto 107 de partido, recién iniciada la segunda mitad de la prórroga. Homare Sawa, la capitana, recogió un balón suelto en el centro del territorio y picó un balón con suma elegancia. Pelota al hueco. Karina Maruyama, que había dejado atrás la central nuclear de Fukushima dos años antes del desastre, también dejó atrás a la zaguera teutona que la perseguía. Se hizo con la pelota y, casi sin ángulo, la envió al fondo de las mallas. Rompió a llorar. Demasiadas emociones, demasiada gente de la que acordarse. Japón aguantó y alcanzó las semifinales.

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Maruyama marca el gol contra Alemania.
Foto: Getty Images.

Japón estaba a un paso de la final. Y lo lograron. Vencieron a Suecia por 3-1 y se plantaron decididas ante Estados Unidos en la final. Rotos los pronósticos, habían logrado servir de ejemplo a su propio país. “Enseñaron a Japón que no hay que rendirse y hay que creer en uno mismo”, afirma Sean Carroll. “El éxito logrado ayudó a la confianza nacional”. Esto también lo sabía Norio Sasaki, el director de aquella orquesta. Sasaki decidió entonces poner un vídeo con imágenes de lo sucedido cuatro meses antes en el norte de Japón. Fue duro.

La final fue el partido más complicado de sus vidas. Estados Unidos, con Hope Solo, Abby Wambach y Alex Morgan, estaba decidido a alzar la copa. Buscaron el gol, constantemente, pero no encontraron mayor respuesta que un muro que solo pudo superar Morgan tras un contraataque en el minuto 69. La confianza de la que habían hecho gala las japonesas se tambaleaba. Pasaba el tiempo y las norteamericanas mantenían a raya a las niponas. Sin embargo, una serie de rechaces permitieron que Aya Miyama se quedara sola frente a la portera rival e igualara el choque a falta de nueve minutos para el final. Un auténtico drama.

Drama como el que reflejaban las japonesas cuando Wambach adelantaba de nuevo a Estados Unidos al borde del descanso de la prórroga. Hollywood se ha encargado a lo largo de los años de vender la imagen de ser el país de las oportunidades, y ahora estaban privando a Japón de firmar el mejor fin de película posible. A veces, solo a veces, la realidad supera la ficción, y Homare Sawa, la capitana, la mejor jugadora de Japón, logró el empate a la salida de un saque de esquina tres minutos antes de que acabara el partido.

Estaba escrito en algún lado. Las niponas debían salir campeonas de aquel torneo. “No están jugando un simple partido de fútbol, están jugando para curar a un país herido”, dijo el exfutbolista estadounidense y comentarista de televisión Tony DiCicco. Japón venció a la tragedia.

Japón conquista el mundial de fútbol femenino

Japón conquistó el título Mundial cuatro meses después del seísmo.
Foto: Patrik Stollarz/AFP/Getty Images.
Foto portada: El norte de Japón quedó destrozado.
Foto: Kyodono News/AP.