¡Joder, qué asco! Me he sentado en una meada. O al lado, no sé. El caso es que apesta y aquí no se puede estar. La gente es cerda y los seguratas del garito un poco idiotas, porque que te meen en la puerta… Manda huevos. En fin. Que mejor me voy, aquí ya no hay nada más que hacer.

Vaya mierda de noche, de verdad. Yo no sé para qué planificamos nada si luego cada uno va a su bola y desaparece en cuanto tiene oportunidad. Claro que igual el gilipollas soy yo. No debí entrarle a la chica esa. A ver, que no era fea… pero tampoco era guapa. Lo que pasa es que llevaba una camiseta de Joy Division. La de las montañas que forman una especie de sierra o cordillera o algo. Yo que sé. El caso es que me ha parecido interesante y me he acercado a charlar con ella. La conversación, pese a mi poca práctica últimamente, estaba siendo bastante decente.

El momento se ha fastidiado precisamente cuando ha empezado a sonar Love will tear us apart. Es el temazo y yo he creído que era la señal. Me he lanzado a sus labios y ella ha hecho un movimiento de cuello que no se lo ha roto de milagro. La cobra lo llaman. Pero bueno, lo peor no ha sido eso. ¡No conocía la canción! Llevaba una camiseta de Joy Division -los putos Joy Division- y decía no haber escuchado esa canción en la vida. ¡Menudo fraude!

Y me he tenido que salir, claro. No iba a quedarme ahí. Que bueno, que yo sé que son cosas mías, que cada uno estaba a lo suyo y tampoco lo habrá visto mucha gente. Aún así, era más la vergüenza ajena que otra cosa. Palabra. Bueno, y que acababa de malgastar la última bala que quedaba en la recámara. La noche se ha ido a la mierda cuando esperábamos que fuera de las que se recuerdan durante décadas. Una noche de esas, ya sabéis. O eso espero, porque yo tampoco estoy muy seguro de tenerlo claro. Diría que en mis casi treinta años no habré tenido muchas más de diez. Si hago el cálculo suena hasta ridículo. A razón de 365 noches por año, habré vivido… espera un momento. Saco el móvil y te digo que yo esto de las matemáticas… ¡Son las cinco! Aún quedan siete horas por delante para que empiece el partido. Madre mía.

¿Y ahora qué? Tampoco es que vaya bien de dinero como para ir yo solo ahora por ahí, con esos garitos de mierda en los que te sangran para entrar y para beber. Y con música de mierda. Mira, mejor me pongo yo algo en el móvil y me doy un paseo en busca de algún puesto de comida que tengo hambre. Ultravox, just for a moment. Fetén.

Igual tendría que haberme ido cuando se retiró el resto del grupo. Son unos mierdas, por cierto. La idea era salir juntos esta noche, desayunar por ahí, almorzar más tarde y ya luego al partido. LA PREVIA. Pero no, al final han ido cayendo uno a uno. Como en las películas de terror adolescente. Al final he quedado yo. Pero sin chica. Aunque casi que mejor, porque la que llevaba la camiseta de Joy Division… Un fraude. Como la noche. Como la vida.

Joder, que debería estar en el clímax de mi vida. Tener un trabajo, dinero y pocas responsabilidades. Ahora es cuando tendría que disfrutar. ¿Cuándo si no? Pero no. Aquí estoy, echando horas y horas en un trabajo sin futuro, en el que pagan una mierda y del que dicen que me tendría que sentir afortunado. Que hay gente peor. Pues vaya.

Toda una infancia aguantando aquello de “cuando sea mayor será médico o abogado”. Y que iba a tener de todo y no me iba a faltar de nada. Ojo, que me parece una mierda igualmente trabajar de aquello que desean tus padres cuando naces, yo siempre he querido hacer algo que me llenara, no mirar tanto el salario, pero tal y como están las cosas… Para colmo, cuando comentan por ahí la edad media a la que suele emanciparse la gente de mi generación no dudan en ponernos el cartel de vagos. ¡Tócate los huevos! Te joden y luego te culpan. Pide una hipoteca decían primero. Vale la pena, el alquiler es echar dinero a un pozo sin fondo. Pide un crédito y móntate tu propia empresa, dicen ahora. Búscate la vida, vago de mierda.

Lo mismo pasa con el fútbol. Que si ganar una liga, que si jugar una Champions, y luego a ver quién es el guapo que se saca el abono. Porque claro, ahora ya no se es socio, se es abonado que suena peor, pero siempre mejor que cliente. Yo por lo menos no me puedo quejar en este sentido: mi equipo es una mierda y puedo permitirme ir al estadio. Por cierto, ¿esta gente vendrá al fútbol después? No sé cómo hemos quedado y tampoco voy a ponerme a escribir a nadie, mira qué horas. Mierda. Se acaba la batería del móvil. Pues la hemos hecho buena ahora. Venga, ya picaré algo en casa. Ya está bien por hoy. Descanso y según me levante, voy al partido.

Adoro a mi equipo, no me malinterpretéis. Lo amo, pero no jugamos a nada. Estamos en Segunda, aguantando el tirón e intentando no bajar. Atrás quedaron los tiempos gloriosos de cuando pisábamos los estadios de Primera e incluso de Europa de vez en cuando. Por cierto, qué rabia la gente que habla de su equipo y utiliza la primera persona, ¿no?

Poco queda de los años dorados. Se cambió el escudo y el equipo se mudó a un nuevo estadio aprovechando el tirón. Obviamente, no queda ningún jugador en la plantilla. Queda la gente. Los mayores, que no dudan en compartir su experiencia, aunque a ti no te apetezca. Se les tiene cierto cariño y uno cuando entra al estadio ya está dispuesto a aguantar lo que sea. Como a los que han desaparecido hoy entre las sombras del antro en el que estábamos esta noche. Qué cabrones, siempre igual. Aunque en realidad, si no fuera por ellos, esto de la pelota no tendría tanto sentido. De hecho son ellos los que le dan todo el valor. ¿De qué sirve ver un golazo por toda la escuadra si luego no tienes con quien celebrarlo?

Me está costando la vida llegar a casa. Ya asoma el sol y los pájaros empiezan a revolotear y a cantar. Que alguien los haga callar, me duele la cabeza y tanto pío me está machacando el cerebro.

Ya. A ver qué hay para picar ahora. Pongo el móvil a cargar mientras me preparo cualquier cosa. Música. Pongo algún disco tranquilo. Uy, mira. Ya llegan los mensajes que se enviaron cuando llegaron a casa. Han quedado a las diez para almorzar, tengo tres horas. Voy a relajarme un poco aquí en el sofá, luego me doy una buena ducha y me…

¡Joder tío, te has vuelto a dormir! ¡Siempre igual!