En Rosario se ve otro fútbol. El romántico, el que ha visto nacer futbolistas de barrio con una sensibilidad especial para tratar la pelota y entender el juego. El estilo rosarino del que habla el “flaco” Menotti se refleja en jugadores que, de un modo u otro, han marcado una época. Hoy es un mágico bajito con el ‘10’ de la Selección Argentina quien encumbra el nombre de Rosario en todo el mundo, pero no es la única leyenda del balompié de la que presumen con orgullo en la ciudad santafesina. En el fútbol, como en todo, hay resquicios en los que se encuentran figuras irrepetibles, símbolos con los que todos se familiarizan pero de los que se desconoce la mayor parte. Tal es el caso de Tomás Felipe Carlovich. El Trinche. El periodista Marcelo Benedetto nos confiesa lo mucho que queda por descubrir de este crack del que se sabe más por lo que cuentan que por lo que se ha visto. En esa parte hundida del iceberg que es la vida de Carlovich habita la fantasía y el arte futbolístico de un jugador disfrutado por unos pocos, coetáneos del mejor ‘5’ que vio Argentina en los años 70.

Amante del balón, menos amigo de los entrenamientos y de la disciplina, pero siempre sintiendo la hierba como parte de él. Carlovich marcó un antes y un después en el fútbol rosarino pasando por clubes como Rosario Central, Central Córdoba o Newell’s. También defendió la camiseta de Colón de Santa Fe e Independiente Rivadavia. En la actualidad apenas se guardan documentos audiovisuales en los que se pueda ver al Trinche en sus tiempos de futbolista, pero es el testimonio de quienes le vieron jugar el que le convierte en mito. Relata para Highbury Raúl Almada, ex-jugador de Central Córdoba en los años 80, cómo era ese centrocampista desgarbado que atraía seguidores de distintas ciudades: “Acá en Central Córdoba la rompió, es su casa, es una leyenda de la que se habla en las calles. Tenía una zurda bárbara. No era veloz pero tampoco le hacía falta porque le sobraba técnica. Sabía dónde iba a poner la pelota antes de recibirla y además era complicado sacársela cuando conducía porque la protegía realmente bien. Era el dueño del potrero, se convirtió en el jugador que era porque de chico se pasaba las mañanas y las tardes jugando en el barrio con  los otros pibes”. Raúl llegó a Central Córdoba unos años después del retiro de Carlovich. Nos cuenta que, como todos los grandes, el Trinche tenía su propio regate: el doble caño o el caño de ida y vuelta. Tiraba un caño a un rival y según éste se daba la vuelta le tiraba otro. Como él dice, no lo hacía con intención de provocar al rival, sino por dar espectáculo y disfrutar sobre el rectángulo.

Apenas jugó dos partidos en Primera División en toda su carrera deportiva. En palabras de Menotti, “le gustaba más jugar al fútbol que ser profesional”. Su historia guarda ciertas semejanzas con la de ‘Mágico’ González: jugadores que deslumbraron por sus cualidades pero que no pudieron o no quisieron dedicarse cien por cien al fútbol como profesión. Al igual que el salvadoreño, Carlovich no quedó exento de comparaciones años después con Diego Armando Maradona. Le llamaron en su día “el Maradona rosarino”, “el genio que quiso ser Maradona”, “el Maradona que no fue”… El propio Maradona se rindió en elogios hacia el rosarino cuando fichó por Newell’s. En su presentación oficial con el club, un periodista se dirigió al Diego como el “mejor futbolista”, a lo que Maradona respondió: “El mejor ya jugó en Rosario y es un tal Carlovich”.

EL BAILE DE ROSARIO

Hacia el año 1974 el nombre de Carlovich ya se conocía en círculos de los más entendidos del fútbol argentino. En Rosario llenaba estadios con hinchas que se acercaban de distintas regiones para verle jugar exclusivamente a él, a pesar de que no jugaba en la élite a nivel de competición.

La Selección Argentina estaba terminando su preparación para el Mundial de Alemania Federal. Se organizó un último partido para coger rodaje en Rosario ante un combinado de futbolistas de la ciudad entre los que destacaban Mario Killer, Carlos Aimar o Mario Alberto Kempes. El once inicial estaba compuesto por cinco jugadores de Rosario Central, cinco de Newell’s y un jugador que militaba en segunda, la actual “B” Nacional: Tomás Carlovich. La prensa local del 17 de abril ya erigía al Trinche como una de las principales atracciones del amistoso, aunque para los internacionales con Argentina el ‘5’ de los rosarinos era un completo desconocido.

La selección rosarina de 1974.

Once inicial de la selección rosarina de 1974 (Foto: El Litoral)

Las 30.000 personas que se dieron cita en el Parque de la Independencia contemplaron cómo el conjunto local le sacó los colores a la Selección que iba a representar a Argentina en la Copa del Mundo. El Trinche dio una exhibición de fútbol para sorpresa de Vladislao Cap, seleccionador argentino por aquel entonces, que pidió al entrenador del combinado rosarino que retirase del campo a Carlovich. A los quince minutos del segundo tiempo fue sustituido el Trinche, quien había dejado una huella de dinosaurio en la historia del fútbol argentino.

La prensa del día siguiente se hacía eco del “baile” que le habían dado los rosarinos a la Selección derrotándola por 3-1 y dando una imagen de sobrada superioridad. Todos los focos apuntaban al centrocampista gigantón que había vuelto locos a sus rivales. En los meses posteriores a ese partido le llegaron dos ofertas importantes al Trinche para jugar en el extranjero, aunque ninguna llegó a concretarse. Recibió una oferta de Francia y otra, más importante, del NY Cosmos de Pelé. Almada nos explica la teoría que cree el propio Carlovich. “Se dice que el Trinche no fue a jugar a Nueva York porque Pelé no quiso. Era la estrella del Cosmos y no quería que nadie le robase protagonismo en su equipo”, cuenta para Highbury.

HOY JUEGA EL TRINCHE

Marcelo Bielsa, como muchos otros, acudía con asiduidad a la cancha de Central Córdoba para deleitarse con el fútbol elegante y la sapiencia del Trinche. Carlovich bajaba a la cancha sabiendo que, al margen del resultado que se diese, se iba a divertir con el balón. Durante una época, la frase que más se podía escuchar a lo largo de la calle Virasoro era “Hoy juega el Trinche”.

Hacía de la sencillez un arte. Nos cuenta Raúl Almada que le limó los tacos a unas botas que estaban prácticamente nuevas. “Les bajaba la altura porque, según él, era más cómodo. De chico se acostumbró a jugar descalzo en el barrio”, explica. Quizá esa sencillez fue la que le hizo no entender el fútbol como una profesión. El gran Eduardo Galeano definió así en su día la carrera de Carlovich: “Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y a las infiltraciones de cortisona, que olvidan el dolor y mienten la salud. En las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración, donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo”.

Hubo una vez un centrocampista que encandiló al mundo del fútbol pero que no quiso dejarse ver. Unos cuantos privilegiados disfrutaron de su fútbol. Los demás no pudieron. No quiso tocar con sus dedos el éxito ni la fama. Quiso divertirse, sin más. A día de hoy, a sus 66 años, una operación de cadera le impide golpear siquiera un balón. Pero sigue estando ahí. Cada vez que un jugador gambetea, cada vez que se hace un caño, cada vez que una afición se pone en pie, cada vez que se filtra un pase entre líneas o cada vez que una volea acaba en el ángulo Rosario grita: “Hoy juega el Trinche”.