Hasta el primer recuerdo de Karim está relacionado con Boca Juniors. Su familia es bostera, sus padres son bosteros y él, casi por obligación, es bostero. De forma borrosa recuerda como, aún en brazos de su padre, recibió al autobús de Boca en La Bombonera. Tenía tres años y era la primera vez que iba al estadio. Su padre quiso que el pequeño Karim viviese toda la mística que rodea un partido del xeneize. Aquella tarde Independiente visitaba el barrio de La Boca y, aunque Karim no recuerda ni un solo minuto del partido, sonríe al recordar como Palermo le devolvía el saludo y la sonrisa desde el final del vehículo.

“En dos fechas se producirá la despedida del ‘Loco’ Palermo. El atacante de Boca Juniors dirá adiós al fútbol en activo en el encuentro que enfrentará a Boca con Banfield tras una carrera repleta de festejos” – se escuchaba en la televisión.

A Karim se le cayó la cuchara en el plato de sopa, salpicando gran parte del mantel. “¡La concha de su madre, olvidé que era tan pronto!”, gritó antes de dirigirse a su habitación. Al llegar a su cuarto, vació su hucha en busca de todos sus ahorros. Para su tristeza, apenas reunía un puñado de pesos ya que el resto de sus ganancias se habían esfumado al comprar la entrada para el último Superclásico del ‘Loco’.

“Karim, tenés dos opciones: o pedir plata a papá o buscarte la vida”, se decía para sí mientras miraba el escaso dinero que descansaba sobre su cama. Sin más espera, marcó el número de su mejor amigo en el teléfono y le dijo: “Matías, hermano, lo siento pero esta noche no me esperés. Ya te contaré”, anulando la salida nocturna que llevaba toda la semana planeando. Pasaron los días y Karim lo intentaba todo. La cuenta atrás era asfixiante. Sus ahorros habían aumentado gracias a no salir pero no lo suficiente como para poder hacer el trayecto Mendoza – Buenos Aires con entrada incluída. Entonces, tras mucho meditar, armó varias cajas de cartón y comenzó a guardar todo aquello que consideraba que podía tener buen precio a pesar de ser de segunda mano.

Para Karim era capital estar en las tribunas de La Bombonera cuando su ídolo de infancia se despidiese del fútbol. Solo él podía entender lo que significaba la figura de Palermo, lo que le había aportado y los valores que le había transmitido. Hacía mucho tiempo que Martín había dejado de ser un jugador de fútbol para convertirse en un espejo donde mirarse. Karim sentía tristeza por desprenderse de varias de sus pertenencias, pero su corazón le pedía estar allí, de pie, aplaudiendo el adiós de quien le había marcado como jugador y como persona.

“Che, ¿vos estabas buscando un celular, verdad? Te lo dejo a buen precio”, informaba Karim a su interlocutor. Y más tarde imitaría la jugada con su minicadena y su cámara de fotos. Sin embargo, tras vender todo aquello, seguía sin reunir el dinero suficiente que requería el viaje. Fue entonces cuando Karim decidió pedir la primera de sus ayudas:

– ¡Primo! ¿Cómo andás?

– Bien, todo bien. ¿Y vos?

– Bueno, estoy planificando un viaje y no tengo la plata suficiente.

– ¿Me llamás para pedir plata?

– Te llamo por si tenés algo por casa que no usás para poder venderlo.

Con el paso de los días el bolsillo de Karim había crecido de manera considerable. Tras contabilizar todo el dinero que había conseguido reunir, se sentó y respiró aliviado. La cifra era más que suficiente para llevar a cabo el viaje. Se agarró la cabeza, sonrió y una lágrima de felicidad recorrió su rostro. Después de tantos esfuerzos lo había conseguido. Podría contar a sus hijos que él estuvo en la despedida de Martín Palermo.

– Papá, estoy en un quilombo – dijo Karim.

– ¿Qué te ocurre, Karim? – contestó su padre preocupado.

– Vos sabés lo que significa Palermo para mí…

– Ah, es por eso. A todos los jugadores les llega su retirada, no son eternos – contestó

mientras continuaba leyendo el periódico.

– No, no. Es que quiero estar presente, quiero estar allí. Quiero despedirle.

– ¡Pero vos sos un tarado! ¡Estás en plena época de exámenes! – grito su padre

– ¡Papá, por favor! Mamá no me deja y todos los chicos van – suplicó Karim

– ¿Vos sabés lo que me estás pidiendo?

– Sí, si no lo supiera no lo haría.

– Y bue, dejáme pensar. ¿Tu maestra se creerá que estás enfermo? – dijo mientras recibía el abrazo de un Karim radiante de felicidad.

Al día siguiente, Karim se puso en contacto con el encargado de organizar el viaje a Buenos Aires. Para su sorpresa, había lanzado una nueva oferta que consistía en presenciar el partido, hacer noche en un hotel porteño y cenar con el mismísimo Martín Palermo. Karim se quedó sin habla cuando escuchó el nuevo precio. No le faltaba demasiado dinero para llegar a la cifra, pero se le habían agotado las vías de financiación. Después de todo su esfuerzo, sus ahorros únicamente le permitían viajar, presenciar el partido y regresar a Mendoza.

– Karim, ¿qué te ocurre? Llevás todo el día mirando al piso como un boludo – preguntó su hermano.

– Te querés matar, Leo. Logré la plata necesaria para viajar a Buenos Aires, lo vendí todo, hablé con los primos, vendí lo que me dieron y a la hora de reservar la plaza salió una nueva oferta que no puedo afrontar.

– ¿De qué oferta se trata? – preguntó intrigado Leo.

– De conocer al Loco. Cenar con él, charlar con él. Y no llego a la cifra mínima.

– ¿Cómo que lo vendiste todo? No entiendo.

– Sí, sí. Vendí el celular, la minicadena y la cámara fotográfica – respondió Karim apesadumbrado.

– ¿Por ir a la cancha?

– Sí. Y ahora estoy tan cerca del sueño que ir al partido simplemente me parece poco. No lo puedo creer.

– Karim, tranquilo. ¿Cuánta plata te falta? – dijo Leo mientras a su hermano se le iluminaba el rostro con una sonrisa.

 

UN VIAJE DE PELÍCULA

La noche previa al viaje, Karim apenas pudo conciliar el sueño. Probó todas las posiciones posibles, pero cada vez que cerraba los ojos se imaginaba en aquella tribuna cantando por su ídolo. Horas más tarde, Karim aguardaba junto Álvaro, Gerardo y Maxi la salida del autocar con destino a Buenos Aires. Eran las ocho de la tarde y las más de cuatrocientas personas que emprendían viaje ya calentaban sus gargantas: ‘Oooooh, dale dale Booooo, dale Bo, dale Bo, dale dale Booooo’.

Entre cántico y cántico en favor de Boca, las puertas de los autocares se abrieron y poco a poco los hinchas fueron ocupando sus lugares. Todos iban luciendo sus colores, bien fuese en forma de camiseta, de polo o de chándal, pero nadie se quedaba atrás a la hora de representar a su equipo. Con los primeros pasos del autocar se desató la locura. El autobús en el que viajaba Karim era una fiesta. La gente cantaba, saltaba y golpeaba los cristales al ritmo de los diferentes cánticos. ‘¡Si acá es espectacular, imagináte la cancha!’, gritaba Gerardo, apodado el Conejo, para que Karim le pudiera escuchar. Sin embargo, a poco más de dos kilómetros de la salida, el autocar se detuvo. El silencio inundó el vehículo cuando el conductor anunció por megafonía que el motor se había averiado. Nadie se lo podía creer. Los hinchas se apearon del autocar y formaron grupos para charlar acerca del partido. Muchos ni se conocían entre sí. Algunos de vista. A otros solo les unía la camiseta que vestían.

– Qué mala suerte, ¡la puta madre! – se lamentaba Álvaro

– Por ahí dicen que no se puede arreglar, que nos quedamo’ en tierra – se lamentaba Karim

– No puede ser, no quiero que me devuelvan la plata. ¡Quiero ir a la cancha! – gritaba Gerardo.

Fueron cerca de tres horas de angustia las que se sucedieron hasta que el autocar volvió a estar listo para emprender el viaje. Muchos mostraban su enfado. Otros su alegría por retomar el camino y otros su alivio tras el susto. Catorce horas más tarde, Karim y sus amigos ya pisaban el suelo de Buenos Aires. Estaban muy cansados, pero la experiencia seguro iba a merecer la pena. Compartieron un asado con la gente del viaje y con el paso de los minutos, la intensidad de los cánticos crecía hasta el punto de rozar la locura. ‘Mirá que de gente hay. Deberíamos ir ya para la cancha’, alertó Karim a sus amigos.

 

palermo

 

Faltaban diez minutos para el inicio del partido y los accesos a La Bombonera estaban colapsados. Habituales a los partidos de Boca Juniors reconocían que la cantidad de hinchas que rodeaban el estadio superaba con creces la que se congregaba normalmente en el feudo xeneize. ‘Y eso que siempre se copa’, pensó Karim mientras su mirada se perdía entre el gentío que le rodeaba. El tiempo corría y aunque Karim y sus amigos estaban más cerca de los accesos, se encontraban demasiado lejos para poder acceder al recinto. La gente se empezó a impacientar y se sucedieron los empujones e improperios hacia las autoridades. La tensión se podía palpar y la situación llegó a ser muy tensa. Una lágrima recorrió el rostro de un asustado Karim que se imaginaba lo peor. Difícilmente podía seguir al lado de sus amigos mientras era empujado y chocaba una y otra vez contra la espalda del hombre que se encontraba delante. Finalmente, a falta de tres minutos para el inicio del partido, la gente que aguardaba a las puertas del estadio consiguió entrar al mismo. Karim no podía ver nada de lo que ocurría delante de él, pero echó a correr como el resto de hinchas hacia el interior del estadio.

Una vez subió las escaleras que le llevaban a su ubicación, se detuvo en el rellano para encontrar a sus compañeros. ‘¡Conejo! ¡Álvaro! ¡Maxi!’, gritaba rasgando su garganta. ‘¡Mirálo, ahí está! ¡Karim, por fin te encontramo’!, alertó Conejo desde la distancia. Los cuatro adolescentes subieron lo más rápido que pudieron a la tribuna. Al salir por el vomitorio, todos los asientos de su zona estaban ocupados, así que tuvieron que acomodarse como bien pudieron. Mientras Boca salía al terreno de juego encabezado por un Martín Palermo que portaba en su brazo la cinta de capitán, Karim se secó las lágrimas propiciadas por el susto y se unió a los cánticos del resto de la hinchada. El famoso “Boca, mi buen amigo” precedió al “Paleeeermo, Paleeeeermo” tan idóneo en ese momento.

El partido resultó pobre, carente de buen fútbol y con todas las miradas más centradas en el ‘9’ xeneize que en el resultado en sí. Palermo tuvo dos ocasiones claras para despedirse con un gol, pero una vez Bologna, portero de Banfield, y otra una pelota que se escapaba rozando el palo lo evitarían. Ya en la segunda mitad, un mal despeje del meta del Taladro era aprovechado por Colazo para adelantar a Boca Juniors para locura de la hinchada. El joven jugador dedicaría el gol a Palermo, quien recibió de nuevo el aliento de las tribunas a pesar de no haber firmado el gol. A falta de diez minutos para el final, Banfield empataría con un gol de Ferreyra, quien aprovecharía el error en la salida de Lucchetti.

Tras el pitido final que ponía fin a la carrera como profesional de Martín Palermo, nadie se movió de su lugar, ni siquiera para ir al baño. Karim entonó junto al resto de La Bombonera el cántico creado para la ocasión:

‘Muchas gracias Palermo, muchas gracias Palermo. Vos nos diste los goles, vos nos diste alegría lo que hiciste por Boca no se olvida en la vida…¡No se olvida en la vida!’

Entonces, Karim notó como alguien le pasaba el brazo por encima del hombro. Era Conejo, que hacía extensiva la cadena que habían formado sus amigos. Escucharon en silencio todas y cada una de las palabras que Palermo dedicaba a Boca Juniors. A su hinchada. A ellos. Karim no pudo reprimir el llanto, que por momentos llegó a ser desconsolado. Estaba en Buenos Aires junto a sus amigos de infancia despidiendo a quien les había dado tanto. Habían celebrado sus goles, habían imitado sus locuras, sus celebraciones de gol e incluso sus peinados. Llegaron a sentir que habían nacido para verle marcar gol.

Mientras los operarios retiraban una de las porterías de La Bombonera para dársela como obsequio a Palermo, éste cogía el micrófono y agradecía todo el apoyo recibido durante los años. Karim no podía parar de llorar mientras la figura bostera expresaba emocionado sus sentimientos:

“Estoy muy agradecido a todos ustedes. Por todo el cariño, por tantos años juntos, por tantas victorias, por tantas tristezas…pero que en definitiva siempre sacamos una sonrisa de todos ustedes con la posibilidad que siempre me dio el gol. El gol de darle a ustedes era la máxima expresión dentro de una cancha y siempre…”

El discurso de Martín Palermo fue interrumpido por el grito de los hinchas. Karim intentaba gritar pero la emoción le había vencido, no tenía capacidad para superar el torrente de sentimientos al que estaba siendo sometido. Miraba a sus amigos, a los hinchas ubicados más abajo, a los ubicados más arriba y todos cantaban emocionados. Jóvenes y viejos. Padres e hijos. Hizo un esfuerzo por sacar voz de donde no la había y se unió al “Palermo es de Boca, de Boca no se va” que hizo temblar los cimientos de La Bombonera.

“Se me vienen a la cabeza tantos títulos, tantos goles, tantos compañeros que han pasado junto a mí con esta camiseta…Agradecerles a todos ellos que están acá, a los que no están también que han sido parte de tanta historia mía en este club. A cada técnico, a cada dirigente, pero especialmente a todos ustedes porque Boca no sería ustedes sin ustedes (…) Siempre me quisieron por decir que era hincha de Estudiantes, pero quédense tranquilos que les voy a llevar dentro de mi corazón”

La emoción fue tal que, a la hora de abandonar el estadio, no mediaron palabra entre sí. Tenían los ojos irritados de llorar y un nudo permanente en la garganta. La hinchada continuaba cantando por el ‘Loco’ en los aledaños del estadio, pero ellos no podían. No estaban derrotados, estaban preparándose para la emoción definitiva, para el broche final: la cena con Martín.

 

UNA CENA CON MARTÍN

El trayecto entre La Bombonera y el hotel se convirtió en eternidad para Karim. Estaba nervioso y sus uñas pagaban las consecuencias. ‘Conducí más rápido, pelotudo’, decía para sí mismo Karim mientras en los asientos más cercanos se comentaba el partido. El letrero luminoso del hotel apareció poco a poco en la lejanía y durante los últimos metros, el autobús volvió a retumbar a base de cánticos. A las puertas del hotel les esperaba un hombre vestido con la segunda equipación de Boca Juniors y con una gorra que apenas permitía que se viera sus ojos. Hizo gestos de que la gente se detuviese y, cuando todo el mundo se apeó del autobús, pidió silencio para informar al grupo del procedimiento.

‘Hola a todos y gracias por asistir. Antes de la cena, todos los que lo deseen se podrán retratar con Martín en el salón. El precio es de ciento cincuenta pesos por foto. Pueden ir tomando lugar’.

– Che, ¡no tengo plata! – alertó Karim a sus compañeros.

– Yo tengo treinta pesos, pero son para desayunar mañana – se lamentaba Conejo.

– Viejo, vamo’ a reunir toda la plata y salimo’ los cuatro – sentenció Maxi.

– ¿Y si no le pagamo’? – preguntó Álvaro.

– Gaita, es Maxi Mazzaro, número dos de La 12. Si no le pagás, te caga a trompadas – advirtió Karim.

Tras contabilizar su presupuesto, éste era escaso para hacerse la foto. Apenas faltaban quince pesos, pero los encargados de organizar el evento se mostraban inflexibles. ‘Si no podés garpar, tomátela’.

Finalmente, tras pedir a varios grupos de gente una pequeña ayuda para completar el pago, consiguieron llegar a los ciento cincuenta pesos solicitados. Apenas faltaban unos minutos para el comienzo de la cena, por lo que Karim y sus amigos ocuparon cuanto antes un lugar en la fila. Parecía increíble, pero a los pocos minutos ya estaban en la cabeza de la cola. No se podían creer que estuvieran tan cerca de Palermo, a escasos pasos de su ídolo. Cuando el hombre que les había atendido a las puertas del hotel les dio la orden, Karim, Conejo, Maxi y Álvaro se acercaron al ‘Loco’, le estrecharon la mano y se colocaron a su lado para fotografiarse. Entre el silencio posterior a la foto, Karim tomó a Palermo de los hombros, le miró a los ojos y le dijo: ‘Gracias por tanto, Martín’, momentos antes de que sus ojos se empañasen y su memoria grabase un momento para siempre.

La cena posterior fue lo de menos. De hecho, fue la excusa desde un principio para poder compartir un momento con Palermo. Quizás para Karim fuese el minuto más significativo de su adolescencia. Atrás quedaron los goles, los gritos de gol, los festejos, las vueltas de campeón, el gol ante River Plate en la Libertadores, el doblete ante el Real Madrid en la Intercontinental, el gol de cabeza desde mitad de cancha, el tanto convertido con los ligamentos rotos y las catorce horas de ida y las catorce de vuelta en ayunas a cambio de un recuerdo imborrable, un momento en la eternidad de su ídolo.