Uno llega a Bury y se ve viviendo allí con 35 o 40 años. Quizás no sea un pensamiento instantáneo. Quizás solo me haya sucedido a mí. ¿Qué queremos a esa edad? Tranquilidad, ¿no? Eso ofrece Bury. Uno imagina la tranquilidad de un trabajo estable, unos frutos que empiezan a recogerse tras años de trabajo y esfuerzo. Suficientemente alejada de Manchester como para huir de su incesante ajetreo, suficientemente cercana como para dejarse llevar por su frenesí. Manchester es salir de fiesta un martes por la noche. Bury no.

Al menos no lo parece un sábado por la mañana. En ese momento, acercarse a las calles comerciales del centro a desayunar o visitar el castillo de la ciudad parecen planes perfectos. Incluso acercarse a la imponente biblioteca o a la galería de arte si uno se ha levantado literato. Quizá Bury no ofrezca mucho a simple vista, pero la oferta resulta interesante. Como los pubs cercanos al estadio de fútbol local, que solo hay uno. Pero vaya, nada despreciable.

Dos policías montados a caballo en la entrada no daban buena espina. Luego uno ve que en aquel lugar se mezclan las aficiones de los dos equipos y se teme lo peor. Demasiados libros con tacos y demasiadas películas con peleas. Allí solo había tranquilidad.

 

Gigg Lane y el derbi que no era derbi

Los mayores beben, los jóvenes también, y los que no tienen edad para hacerlo aguardan su momento. Resulta fácil imaginarse esa misma escena hace una o dos décadas. Poco habrá cambiado el lugar desde entonces. Gigg Lane, desde fuera, ayuda a reforzar esa idea. Pared de ladrillo rojo y chapa metálica para cubrir un estadio que se inauguró en 1885 y que fue remodelado a principios de los noventa. Aunque no lo parezca. Y eso se agradece, la verdad.

Gigg Lane desde fuera. Podrían ser los años 90. | Foto: Xavi Heras.

Gigg Lane desde fuera. Podría ser los años 90. | Foto: Xavi Heras.

La lluvia no deja de caer en todo el día y a nadie parece importarle. Será la costumbre. La sensación de calma persiste en la grada. Un cruce de cánticos, un pequeño rifirrafe en la grada y poco más. Nada que uno no haya visto ya en cualquier otro estadio. No hay señales de derbi entre Bury y Wigan. Incluso en un momento dado, con el partido prácticamente sentenciado, ambas aficiones comparten al unísono su animadversión por el Bolton Wanderers.

Aún así, la emoción es palpable. Aquel era un día especial. Bury y Wigan se medían en la primera ronda de la FA Cup. En liga llegaban empatados a puntos y los Shakers habían eliminado a los Latics previamente en la Copa de la Liga. De hecho el partido arrancó con emoción, pero pronto se vio que el Wigan aún necesita algo de tiempo para recomponerse tras dos descensos en tres años.

El Bury, que este año regresa a la tercera división, vive otro momento de forma. Y ese cruce de realidades se hace patente en el primer gol del partido: cabezazo flojo de Tom Pope que el guardameta del Wigan, O’Donnell no logra blocar un balón manso y pierde el equilibrio. Mientras el portero cae, el balón rebota en el poste, golpea el cogote de O’Donnell y este desea que la tierra se lo trague cuando la pelota se mete en su portería. El inglés no levantaría cabeza, su equipo tampoco y el descanso ya arrojaba un 3-0 que parecía insuperable.

Manchester es salir de fiesta un martes por la noche. Bury no.

La tranquilidad que se respiraba en la ciudad invadió el estadio de su equipo de fútbol. No hubo sufrimiento alguno. No para el Bury. El Wigan aún tendría tiempo de ver como Leon Clarke anotaba el cuarto. Un gol que no celebró. No lo hizo porque ya no tocaba. Y porque además la temporada pasada había marcado otro gol, uno solo, vistiendo la camiseta de los Latics.

Pasaron los minutos, los aficionados que habían recorrido las cerca de 20 millas que separan Wigan de Bury quisieron entretenerse pasándose entre ellos cada balón que sus jugadores lanzaban lejos de la portería local.

La lluvia de goles paró con el pitido final. No ocurrió lo mismo con el agua que caía del cielo para dar un toque aún más inglés a esta eliminatoria de la competición más antigua del mundo. Aquel día en Bury llegaba a su fin.