“A ese pibe no le dejen jugar, que va a llegar a Primera”. La frase, real como la vida misma, se había convertido en una ley no escrita del argentino barrio de Laferrere. Las modestas calles de este distrito bonaerense acogían multitud de partidos de niños que trataban de emular a sus ídolos con una pelota maltrecha en los pies. Sin embargo, el único joven de la zona que no soñaba con llegar a Primera División era vetado diariamente. El pequeño José Luis era la mayor esperanza futbolística  que jamás había tenido Laferrere y como tal, era protegido por sus vecinos.

José Luis procedía de una familia humilde. Tanto, que en plena adolescencia se vio obligado a enrolarse en el negocio de su padre para poder subsistir. Así fue como comenzó a trabajar como butanero, un oficio que siempre le llamó la atención por tradición familiar, y empezó a ser conocido en la zona como Garrafa, apodo que le acompañaría el resto de su vida. Pateaba las calles de Laferrere bombona al hombro mientras recibía el cariño de sus vecinos en cada bar al que proveía: “Era un tipo de barrio. Respetaba el suyo y sus códigos y la gente se lo devolvía. Lo cuidaban para que no le pasara nada porque era el pibe del barrio que iba a llegar a Primera. No le dejaban jugar en los partidos que se armaban en los potreros por miedo a que lo lesionaran”, cuenta Leo di Luca, periodista argentino, en exclusiva para Highbury.

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Garrafa Sánchez, con la camiseta de Banfield
Fuente. Foro Banfield

 

UN SUEÑO DE INFANCIA

Poco tiempo después, solo los más allegados le conocían por José Luis. Había alcanzado el primer equipo de Laferrere, entonces en la tercera categoría del fútbol argentino, y había debutado en pleno clásico contra Almirante Brown. “Mirá, va a jugar el Garrafa”, murmuraba la grada del estadio Ciudad de Laferrere. Meses después lograría el ascenso al Nacional B y tras un breve paso por El Porvenir hizo las maletas para marcharse al Bella Vista uruguayo, con quien logró el billete a una Libertadores que nunca disputó por su anticipado regreso a Argentina tras una grave enfermedad de su padre.

Garrafa no se pelaba el lomo trabajando pero sí se echaba el equipo al lomo para ganar partidos

A su vuelta le esperaba Banfield, entonces en la segunda división local. En el banquillo del Taladro, como es conocido el club, se encontraba Julio César Falcioni, histórico portero de Boca Juniors. Garrafa, que se encontraba en el mejor momento de su carrera a pesar de su escaso rendimiento en los entrenamientos, comandó el regreso de Banfield a Primera División, aquel lugar donde Garrafa nunca soñó con estar: “Aunque siempre le costó trabajar o entrenar, Garrafa sacaba años de ventaja a todos en el juego. No se pelaba el lomo trabajando, pero sí ponía al equipo en su lomo y ganaba los partidos él solo. Se hacía cargo y se bancaba las brutales patadas que uno puede imaginar. Llegó a jugar en Primera y con una gran forma. Su juego era desfachatado, guapo, atrevido, inteligente, pícaro, pensante, elegante y le ponía coraje. Hoy en día podría haber jugado en un equipo que jugase para él, aunque debería cambiar algunas aptitudes en cuanto al entrenamiento personal”, nos cuenta Leo con total seguridad.

 

UNA PASIÓN PELIGROSA

Tal fue su incidencia en el crecimiento deportivo de Banfield, al que llevó de jugar en el Nacional B a hacerlo en la Copa Libertadores, que los grandes equipos argentinos comenzaron a fijarse en él. Quien más interés puso por hacerse con sus servicios fue Boca Juniors, entonces entrenado por Bilardo. Sin embargo, Garrafa tenía una afición incompatible con el fútbol: las motos. “Se perdió de jugar en Boca. Bilardo le dijo a Garrafa que dejase la moto, que estaba prohibido. No le hizo caso, volvió a ir en moto y adelantó tanto a Bilardo como a Pumpido, quien fue arquero del Mundial que ganamos, en plena autopista a más de 140 km/h y descartaron su fichaje. Jamás se arrepintió de ello porque creía en su destino”, nos cuenta Leo.

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Un aficionado porta la camiseta de Garrafa Sánchez
Fuente. Taladro Manía

 

Garrafa era el jugador que elegimos para querer

Tras convertirse en un ídolo en Banfield, donde a día de hoy varias paredes del estadio muestran dibujos de Garrafa Sánchez o donde la cabina número 10 de radio del estadio Florencio Sola lleva su nombre, decidió regresar a Laferrere para volver a ser José Luis. Fue precisamente en su barrio, más concretamente en la calle donde residía, donde ocurrió lo que nadie quería: “Garrafa murió jugando con la moto en la puerta de su casa. Hizo un Willy – un caballito, para los españoles – y se reventó. Era un gran peligro”. Tras perder el control de su moto, Garrafa cayó y se golpeó en la cabeza. Se partió el cráneo y entró en un coma del que jamás pudo salir. La conmoción con la que se vivieron los hechos en Laferrere se extendió a todo el país. Acababa de fallecer el jugador al que el periodista Alejandro Dolina, una leyenda en Argentina, apodaba como “el jugador que elegimos para querer”

 

UN LEGADO IMBORRABLE

“Garrafa representaba al jugador del Ascenso casi en su totalidad. Era un pibe que salió de un barrio de emergencia y entendía su sentido de pertenencia. Salió de Laferrere y siempre dijo que volvería hasta gratis. Volvió y ese fue el único escudo que besó”, reconoce Leo, quien añade que “si José Luis Sánchez hubiera tenido la cabeza ordenada, hubiera sido el mismo Garrafa porque él fue lo que siempre quiso ser. Siempre sostuvo que nunca nadie le iba a cambiar en su forma de jugar y de ser. Se veía como un ídolo que jugaba bien y metía pases y goles. Con eso le alcanzaba”. Atrás quedan, en el recuerdo, una multitud de momentos y anécdotas que acompañarán a Garrafa siempre, así como un sinfín de detalles por parte de los clubes en los que participó. El barrio de Banfield tiene una plaza con su nombre, el mismo con el que es referido el estadio de Laferrere y con el que es conocido un sector del de El Porvenir: “Quizá la mejor anécdota fue cuando jugó un tremendo partido amistoso contra la Selección. Fue elegido de sparring y bailó a todos. Ganaron 1-3 pero la prensa y los diarios dijeron que habían salido 4-3”.

Leo, mientras busca en su Ipad la película que narra la vida de Garrafa y que fue estrenada en el mismísimo estadio de Banfield en 2010, sentencia que “fue reconocido por todo el mundo del fútbol argentino por su forma de jugar. En un país con 40 millones de directores técnicos no es fácil conquistar a la mayoría  y que te tengan en cuenta para sus equipos ideales”. Así fue Garrafa, un artista en el recuerdo.

Aficionado Garrafa

Cartel publicitario de la película ‘Garrafa Sánchez: una película de fulbo’