“Allí quedará mi amor
entre las paredes viejas.

Esa será mi casa cuando me vaya yo
esa será mi casa cuando te diga adiós”

(Nino Bravo. Aielo de Malferit, Valencia, 1944 – Villarrubio, Cuenca, 1973).

26 de diciembre, el día siguiente a Navidad en la mayoría de países, al menos en los que suelen entrar en nuestro mapa cotidiano a través del telediario. En Inglaterra, además, es el Boxing Day y aquellos que inventaron esto de darle patadas a un balón celebran una jornada especial. Aquí, la Liga para, aunque visto el avance del negocio con sentimientos en este país yo apuesto por un Clásico en la próxima Nochebuena para sustituir el discurso del rey. Si Tebas lo lee, luego presumirá de las ideas que tiene.

SUERTE

En mi familia paterna, el segundo día de Navidad, ha sido, desde que tengo uso de razón, el día en que la familia extensa albergada bajo el manto de un apellido que nos caracteriza y nos define se reúne para compartir calor en los pocos días al año que en Valencia hace frío. Pero con los nuestros y una mesa repleta, nunca lo sentimos.

De la Navidad cada año empezamos a oír hablar más pronto, gracias a esa cadena de centros comerciales con la que empezó todo. Galerías Preciados le llamaban. Son días en que se nombra mucho a la suerte. El 22 de diciembre es el día nacional de la salud. O eso dice mi padre, mientras empalma cigarrillos y no puede disimular las arrugas de su frente. Lleva muchos años frunciendo el ceño por unas y otras preocupaciones.

FAMILIA

Suerte es que todos los que nos sentimos unidos por un apellido podamos vernos, aunque sea una vez al año. Suerte es que la bondad y la sensibilidad sobrevivan en una sociedad de lobos contra hombres.

Las familias tratan de verse en estas fechas. Las de consanguinidad y las que van formándose durante el largo proceso del aprendizaje. Por eso todos intentamos montar cenas con nuestros amigos de la infancia durante el mes de diciembre. Por eso en las discotecas no hacen listas de acceso gratuito, por eso siempre hay roces, enfados y, a veces, violencia. Hay parejas que rompen, otras se crean. Hay nuevas de boda y anuncios de que un nuevo miembro llegará en unos meses a la familia.

Tengo dos familias extensas: la de la ciudad y la del campo. Una que habla en valenciano y, en los últimos lustros ha venido dedicándose a profesiones liberales, naturales del poso que dejó la Gran Riuà en la ciudad. La otra presume con orgullo de sus tierras, donde se hace el mejor vino de este curioso territorio que en los últimos 40 años todos llamamos Comunidad Valenciana. El abuelo mantuvo las parcelas. Las de viñedos, las de olivos, las de almendros. Nadie supo ni pudo coger el testigo del secano que llevábamos en la piel.

En estas dos familias habían desparecido los villancicos. Cada año éramos menos y el que os habla fue durante demasiado tiempo el más joven. Pero el silencio se acabó. Mis sobrinas y sobrinos han ido llenando las sillas que quedaron libres. Ese vacío no lo tapa nadie, pero es ley de vida que las hojas caducas caigan y ellos crecen tan bonitos, tan vivos e inteligentes que, inconscientemente, consiguen que la tristeza termine y la algarabía vuelva a correr por los pasillos de nuestras casas.

Juan Ramón, capitán del Valencia de 1941, levanta el primer título de la historia valencianista

Copa 1941. Foto: Valencia CF, archivo.

La primera vez que pisé Mestalla, una mano la sujetaba mi iaio Federo y la otra mi padre. No estoy seguro del motivo, tampoco recuerdo a ciencia cierta cuál fue el primer partido que mis ojos, llenos de brillo, presenciaron. Tenía unos 4 años y nunca dejé de acudir religiosamente a mi cita con aquella devoción que llevaba en el ADN.

Mi primer ídolo era calvo, el primer entrenador que recuerdo no jugaba bronco y copero y el primer título que viví llegó cuando estaba a punto de cumplir 11 años. Detrás de la portería donde Federo y yo nos sentábamos y bromeábamos con Don Andoni Zubizarreta todavía había una valla. Era verde, no muy alta y entro eso y la red, el iaio y yo el partido nos lo imaginábamos. Quizás lo que me dejó pasmado para siempre fue la capacidad de los valencianos para hacer burla de los porteros rivales. En la primera parte aplaudíamos y coreábamos al nuestro, que al llegar siempre saludaba al tendido. En la segunda parte, el del rival tenía que soportar los improperios que los adultos, socarrones, le escupían sin miramientos.

Pocos años después, la UEFA obligó a que la fila donde nos sentábamos desapareciera. El Valencia crecía, la Copa de Europa iba a hacer temblar los cimientos del ya por entonces vetusto estadio de la Avenida de Suecia. El cambio de ubicación fue el momento idóneo para que mi padre, el suyo y yo nos pudiéramos reagrupar. También nos fuimos un poco más hacia el córner, aunque sin cambiar de sector. El portero local aún escuchaba nuestros vítores, la valla había desaparecido y la red ya no dificultaba el visionado del juego. Eso sí, el olor a césped seguía llegando a nuestras narices, aunque entre el humo de los puros era difícil de distinguir.

Zubi con la camiseta del Valencia y Cañizares con la del Madrid. Foto: Javi Martínez.

Zubi con la camiseta del Valencia y Cañizares con la del Madrid. Foto: Javi Martínez.

Casi sin darnos cuenta habíamos dejado atrás los domingos de paella y empate a cero contra equipo de media tabla por noches de Champions, cada una más mágica que la anterior. En este proceso, Federo fue notando los achaques de la edad, aunque siempre se negara a reconocerlo. Tardábamos media hora en salir del campo. Mi padre iba a por el coche y Federo se apoyaba en mí para ir saliendo del edificio donde cimentamos nuestro más fiel amor. Cuando lográbamos salir, mi padre ya se había fumado dos cigarrillos esperando, y los aledaños ya estaban despejados. Volvíamos surcando el río que los 80 secaron, a nuestra derecha dejábamos Viveros y un poco más adelante mirábamos al otro lado del río. Las torres que defienden nuestra ciudad contemplaban nuestro viaje.

Dejábamos a Federo dentro del portal. No nos habría permitido subirlo hasta casa, siempre quiso ocultar las mermas que producía la edad en sus capacidades físicas. Él, que perdió el pelo de ir tan fuerte a los balones divididos en alto, que cogía el autobús para ir a jugar al billar con los jubilados pero decía que seguía haciendo el camino andando. Él, que con sus manos levantó la falla de la que nunca pudo alejarse demasiado.

Entonces, mi padre y yo seguíamos el camino hacia nuestra casa. Yo le hablaba emocionado de cosas que habían pasado en Mestalla y él sonreía orgulloso por su hijo y pensativo por su padre. Y fumaba.

Las Torres de Serranos, Valencia. Foto: Wikimedia Commons.

Las Torres de Serranos, Valencia. Foto: Wikimedia Commons.

Luego vino París, pero nosotros no tuvimos fuerzas para ir. Desde casa seguimos aquella desfeta. En el fondo, todos contábamos con esa derrota. Llegar fue el gran triunfo. Europa parlava valencià, el murciélago retomaba el vuelo, y en la Meseta no se imaginaban lo que les esperaba.

La temporada siguiente comenzó, mi iaio se sentía aún fuerte. Quizás París le dio ese último aliento que él tantas veces había regalado a su equipo. El Valencia jugaba bien, bronco y copero, y las eliminatorias de Champions League se iban sucediendo. Mientras tanto la edad fue ganando terreno a la tozudez del iaio y dejó de poder venir con nosotros al templo. Quizá fue eso lo que hizo que el 7 de mayo de 2001 Federo no pudiera seguir respirando.

El Valencia sorteó el derecho a comprar la entrada de la final de Milán entre los socios, accionistas y abonados. Nosotros tres cumplíamos esas condiciones, pero él ya estaba muy malito y desde una cama delegó su entrada en su hijo Fede. El hermano de mi padre, mi tío Fede. Pepe, primo de ambos y sobrino de mi iaio, mi tío Pepito, consiguió otra entrada y se unió a la expedición.

La afición valencianista celebra la Liga de 1971, en Sarrià (Barcelona). Foto: archivo VCF.

El 22 de mayo de 2001 salimos del Cap i Casal en un turismo suficientemente cómodo que tenía el tío Fede en aquella época. Durante el viaje de ida hablábamos ilusionados, con Federo en nuestras cabezas y, como siempre, en nuestro corazón. Pernoctamos en un hotel de Francia, no sé a qué altura. Importa muy poco. Madrugamos para retomar el camino y a unos 100 kilómetros de Milán paramos a comer. No recuerdo el nombre de la población, pero fue la primera vez que probé los gnocchi.

En la capital lombarda todo fue muy rápido. Sé que quedamos con mi amigo César y sus padres en la Piazza del Duomo. En el metro, me impresionó lo borrachos que iban los alemanes. En las calles, los valencianos atronábamos. Alguno de los que hoy son parte de mi otra familia valencianista encendían las tracas que casi resquebrajan los cristales de la Galleria Vittorio Emanuele II. Probé un Gelato al limon y volvimos al suburbano. San Siro nos esperaba.

“Cuando era niño y conocí el Estadio Azteca
me quedé duro,
me aplastó ver al gigante”

(Marcelo Scornik).

El Giuseppe Meazza me impresionó. Y del partido recuerdo poco más. Las lágrimas de Cañizares escenifican nuestro viaje de retorno, pero en ese coche donde el iaio Federo estaba sin estar, duró más el regreso que en el avión de los futbolistas.

A la altura de Perpignan hubo un embotellamiento que se hizo eterno. Creo que fue por un accidente, pero esa parte de la historia no está tan lúcida en mi maltrecha y ajada memoria. Después de más de 72 horas de aventura juntos, los tres hombres y el niño que hoy les escribe vestido de domingo, pudieron descansar un rato. Y Federo se fue a descansar en paz, sin poder quitarse la espina de la Copa de Europa pero con la conciencia tranquila por haber asegurado que el mito del valencianismo se siguiera enseñando de padres a hijos, al menos por lo que respecta a su apellido.

Pepito siguió con sus negocios y siempre pendiente del apellido. Fede empezó a venir al fútbol con Xan y conmigo, usando el carnet de mi iaio. Cada 26 de diciembre todos nos reuníamos y Federo nos observaba feliz, desde donde esté, que seguro que es muy arriba, porque los murciélagos cuando soñamos juntos sí volamos alto.

PARAVALANCHAS

Un Pau ya más adulto decide abandonar el asiento que ocupaba junto a su iaio y su padre, y luugo con su padre y su tío, y empieza a subirse a un paravalanchas. Siempre pensé que Federo lo habría aprobado, porque mi padre seguía yendo con su hermano y yo podía vivir el fútbol como mi edad me pide. De pie, cantando, saltando, dejando que la sangre que me hierve se cueza. El iaio habría aprobado mi dulce condena.

Esta actual temporada es la tercera en la que no estoy con ellos aunque sí esté. En Mestalla, digo. Desde mi sitio los veo a todos. A Federo, a Xan, a Fede. A todos. Esta temporada regresé un partido a mi antigua localidad. El tío Fede se había ido volando a buscar a su padre y yo no quería que mi padre viera ese Valencia – Betis rodeado de nuevos inquilinos de nuestro sector. Así que allí estuvimos Xan y yo observando, sin darle demasiada importancia, un espectáculo esperpéntico en que los jugadores se reían del escudo que llevamos en la piel y los aficionados, poco memoriosos. ovacionaban a un pisha cuya trascendencia en la historia del Valencia es haber posado en bolas junto al último título que hemos ganado.

Ahora, mi tete Raúl ya suele acompañar a mi padre con el pase de Fede y yo, desde arriba del paravalanchas los veo a todos y me dejó la voz por todos ellos.

Mestalla en diciembre de 2015, desde el cruce entre Artes Gráficas y la Avenida de Suecia. Foto: Pau Corachán.

Mestalla en diciembre de 2015, desde el cruce entre Artes Gráficas y la Avenida de Suecia. Foto: Pau Corachán.

Este año no hemos celebrado la tradicional comida de los Corachán, pero yo me he vestido como si lo hiciéramos para poder escribir esto. Las lágrimas que recorren mis mejillas me han impedido hacerlo más rápido. El próximo 26 de diciembre celebraremos los 92 años que se cumplirán del nacimiento de la tieta Carmen. Iremos a un sitio que, directa o indirectamente, elegirá ella. Muy de la calle Sorní. Pagaremos a escote los adultos, y los niños jugarán alrededor de la mesa. Fortalecerán sus lazos familiares como primos que son y los demás brindaremos por Federo. Por Fede, por la iaia Matilde, la tía Lorenza…

Brindaremos por el apellido que nos hace volar alto sin olvidar nuestras raíces.