Estaremos de acuerdo en que las guerras son una catástrofe social, económica, política y medioambiental. Son la vergüenza de la raza humana y, quizás, el síntoma más claro de nuestro fracaso como especie (proporcionalmente al raciocinio que se nos presupone). Millones han muerto y sufrido a lo largo de los años, sobre todo, en este último siglo XX que ya nos abandonó. El fútbol también ha sufrido las terribles consecuencias de la avaricia humana y la ambición sin freno que -generalizando- nos caracteriza: campeonatos detenidos, futbolistas reclutados como soldados, dictaduras que han supuesto el amaño de las competiciones, destierros y equipos que (muy) difícilmente volveremos a ver algún día.

Asiduo cuartofinalista en los Mundiales (Suiza 1954, Suecia 1958, Alemania Federal 1974 e Italia 1990), ¿quién no ha imaginado alguna vez el equipo que podría tener hoy si la guerra no los hubiese separado? Uno aprieta los dientes sólo dejándose llevar por los nombres que formarían un teórico once inicial, con estrellas y líderes en todas las líneas del campo. Es una pena que la historia nos haya privado, a muchos, de la que podía haber sido una de las mejores selecciones de la actualidad. Y es que en Yugoslavia han tenido que convivir seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, dos alfabetos y tres ramas del cristianismo (católicos, protestantes y ortodoxos), bajo un mismo mandato. No es para menos pues, que a la península de los Balcanes se la considere el polvorín de Europa, además de una de las fuentes de talento futbolístico más evidente.

El balompié llegó alrededor de 1896 de la mano de Hugo Buli y la posterior creación (1899) de la Prvo Srpsko Dru stvo za igranje loptom, que como bien sabrás se traduce como la Primera Asociación Serbia de Juegos de Pelota. No sería hasta 1920 cuando debutara oficialmente -ante la República Checa- la selección “nacional” de Yugoslavia. Fue en los Juegos Olímpicos de Amberes (Bélgica) y la convocatoria de los jugadores se eligió mediante un partido entre un combinado de jugadores de Zagreb y uno de Belgrado (de ahí las comillas) (ganaron los de Zagreb, por cierto). El debut no fue demasiado alentador, ya que cayeron 0-7 ante un equipo mucho más hecho. No verían el primer gol hasta después de los JJ.OO., en un amistoso ante Egipto el cual perdieron 2-4. Artur Dubravčić, primer capitán yugoslavo, abría el camino a una historia repleta de éxitos y buen fútbol. Jovan Ružić haría el segundo.

Selección de Yugoslavia, 1929

Selección de Yugoslavia, 1929 | Wikipedia

Los Plavi (‘azules’) iniciaban ahí el recorrido de su nada envidiable trayectoria, cuya subida (años 50) encontraría su zénit en los años 60 con un espectacular palmarés: cuatro finales olímpicas en 1948, 1952, 1956 (tres platas) y 1960 (en Italia, primer y único oro olímpico); dos cuartos de final en Mundiales y una semifinal (Chile 1962); y dos subcampeonatos en las Eurocopas de 1960 y 1968 (Francia e Italia respectivamente).

El futbolista al que quería imitar Puskás

Llegó un poco tarde (22) al Partizan de Belgrado, teniendo en cuenta que es donde explotó como uno de los mejores atacantes de la historia yugoslava y, posteriormente, como el mejor jugador de la historia de club (nombrado en 1995). Antes pasó por una serie de clubes donde se curtió, como el Admira Wacker (Austria), donde estuvo cedido por la Segunda Guerra Mundial, y el HŠK Građanski Zagreb (club disuelto en 1945). Stjepan Bobek es historia del Partizan, tanto por sus cifras (425 goles en 468 partidos), como por su importancia en el juego del equipo. Puskás decía de él: “La técnica de Bobek con pelota es algo sin igual. No me da vergüenza admitirlo: traté de imitarle. (…) Es uno de los artistas más nobles del fútbol”.

Sorteo de campo con Bobek a la derecha | crno-bela-nostalgija.blogspot

Sorteo de campo con Bobek a la derecha | crno-bela-nostalgija.blogspot

Considerado un mediapunta más que un delantero centro, de gran técnica y llegada, Bobek debuta con la selección de Yugoslavia en 1946 y dos años después disputaba los JJ.OO. de Londres, donde anotó 4 tantos y fue pieza clave para conseguir la medalla de plata, perdiendo la de oro ante Suecia en la final. La Hungría del propio Puskás le vuelve a arrebatar el primer puesto en la siguiente edición, en Helsinki. Alcanzó los cuartos de final del Mundial de Suiza en 1954 y es el máximo goleador de la historia de su combinado nacional (38 goles en 63 partidos), además de su club.

Por si no fuera poco, a su gran carrera como futbolista, le siguió una larga y prolífica etapa como entrenador en muchos equipos: dirigió a Olympiakos, al Altay turco, Dinamo de Zagreb y al Espérance tunecino, además de ganar títulos con Panathinaikos, Partizan y Vardar (segunda división yugoslava). Falleció en 2010 a la edad de 86 años y fue enterrado en el Callejón de las celebridades, situado en el cementerio de Novo Groblje, en Belgrado.

El mago de los Balcanes

Debutó con el primer equipo del Estrella Roja (club -históricamente- más importante de Serbia) con sólo 17 años recién cumplidos y tardó poco más de un año en llegar a la selección absoluta, hecho que ayudó a que sea el jugador que más partidos ha disputado con Yugoslavia (85). Dragan Džajić está considerado, para muchos, como el mejor jugador en la historia de su país y está galardonado con el Star of Red Star (Zvezdine Zvezde), el cual le acredita como uno de los cinco mejores jugadores (más una generación) del club junto a Rajko Mitić, Dragoslav Šekularac, Vladimir Petrović “Pižon”, Dragan Stojković “Piksi” y a la generación que ganó la Copa de Europa de 1991.

Pelé: “Džajić es el milagro de los Balcanes, un mago. Sólo lamento que no sea brasileño, porque nunca he visto a un futbolista con ese talento”

Hablamos de uno de los mejores extremos zurdos del siglo pasado. Con una de las mejores y más infravaloradas zurdas de la historia del fútbol, gran lanzador de faltas, magnífico centrador, poseedor de una técnica exquisita, con un dribbling eléctrico y endiablado, a Džajić se le recuerda especialmente por anotar el gol en la semifinal de la Eurocopa de 1968 a Gordon Banks (Inglaterra). La prensa inglesa no tardó en apodarle como ‘the magic Dragan’ tras ese encuentro. El poco conocimiento de su existencia para el gran público, su falta de reconocimiento internacional, se debe a que jugó casi toda su carrera en Serbia, donde llegó a marcar 370 goles en 615 partidos (en dos etapas: 63-75 y 77-78, ya que se marchó al SC Bastia entre cada una, donde también le consideran uno de los jugadores más destacados).

En 1978 colgó las botas, pero no se distanció del fútbol. Tal fue su importancia, que en 1998 terminó siendo presidente del Estrella Roja, abandonando el cargo 6 años después por problemas de salud. En 2012 retomó el cargo tras haber sido acusado de fraude en la venta de jugadores del club, concretamente del conocido Nemanja Vidić. Fue absuelto.

Beckenbauer y | Xtratime

Dzajic y Beckenbauer | Xtratime

El partido, la chispa y la patada

Corría 1990 cuando Dinamo de Zagreb recibía en el Maksimir a Estrella Roja sólo siete días después de las elecciones regionales. El partido, podía preverse, iba a terminar siendo una batalla entre los ultras nacionalistas serbios y los Bad Blue Boys, ultras nacionalistas croatas. La previa del encuentro lo confirmaba al 99%: bengalas, insultos, amenazas de muerte y gritos serbios reivindicando a Croacia como parte de Yugoslavia. Piedras en los bolsillos, navajas y peleas en los aledaños del estadio. Muy poca policía para tanto ruido. Željko Ražnatović “Arkan“, líder paramilitar serbio, arenga a los suyos en la grada al grito de: “¡Zagreb es Serbia!”, mientras destrozan el mobiliario y deshacen las vallas de seguridad con ácido.

Mientras tanto, Zvonimir Boban calentaba junto a sus compañeros. “Es un futbolista distinto. Un romántico nacionalista del sur de Croacia. Acostumbra a leer a Chekhov o Dostoyevsky, pese a que ya se vislumbra la estrella mundial que llegará a ser. Es un futbolista capaz de completar, años más tarde, la carrera de Historia en la universidad de Zagreb, con una tesis final sobre el cristianismo en el Imperio Romano. Un futbolista capaz de afirmar antes de un partido entre Croacia e Italia que, si el choque fuera literario, lo ganaría Italia, porque ‘con Dante, Petrarca o Boccaccio en el equipo, no habría rival‘”, escribía Tolo Leal en Libertad Digital sobre él. Pocos imaginaban que, minutos después, sería capaz de protagonizar uno de los hechos más representativos del conflicto.

Más pronto que tarde, el partido se convierte en una batalla campal sobre el terreno de juego. Muchos futbolistas consiguen huir incluso en un helicóptero televisivo, pero Boban no tiene intención de marcharse. En cambio, observa a dos policías abusando de un croata, por lo que decide tomar impulso y propinarle una patada a uno de ellos, más simbólica que otra cosa. Era la chispa. Había encendido la mecha porque ya nadie era ajeno a lo que estaba ocurriendo. Muchos afirman que ese partido fue el comienzo de todo, el inicio de la Guerra de los Balcanes, la que evitó que hoy disfrutemos de la selección de Yugoslavia.

Boban: “Ahí estaba yo, una cara pública, dispuesto a arriesgar mi vida, mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, todo por un ideal, todo por una causa: la causa croata”

Retazos de lo que nos hemos perdido

Retazos de lo que nos hemos perdido