¿Cómo se le puede explicar a una persona a la que no le gusta el fútbol lo que uno siente por ese deporte? Es complejo. Sé que por mucho empeño que ponga en abrirme y compartir mis emociones nunca lo va a entender, porque no sabe lo que es sentir en su interior ese cúmulo de sensaciones que imprime el deporte y que a muchos nos envuelve. Siempre tendrá tiempo de aficionarse, por supuesto, pero nunca con la devoción que algunos le profesamos al balompié.

Supongo que los valores del fútbol arraigan con más fuerza a una edad más tierna. Y seguramente todo sea más fácil con una figura que te ayude a despertar pasión por un deporte. Todos tenemos una. En mi caso, mi abuelo es esa figura paternal con la que mantengo un vínculo especial. El fútbol, la excusa perfecta para pasar un buen rato con él. Los primeros recuerdos que me vienen a la cabeza con un balón de por medio los compartí con él. La euforia, la decepción, los valores que aprendí o el sentimiento de pertenencia vinieron con mi abuelo de la mano.

¿Lo realmente grande del fútbol? No son los estadios, las estrellas o los títulos. Son los momentos que te hacen pensar en alguien a quien quieres. Es un partido de domingo por la mañana, como una letra de Sabina, una película de cine de autor o un café en un rincón escondido de Madrid.

Recuerdo la primera vez que lloré por un partido con mi abuelo. España se enfrentaba a Corea del Sur en la Copa del Mundo. Os suena, ¿verdad? No encontré consuelo ni en sus brazos. Los recuerdos que guardo con más cariño son en un campo de tierra, vestido de corto, bajo la atenta mirada de mi padre y mi abuelo. Esas charlas en el coche, ese cargo de responsabilidad de querer mostrar mis capacidades en el campo ante ellos… Momentos compartidos y tardes perdidas viendo fútbol. Paseos por los campos de barrio, historias en blanco y negro, anécdotas que no se encuentran en los libros ni en las tertulias.

Su salud no es la mejor desde hace seis años. Mantiene una lucha constante por lograr la permanencia y de momento se queda en Primera División. Cuando nuestro equipo fue campeón le llamé después del partido. Ese mismo día cumplía 80 años y no pude vivir con él el que seguramente fue el partido más importante en mucho tiempo. Fueron seis minutos y medio que no olvidaré. En mi cabeza, un choque de emociones. La euforia del momento y la felicidad se mezclaban dentro de mí con la impotencia de no compartir juntos ese momento. Espero poder quitarme en el futuro la espina que tengo clavada desde aquel día. Me habló con voz temblona y entrecortada antes de sollozar de emoción.

Me entristece oír la frase “son sólo unos tíos dando patadas a un balón”. Siento discrepar, el fútbol es mucho más grande de lo que aparenta. Son vivencias, personas, lágrimas y abrazos. Son recuerdos que evocan momentos de felicidad. A mí me ha servido para tener una relación más estrecha con mi abuelo. Sólo por eso, este deporte merece la mayor de las admiraciones. Gracias al fútbol, mi abuelo y yo caminaremos de la mano eternamente.