Dicen que uno nunca deja de aprender. Día a día, momento a momento. Con cada persona que se cruza por tu vida, con cada nueva situación a la que te enfrentas, acumulando experiencias, interiorizándolas, naturalizándolas, tratando de comprenderlas… paso a paso va llenándose la mochila de vivencias que uno siempre lleva consigo, por lo que pueda pasar.

Sí, estoy de acuerdo, el aprendizaje es un proceso continuo y se da en cualquier contexto, queramos o no. No obstante, partiendo de esta base, también es necesario reconocer que la adolescencia es un periodo vital determinante en la formación de las personas. Se está decidiendo, casi de forma irreversible y así sin que te enteres -esto es fácil, pues muchos adolescentes no se enteran de casi nada-, la forma de ser, pensar y actuar de tu yo adulto. Poca broma. Me río yo de la trascendencia de una final de Champions -pero sólo porque mi equipo hace 14 años que no la juega…-.

Es un tránsito que suele venir acompañado de turbulencias, desobediencia y agitación. Es que, joder, nadie te había avisado de toda esta movida cuando estabas intercambiando cromos en Primaria. De repente dices adiós a la infancia. Así, como si nada, pero lo más chungo es que todavía no eres adulto tampoco. Estás en el limbo y encima nadie te comprende, los profesores te putean y tus padres, que siempre te lo han dado todo, van y se ponen de su parte.

Hoy echo la vista atrás y pienso en algunos de los maestros que la vida puso en mi camino durante esos complicados y decisivos años y no puedo evitar que mis ojos se empañen un poco al recordarlo. No soy el único, Rayo y Rubio también le anduvieron llorando los años que siguieron su pérdida. No tengo ni idea de si sus perros se habrán ido ya a buscarle al otro barrio. Quizás alguien les haya explicado que Antonio nunca volverá al vestuario del campo de fútbol en que me hice mayor.

Cuando yo llegué al club tenía 12 años y no vivía en el barrio. El campo era de tierra, la gente era humilde y las líneas estaban torcidas. Siempre. Cada sábado Antonio empujaba esa especie de segadora que en lugar de cortar un césped que no existía iba soltando la cal que servía para delimitar las zonas del terreno de juego. Quien le conocía sabía que esas líneas nunca iban a poder estar rectas, pero al final eso era lo de menos. También los árboles invadían espacio aéreo en una de las bandas y cuando despejábamos alto y chocábamos el esférico contra las ramas había que parar el juego y reanudarlo con un bote neutral. Antonio nos enseñaba de esta forma que la perfección no existe, que lo importante era divertirse aunque nunca fuera a acercarse un ojeador por ese tramo del río. Que no sería el fútbol lo que nos sacaría del barrio. Y también que como en esas calles no íbamos a estar en ningún sitio.

El día que abandoné el club tenía 19 años, el barrio ya era mi barrio y el campo seguía siendo de tierra -hasta un año después, se ve que el ayuntamiento estaba esperando mi marcha para financiar las obras de remodelación…-. La gente seguía siendo currante, honesta y decente. Antonio todavía pintaba las líneas torcidas y nuevos niños aprendían sus lecciones. Pero eso duró poco. Supongo que su hígado no pudo soportar más alcohol ni sus pulmones más humo.

Creo que es por eso que no puedo volver a pasar por allí. No concibo ese campo, ni ese tramo del río, sin Antonio metiéndole prisa a todos los niños menos a mí. “Zeñó padre de Pau, yo es que quiero que tós se vayan pronto pa echarme a dormir, pero es que Pau…” decía mientras sonreía y abría los brazos. No se explicaba muy bien, ni falta que hacía. Él no enseñaba con palabras. Su piel demacrada, sus tatuajes talegueros, sus guerras perdidas… eso era lo que él regalaba sin darse cuenta.

Era el reflejo de la forma de ser de la gente del barrio y su escuela de fútbol. El club le sacó de debajo del puente donde vivía, le dio un empleo como encargado del material y los vestuarios y un hogar. Antonio vivía en una de aquellas casetas, junto a sus perros. Aquel equipo de barrio que me hizo crecer como persona salvó a Antonio de las garras de la exclusión. En aquel campo nunca jugará una estrella, pero el fútbol que se practica es de verdad. Enseña, prepara para la vida adulta, rescata personas.