Uno no lo tiene complicado para imaginar como habría sido la vida de Stuart Pearce si no hubiese llegado a ser futbolista profesional: se levantaría temprano e iría a trabajar. Habría terminado siendo electricista cerca de Shepherd’s Bush. Uno de estos tipos que impone, de los que cuando bromea, uno no sabe muy bien si realmente ha contado un chiste o está a punto de abrirte la cabeza. Porque seamos serios, de no haber sido futbolista, tiene pinta de que habría abierto alguna que otra.

Su única relación con el fútbol a estas alturas sería jugar una pachanga semanal. Después iría al pub con los compañeros y les repetiría hasta la saciedad cómo superó aquella prueba con el Queens Park Rangers -el equipo de su infancia- a los 13 años. Cómo la superó y como los cabrones de Loftus Road no le dijeron si debía volver a entrenar o no en su segunda campaña. Aquello marcaría una adolescencia con olor a cigarrillo y sonido punk. Faltaría saber si habría acompañado las campañas de su hermano Dennis como miembro del British National Party. Él ahora asegura que no, que las ideas de su hermano le son completamente ajenas.

Hull estaba lejos y acababa de encontrar un trabajo como aprendiz de electricista.

Un tren pasa dos veces en contadas ocasiones, tanto en la vida como en el balompié, y aunque uno logre subir, lo complicado es mantenerse y labrarse una carrera mínimamente meritoria. Stuart lo consiguió. No cesó en su empeño de patear el balón tras su corta etapa con los Rs. Lo hizo en un club semiprofesional, el Wealdstone. Allí, con 17 años recibió la llamada del Hull. La rechazó. “Estaba muy lejos de casa y acababa de encontrar un trabajo como aprendiz de electricista” relataría en una entrevista a Four Four Two en 2003. Un tío con los pies en la tierra.

Finalmente el Coventry City puso dinero sobre la mesa. Dos años más tarde Brian Clough gastó más billetes todavía y se lo llevó a Nottingham. Pearce vistió la camiseta del Forest durante doce años, se convirtió en leyenda y se ganó el sobrenombre de Psycho -psicópata- después de estrangular algunos cuellos y soltar algún que otro cabezazo. Eso sí, Stuart siempre se disculpaba. Fue un tipo honrado y sabía cuando se había pasado. A su favor hay que añadir que solo vio cinco cartulinas rojas en los más de ochocientos partidos que jugó en su carrera.

Los tipos duros del fútbol inglés de finales de los ochenta estaban no solo en las gradas, también sobre el césped. La FA Cup de 1988 de la Crazy Gang, con Vinnie Jones a la cabeza, fue el gran exponente de este estilo. Pearce se ganó un puesto en la selección inglesa. Portar los tres leones en su pecho no iban a apaciguar los ánimos. El “choque inocente de cabezas” -como el propio Stuart etiquetaría la acción tras el partido- con Basile Boli durante la Eurocopa 1992 es una de las imágenes que permanecieron tras su retirada.

 

UN PSICÓPATA A ONCE METROS

Fue vistiendo la zamarra de Inglaterra cuando Psycho protagonizó otro de los momentos que quedaron para siempre en la dilatada historia del balompié inglés. Uno de superación, de fe, de convicción. Ocurrió en el verano de 1996.

El Delorean lo aparcaremos primeramente en Italia en 1990. Estadio Delle Alpi en Turín. El partido de las lágrimas de Gascoigne tras ver una cartulina amarilla. Alemania e Inglaterra empatan en las semifinales. La tanda de penaltis dirimirá el rival de Argentina en la final de Roma. Con la serie empatada a tres, Stuart agarra el balón y se dirige a los once metros. Carrerilla, chut centrado con potencia y balón que se estrella en las piernas de Bodo Illgner. Thon anota para los alemanes y Stuart Pearce espera en cuclillas, con los ojos vidriosos, que Chris Waddle no falle. Pero falla. Inglaterra eliminada y ambos futbolistas marcados. Se les señaló con el dedo en el regreso a las Islas Británicas y se les hizo responsables de la eliminación de Inglaterra. Los culpables.

Seis años más tarde, el país que exportó el fútbol al mundo entero recibe a las principales selecciones europeas. Es la Euro 96 y España espera en cuartos. El empate se mantiene hasta que el árbitro decide que ya está bien. Dos horas de juego es suficiente, si nadie ha conseguido marcar, toca intentarlo desde los once metros. Los ingleses se reúnen en torno al banquillo local. Terry Venables decide que aquellos que se vean con fuerza den un paso al frente y se ofrezcan voluntarios. “Yo tiro el tercero”. Stuart Pearce fue tajante, decidido. Era consciente de lo que aquello significaba. Si fallaba tendría que cargar con un peso insoportable. Ya estaba marcado y quería resarcirse.

Llegó su turno y Wembley enmudeció cuando vio quien dirigía sus pasos hacia el punto de penalti. Psycho, en una muestra de personalidad y confianza terrible, recogió el esférico y lo plantó en el césped. De espaldas a la portería, como en aquel verano italiano, caminó hasta el balcón del área. Se giró, cogió carrerilla y chutó. Zubizarreta no llegó. Gol. Pearce se volvió a la grada, tranquilo. Milésimas de segundo más tarde explotó. Gritos y puñetazos al aire. Rabia. Violencia. Redención. Stuart Pearce tuvo una segunda oportunidad y mostró de lo que estaba hecho.

Alemania esperaba en las semifinales. Gary Lineker ya había pronunciado aquello de que “el fútbol es sencillo: 22 hombres persiguen una pelota y siempre gana Alemania”. En 1996 volvió a suceder. De nuevo en la tanda de penaltis. Psycho volvió a lanzar. Volvió a marcar.