Era un miércoles aparentemente normal en Londres. El cielo estaba gris, la ciudad invadida por el ajetreo habitual y rutinario de una gran capital y el Arsenal había caído derrotado en un partido de Champions League hacía solamente unas nueve horas. Nada hacía presagiar un día especial y probablemente en general no lo fue. Pero en un pequeño piso de Blackstore Road tenían marcada esa mañana en rojo en el calendario desde hacía varios meses.

Chris saltó de la cama corriendo cuando creyó que ya era una hora decente para despertar a su madre y a su abuela. El muchacho cumplía ocho años y por primera vez en su vida no iba a ir a la escuela. ¡Y no estaba enfermo! Su abuela Shirley así se lo había pedido a su hija. Helen había aceptado a sabiendas de la ilusión que tenía la matriarca puesta en aquel día. Y es que Shirley, de 91 años y con la movilidad muy reducida a causa del implacable paso del tiempo, había demandado unos meses atrás que le dejaran darle una sorpresa a su nieto el día de su octavo cumpleaños. ¿Cómo iba a negar aquello a su madre, que desde la marcha de su marido había perdido todo atisbo de ilusión?

El niño esperaba ansioso desde hacía semanas esa sorpresa, pues el tío Jordan le había dejado caer que podía ser algo relacionado con su equipo, su ya venerado Arsenal. Lógicamente apenas había dormido aquella noche por los nervios. Así que cuando miró el reloj de la mesita y vio que eran las 7:27 pensó que era una buena hora para que empezara su día y corrió a la habitación donde dormían la nonagenaria dama y su madre, que se quedaba en la misma habitación por si le pasaba alguna cosa a Shirley durante la noche.

Helen comprendió el ansia de su hijo y despertó a la abuela. Mientras Chris daba vueltas y brincaba por la casa esperando el momento, su madre, que había pedido el día libre en el trabajo para la ocasión (generando también un día libre en la cuidadora que acudía día a día a aquel apartamento a acompañar los últimos días de Shirley), fue aseando tranquilamente y con suma delicadeza a Shirley.

Tras prepararse y desayunar Helen abrigó a Chris y Shirley y empujó la silla de la abuela hasta el lugar que le había indicado. Chris caminaba junto a ellas y su expectación iba en aumento. El paseo no fue largo, de hecho no llegaron a salir del barrio. Cuando se detuvieron Chris no entendía nada. Estaban frente a aquel edificio con el escudo de su equipo que había a cuatro manzanas, había pasado muchas veces por allí y, aunque no entendía que hacía allí aquel emblema nunca le había dado importancia.

Foto: Luis Tejo.

Foto: Luis Tejo.

La cara de decepción del pequeño contrastaba con la sonrisa, las lágrimas y los vellos como escarpias de Shirley. La última vez que había estado allí fue con su añorado marido. Miles de recuerdos recorrieron su piel, devolviéndole por unos momentos algo que había perdido: la capacidad de emocionarse. En medio estaba Helen, observando las dos reacciones. Fueron tal como las esperaba, así que sólo tuvo que seguir el plan que había trazado tantas veces al imaginar el momento que ahora estaban viviendo.

Así que cogió la silla y a su niño y los llevó a un café que daba a la fachada del vetusto estadio de Highbury. Allí, sentados junto al ventanal, y tras esos primeros momentos de confusión, Shirley pudo comenzar con el regalo. “Cuando tenía tu edad mi padre, tu bisabuelo, me trajo a Highbury por primera vez…” comenzó a relatar la señora. Chris escuchaba atentamente y a cada nuevo pasaje en la historia que su abuela le estaba contando su atención iba aumentando. Nunca habría podido imaginar que su abuela, normalmente tan apagada, todavía iba a ser capaz de explicarse tan bien.

Entre partidos memorables, goles narrados con el corazón en un puño y emociones vividas a flor de piel se fue escapando la mañana. Chris, quien solamente había conocido el flamante Emirates Stadium, era incapaz de cerrar la boca. En tres horas aprendió más que en todo un curso en el colegio. Aprendió a valorar lo que uno tiene y conoció sus orígenes. Y es que aquella historia, en la que el Arsenal y Highbury estaban siempre de telón de fondo, no dejaba de ser el relato vital de su familia. Supo entonces que su ADN estaba allí detrás de aquella fachada correteando por la General de Pie, sonriendo en cada gol, encajando cada derrota, soportando cada tedioso empate.

Aquella mañana se iba a quedar para siempre con él como una caja de mudanza que le dieron al llegar a casa. Bufandas, banderines, programas de mano, entradas, cromos, fotos… la historia del Arsenal que él iba a poder guardar en su armario y revisar siempre que quisiera. Y las lágrimas que su abuela había tatuado en su piel un miércoles cualquiera.