“Tenemos que ganarlo, eh”. Passarella se encomendó a Carlos Roa en nombre de la Selección Argentina. Inglaterra y la albiceleste habían empatado a dos en los ciento veinte minutos reglamentarios y el pase a los cuartos de final del Mundial de 1998 se iba a decidir desde los once metros.

No lo sabía, pero Roa tenía frente a él el momento culmen de su carrera. Había sido un camino largo para llegar hasta ahí. Lejos quedaba su debut profesional con veinte años en Racing, cuando le llegó la oportunidad -por la lesión del portero titular- de saltar al campo. Después de dejar su sello en el club de Avellaneda sus pasos le llevaron a Lanús, donde Roa maduraría deportivamente hasta llamar la atención de varios clubes europeos, aunque Héctor Cúper tenía otros planes para él. El técnico acababa de fichar en verano de 1997 por el Mallorca y decidió llevarse al meta al club balear. Alejandro Macias, del diario Olé, cuenta los detalles en Highbury: “Cúper puso a Roa como condición para su fichaje como director técnico. El Mallorca accedió, aunque ya tenían informes del jugador. Fue bueno para él, ya que pudo seguir creciendo futbolísticamente. De seguir en la Liga Argentina se habría estancado”. La Liga Española fue testigo esa temporada del talento del santafesino. El Mallorca de Cúper logró un meritorio 5º puesto en el campeonato regular y alcanzó la final de la Copa del Rey, una final que se le escapó en los penaltis ante el Barça de Van Gaal, pero en la que Roa detuvo tres penaltis y marcó otro. El Mallorca encontraría su revancha ante los azulgrana meses más tarde en la Supercopa de España.

Carlitos ya era, por aquel entonces, el portero titular de la Selección. A pocas semanas de que diese comienzo el Mundial de Francia, Roa era considerado como uno de los mejores porteros del mundo. En los primeros partidos del Mundial lo demostró.

Roa detiene el penalti decisivo en octavos de final del Mundial de Francia 1998. (Foto: El Gráfico)

Roa detiene el penalti decisivo en octavos de final del Mundial de Francia 1998. (Foto: El Gráfico)

Nada pudo hacer en los dos goles de Inglaterra. Shearer había convertido un penalti a los diez minutos de juego y poco después Owen había anotado el segundo de los ingleses con un disparo cruzado inapelable. Roa tenía que aparecer en los penaltis por el bien de Argentina. ¡Y más contra los ingleses! El ‘1’ no defraudó. Roa hizo gala de sus reflejos bajo palos y detuvo el penalti decisivo a David Batty, clasificando a los de Passarella para cuartos de final y convirtiéndose en el héroe de aquella noche en Saint Etienne.

 

RETIRADA EN LA CIMA

El Manchester United quería firmar a toda costa al guardameta. El club inglés ofreció una buena suma al Mallorca y un sueldo para el portero considerablemente mejor al que cobraba antes. “Le ofrecían mucho dinero. Aunque él viva tranquilo y convencido de que hizo lo correcto, la realidad es que fue una locura rechazar una oportunidad semejante”, nos cuenta Macias.

Si en algún lugar el fútbol se convierte en religión es en Argentina. Ajeno a convencionalismos sociales, Roa antepuso su convicción adventista al fútbol. En verano de 1999 anunció su retirada profesional para “centrarse en sus obligaciones religiosas” de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. El Lechuga -así le empezaron a llamar en Racing por su condición de vegetariano- dijo adiós al deporte que le había hecho mundialmente reconocido.

En realidad fue un “hasta luego”. En tiempo de voluntaria reclusión, Roa no perdió el contacto con el fútbol. Amigos, colegas de profesión y familiares le pidieron que reconsiderara su decisión. Incluso Pekerman, por aquel entonces director general de la Selección, le pidió públicamente que regresara a la actividad. Pese a que Carlos Roa estaba convencido de su fe, y aunque su religión le prohibía dedicarse al fútbol en sábado, anunció meses después su regreso al fútbol profesional. “Fue poco tiempo el que estuvo sin jugar, recuperar su forma anterior no fue demasiado complicado. Si hubiese pasado más tiempo, probablemente no habría vuelto a ser el portero de antes”, considera el periodista de Olé.

Sin embargo la inactividad le pasó factura al argentino. Superada la treintena de edad, Roa desaprovechó el mejor momento de su carrera y le costó recuperar la titularidad en el Mallorca. Su situación le forzó a buscar un alivio deportivo que encontraría en el Albacete y más tarde en el Club Olimpo de Bahía Blanca, donde se retiró finalmente en 2006.

Roa demostró valentía al tomar la decisión de dar la espalda a su profesión y al saber decir “No” a las ofertas que recibió en su carrera deportiva. Superar el paludismo y un cáncer de testículo son otras dos grandes victorias en la vida de El lechuga.