Los sentimientos son prescindibles
hasta que te toca sufrirlos,
hasta que te toca tener ganas
de arrancarte el corazón del pecho
para darle el escudo a la primera
que convierta tus palabras en hechos.

Grité y sangré hasta la extenuación
las canciones más bellas con tu nombre.
Mezclé noches de alcohol y lágrimas
entonando himnos de mágicos versos,
por sueños que jamás fueron
y por alguien que daría por mí
noventa minutos más el descuento.

Nada es para tanto
porque todo en la vida sedimenta
en el fondo de tu copa con hielos.
Porque el tiempo todo lo relativiza
y aprendes a tirarle
cada vez más rápido
el fuera de juego al destino.

Fui presidente de tus mejores momentos
abonado de media temporada a tu boca,
socio preferente número 1 de tu sonrisa,
aficionado incondicional de tus piernas
y ultra radical de tu ‘yo’ más profunda.

Los grandes trenes siempre escapan al final,
haciéndote pensar que no hay vida
tras la columna de humo negra
que aún hoy sigue pintando el cielo
y nuestras expectativas de ser eternos.

La vida es el título merecido,
y el gol olímpico que nadie espera.

Pero también un remate al palo con empate,
el penalti fallado a lo Panenka,
los saques de banda al punto de penalti,
la sustitución antes de tiempo,
o la cabalgada de campo a campo
que acaba en córner.

La vida es el desmarque mal tirado,
la lesión inesperada que dura seis meses,
o la volea que acaba alojada
en la actual residencia de Di Stéfano.
Es lluvia y barro, el césped levantado,
la excusa en la rueda de prensa
y el insulto inmerecido al árbitro.

La vida es la asistencia
que nadie ve
excepto nosotros.

La vida es fútbol.

La vida
es un pase entre líneas.