Hacía frío, mucho, pero las bajas temperaturas no iban a menguar el entusiasmo de ningún aficionado del Cambridge United. Aquella noche iba a ser especial: el Manchester United visitaba la ciudad. Los asiduos -y los no tan habituales- del Abbey Stadium tenían el viernes 23 de enero marcado en rojo en el calendario. Sin embargo, hubo un aficionado al que le resultaría imposible sacarse ese partido de la cabeza un solo instante desde que el destino les emparejase en el sorteo de la cuarta ronda de la FA Cup. Él era Luke y tenía un hueco reservado para aquella noche. Su asiento, en el banquillo.

Luke Chadwick es un tipo sencillo. De Meldreth, a las afueras de Cambridge y aficionado del equipo local desde que tiene uso de razón. Un día, sin embargo, le llegó la oportunidad de firmar por el Manchester United. Fue en 1999, y sir Alex Ferguson no dudó en ficharlo tras verle en un partido de prueba. Luke Chadwick ofreció las mismas dudas a la hora de afrontar el reto. Ninguna. Hizo las maletas y puso rumbo a Old Trafford, donde en cinco años disputaría 39 encuentros, 21 de ellos saliendo desde el banquillo.

Ése ha sido su habitat a lo largo de su maltrecha carrera. Luke ha pensado más tiempo sentado en el banco que correteando por el césped. Tras encadenar una lesión tras otra, Chadwick se hartó y decidió regresar a casa. Ganó una Premier League con el Manchester, pero lo que el protagonista de estas líneas deseaba era echar un cable al equipo de su ciudad. Si iba a jugar poco, al menos que fuera rodeado de los suyos.

Gané la liga con el Manchester United hace unos años. Pero formar parte de la plantilla del Cambridge que devuelva al equipo a la Football League, donde solía verlos de pequeño, sería un sueño hecho realidad.

En efecto, no disputó muchos minutos la pasada campaña, pero puso su granito de arena para ayudar a levantar un castillo. El Cambridge United ascendió a cuarta división y regresaba a la Football League por la puerta grande: Wembley.

 

LA HORA DE CHADWICK

Y llegó el esperado día. Y allí estaba él, sentado en el banquillo como tantas otras veces. El mundo del fútbol parecía haberlo olvidado, pero las cámaras de televisión lo rescataban del limbo durante la retransmisión. Su equipo estaba aguantando un 0-0 frente a Falcao, Van Persie Di María y compañía. Se estaba escribiendo un nuevo episodio, otro más, en la historia de la competición más antigua del mundo. Luke tendría su propio capítulo.

Richard Money, entrenador de los ambers, le mandó calentar. Chadwick se levantó, se puso el peto y empezó a hacer los ejercicios pertinentes. Pasó por delante de Ryan Giggs, excompañero, historia viva del gran Manchester United. Nada que ver con él.

Aquella iba a ser la noche de Luke Chadwick. | Foto: Mike Egerton (EMPICS Sport).

 

En el minuto 76 ocurrió. Luke saltó al césped y se colocó en la mediapunta, posición que suele ocupar cuando las lesiones se lo permiten. Poco más. Ninguna jugada destacada, ningún pase meritorio, ningún destello de calidad. Era su noche y nada, en el plano individual, estaba saliendo tal y como había imaginado tantas veces antes de ese choque. Por eso cuando el árbitro decretó que ya se había jugado suficiente, Luke saludó a compañeros y adversarios y puso rumbo al vestuario con rostro serio. Tal vez decepcionado consigo mismo.

De camino al túnel debió pensar que bueno, que igual aquello no estaba tan mal. Comenzó a sonreír. Había ayudado a escribir una nueva página en la historia de su equipo de toda la vida. Aquel que había estado cerca de la desaparición por apuros económicos y que en cuestión de semanas viajaría hasta Old Trafford. Probablemente el estallido de alegría de sus paisanos al finalizar el encuentro tuvo mucho que ver con este cambio de humor. Alguien que decide volver porque quiere estar con los suyos, debe alegrarse cuando éstos se alegran.

Luke al final se fue contento. Aquella había sido, de alguna forma, una noche especial, había sido su noche. Y lo mejor es que habrá un replay. Es decir, habrá otra noche de Luke. Y tal vez ésta sea la definitiva, la que valga toda una carrera llena de sinsabores. La de un tipo que, a pesar de todo, es feliz entre los suyos.