Despierta Ciudad de México y con él las ilusiones de los millones de aficionados al fútbol que residen en la capital mexicana. Es sábado, comienza el fin de semana y con él rueda esa pelota que todo el país sueña con rematar a gol en el corazón del área del imponente Estadio Azteca. No así Alejandro, cuya ilusión se diluyó allá por 2003 cuando ‘su’ Necaxa hizo las maletas con destino a Aguascalientes. Lamentablemente, un hecho para nada aislado en el fútbol mexicano.

Los hinchas de los clubes del país del tequila han aprendido a bailar con la especulación constante del cambio de sede. Pocos, muy pocos equipos están libres de imaginar un futuro lejos de su hogar. El negocio se ha apoderado del balompié mexicano hasta el punto de que un plazo de 48 horas es tiempo más que suficiente para tomar una decisión de este calado.

Así fue cómo el Club La Piedad abandonó la ciudad que le daba nombre para asentarse en Veracruz. La Piedad acababa de lograr el billete a la Primera División y el único inconveniente conocido era la capacidad de su estadio, 3.000 localidades por debajo del límite marcado por la Liga MX. El ayuntamiento local daba luz verde a unas obras en las que asumiría gran parte del coste, pero Fidel Kuri, presidente del club, rompió su acuerdo verbal para trasladar al Club La Piedad a Veracruz en apenas dos días. ¿El motivo? Los negocios. Veracruz carecía de fútbol de Primera y los dólares se caían por ambos costados de la mesa durante la negociación. Los Tiburones Rojos acababan de recoger el testigo.

Los jugadores del Club La Piedad celebran el ascenso (Foto: CNN).

 

Sin embargo, no siempre resultan tan fáciles de comprender este tipo de operaciones. En determinadas ocasiones es prácticamente necesario trazar un plano lapicero en mano para evitar ser superado por los acontecimientos. Así sucedió en 2013, cuando los dirigentes de los Jaguares de Chiapas vendieron el club por problemas económicos. El destino fue Querétaro, ciudad en la que el equipo local, los Gallos Blancos, acababa de sufrir un doloroso descenso. Chiapas, que tras el traspaso se quedaba sin fútbol del máximo nivel, absorbió el Club San Luis y lo rebautizó como el Chiapas Fútbol Club en lo que supuso una clara demostración de que el fútbol de primera en México no trasciende única y exclusivamente a lo que ocurre dentro del terreno de juego.

Más flagrante es el caso del Atlante. Fundado en 1918 en Ciudad de México fue conocido durante gran parte de su historia como ‘El Equipo del pueblo’ por la gran cantidad de aficionados que arrastraba allí donde jugara. Sin embargo, el apoyo social no fue suficiente para evitar lo inevitable: el traslado de Atlante a Querétaro. Corría 1989 y el conjunto azulgrana acababa de sentar un precedente en su historia, pues en apenas dos décadas haría las maletas en tres ocasiones más. En 2002 se instaló en Nezahualcóyolt. En 2004 regresó a DF. En 2007 se reubicó en Cancún, donde reside, por lo menos hasta cuando escribo estas líneas, a día de hoy. Lo realmente curioso es que Atlante y Necaxa, dos de los clubes trasladados más importantes, mantuvieron durante toda su historia una rivalidad deportiva que llegó a ser considerada la más importante del país.

 

UNA PASIÓN INQUEBRANTABLE

A pesar de la distancia, Alejandro sigue amando con locura al Necaxa. Lo hace desde que comenzó a andar y nunca ha pensado en dar un paso al costado: “Soy aficionado del Necaxa por mi padre. Representa para mí una de las etapas más bellas de mi vida, una infancia llena de fútbol con mi padre y mis hermanos. Tardes con Navarro, Aguinaga, Ambriz, el Azteca…me emociono solo de recordarlo”. A pesar de los años, recuerda como si fuera ayer uno de los momentos más tristes de su vida, si no el que más, en el plano futbolístico: “Nunca estuve de acuerdo con el traslado y sigo sin estarlo. Fue una falta de respeto a uno de los equipos con mayor tradición de México. Se especuló durante muchos años. Cancún, Acapulco…lugares donde no había fútbol de Primera División. Nuestro estadio era el Azteca, un estadio muy por encima de nuestras capacidades sociales. A día de hoy no llenamos el estadio de Aguascalientes, que es pequeño. Joder, para no llenar un estadio allí no lo llenamos en Ciudad de México, ¿me explico?”, afirma Alejandro con cierta rabia.

Pocos descensos han sido tan merecidos para un equipo y tan injustos para una afición como fue el del Necaxa.

El traslado no se tradujo en éxitos deportivos, más bien lo contrario. Alejandro lo tiene claro y se reafirma en una postura que nunca ha dejado de defender: “El tiempo nos ha dado la razón a los que pensamos que no iba a ser positivo para Necaxa. Con el traspaso vinieron los malos resultados. No lo digo yo, ahí están los números. Un par de clasificaciones a fases de eliminatoria. Ninguna final. Ningún título de nada y eventualmente el descenso. Dos descensos, de hecho”, anuncia sin ocultar su decepción.

La pérdida de categoría resultó un mazazo para todos los aficionados a los Rayos, como popularmente es conocido el club. Alejandro no resultó ajeno a aquel varapalo e incluso lo sintió más por la distancia que le separaba de su equipo: “Fue terrible. Lloré desconsolado. No podía creer que mi Necaxa fuera equipo de la Liga de Ascenso. Estaba enojado y triste, pero lo peor es que se veía venir. Fueron años de malos manejos y corruptelas. Pocos descensos han sido tan merecidos para un equipo y tan injustos para una afición maltratada históricamente”.

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Alejandro, en el estadio de Aguascalientes

Y es que los males del Necaxa, lejos de reducirse únicamente al traslado a Aguascalientes, son prácticamente endémicos: “El club siempre se llamó Necaxa y era uno de los clubes más populares de México, pero en la década de los 70 cambió el nombre por Atlético Español. Ganó a gran parte de la colonia española en México, como mi padre, pero perdió una inmensa parte de su masa social. En los 80 volvió a llamarse Necaxa y algunos ‘desertores’ se reengancharon, pero era tarde. Dejamos de ser uno de los equipos más populares para ser un club que no llevaba a casi nadie a los estadios”.

 

EL PLACER DE SER SEDENTARIO

Entre la odisea que sacude al fútbol mexicano resulta complicado encontrar un espacio donde disfrutar del deporte rey con cierta tranquilidad. Sin embargo, los aficionados de los Pumas de la UNAM se jactan de ser el único equipo irreductible en lo que a ser fieles a sus raíces se refiere. Así lo asegura Vicente: “Los Pumas son el equipo de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su sede, la Ciudad Universitaria, se localiza en Ciudad de México, por lo que es imposible que el equipo se traslade a otra ciudad o que la franquicia sea vendida”.

Vicente, desde la distancia que le separa de los ya habituales traslados, analiza una situación que siembra el caos en el fútbol local: “El grado de convivencia entre los aficionados y los equipos es profunda, aunque no tanto como en otros países como Argentina. Con los cambios de sede se pierde porque generalmente el cambio de ciudad conlleva un cambio en el nombre del equipo. Eso, unido a la distancia, termina por romper la identidad del equipo que ha enganchado durante toda la vida a la afición”.

Con los traslados se rompe la identidad de los clubes porque el cambio de ciudad suele conllevar un cambio en el nombre del equipo.

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Alejandro continúa siendo fiel a su Necaxa

Con cierta envidia, y por qué no decirlo, admiración, Alejandro observa la posición desde la que Vicente disfruta de sus Pumas y hace un alarde de memoria para recordar la última vez que disfrutó un partido de Necaxa desde las gradas de un estadio en su localidad natal: “Fue el último partido de Necaxa en Ciudad de México. Empatamos a cero con Veracruz. No hubo tiros a puerta y fue aburridísimo. El típico partido de mis Rayos”, afirma mientras una sonrisa se dibuja en su rostro.

Los más de 500 kilómetros que separan Ciudad de México de Aguascalientes no han sido un impedimento para Alejandro, quien ha llegado a conducir durante cinco horas para ver a su equipo en alguna fecha sin relativa importancia: “Trabajo toda la semana y estoy casado por lo que es difícil ser habitual en el estadio. Ha sido complicado seguir siendo aficionado del Necaxa porque desde el descenso es casi imposible que televisen partidos. No hay fichajes importantes y el nivel es francamente malo. Además, en la Liga de Ascenso no hay equipos de Ciudad de México. La última vez que los vi en un estadio fue en 2007, ya en Aguascalientes. Perdimos, por supuesto”, reconoce, aún con todo lo vivido, orgulloso de su equipo.