“Tenía que quitarle la vida. No sólo estaba mi odio. No sólo estaba mi ira acumulada con el paso de los siglos. No era nada más porque lo había perdido todo por su culpa: no se trataba de una venganza como todas. Si algo me había enseñado doña Carmencita Rocha, la maestra de castellano, es que la historia de un mundo sólo se parte en dos el día en que se encuentra un mártir para sacrificar. Ya era hora de que empezáramos un segundo capítulo”

Autogol, Ricardo Silva Romero.

Él no sabía lo que estaba haciendo, simplemente siguió su instinto. En cuestión de segundos, después de una jugada errática, controló orientado con el pecho y, sin pensarlo dos veces, chutó con la zurda. La volea se escapó del alcance del portero gracias a un efecto mágico, golpeó el travesaño y se coló en el fondo de la portería. Ese 1-0 enterraba definitivamente la maldición del fútbol colombiano en los Mundiales. James Rodríguez, nacido en Cúcuta, puso fin a una historia que empezó pocos meses después de su nacimiento. Una derrota digna ante el anfitrión Brasil en cuartos de final (2-1) certificó la mejor participación de los cafeteros en un Mundial.

Una voz había acompañado ese trayecto de más de 20 años. William Vinasco, el narrador de Gol Caracol, gritó con pasión ese gol, y quizá recordó por un segundo la victoria más gloriosa del fútbol colombiano, un 5 de septiembre de 1993. No fue la consecución de un campeonato, ni siquiera un pase a una final de Copa América: los colombianos, dirigidos por Pacho Maturana, golearon por 0-5 a Argentina en Buenos Aires. El país, deprimido por una espiral de violencia que parecía inacabable, encontró en el fútbol la mejor forma de mostrar el país en positivo al resto del mundo. En la previa del partido, Diego Armando Maradona dijo que no se podía cambiar la historia: el lugar de Argentina en el fútbol era arriba, y el de Colombia, abajo. Freddy Rincón y Faustino Asprilla, por partida doble, y Adolfo Valencia, respondieron sobre el terreno de juego. Esos cinco goles y un juego vistoso hacían de aquel equipo uno de los favoritos para el Mundial de Estados Unidos. Colombia, país de eternas contradicciones, acabó cayendo eliminada en la primera fase. La historia de aquel equipo quedó mancillada para siempre con el asesinato de su capitán Andrés Escobar, autor de un gol en propia puerta en el partido decisivo. Ninguna de sus estrellas llegó nunca a alcanzar el potencial que habían mostrado con la selección. Colombia participó sin brillo en el Mundial de Francia 98 y ya no regresó nunca a una copa del Mundo.

Colombia

Futbolistas colombianos celebran uno de los cinco goles que marcaron a Argentina.
Foto: Getty Images.

El brillo del fútbol marchó, pero las contradicciones siguieron: Colombia se anuncia al mundo como la democracia más estable de América Latina. En los 70 no sufrió una dictadura militar como la de Chile o Argentina, y el poder se alternó mediante elecciones entre liberales y conservadores. Colombia acumula, sin embargo, 220.000 muertos y 5,7 millones de desplazados después de un conflicto de cinco décadas. Los muertos son daños colaterales, datos para una crónica que se escribe a fuego lento bajo el nombre “guerra de baja intensidad”. Sus familias jamás olvidarán su nombre, ni los motivos de sus verdugos: quedan atrapados entre todos los bandos que, supuestamente, luchan por garantizar su bienestar. “No hubo tiempo para la tristeza”, un documental sobre la violencia en el país, resume el espíritu de los sectores olvidados en una simple frase: “¿Quién pone el cuero para esta guerra loca? Los pobres”, lamenta Domingo Chalá, un campesino de Chocó.

Lo muestra con suma crudeza Unai Aranzadi en “Colombia invisible”: mientras el actual presidente, Juan Manuel Santos, inaugura la gran inversión de una multinacional extranjera, la hija de una indígena muere por no tener una medicina que cuesta pocos céntimos. Dos de las miles de Colombias separadas por metros. La burguesía colombiana siempre miró hacia el exterior: a la metrópolis primero, y a los EE UU después. Los negros, indígenas y campesinos nunca pasaron de ser una molestia con la que había que convivir. Excluidos del poder político, los poderosos nunca dudaron en exterminarlos físicamente si era necesario. La lucha por el reparto de la tierra hizo el resto, y ningún gobierno estatal ha cesado en el uso de fuerzas paramilitares para asesinar a elementos subversivos: así aniquilaron a miles de sindicalistas que cayeron en silencio. Hoy, el gobierno y las FARC dialogan en La Habana, pero el destino del país sigue en el limbo: el expresidente Uribe pide la mano dura que él siempre mostró, y los campesinos siguen cayendo.

Colombia v Ecuador - South American Qualifiers

La nueva esperanza del fútbol colombiano.
Foto: Gabriel Aponte(Getty Images).

La esperanza del fútbol ha vuelto, y con ello su más que posible instrumentalización política. Todas las Colombias conviven en una selección que se ha deshecho de sus fantasmas: James ya juega en uno de los mejores equipos del planeta, y el juego de toque recuerda al de los Valderrama, Asprilla, Rincón, etc. Maturana ya no dirige, pero en el argentino Néstor Pékerman la federación ha encontrado un más que digno sustituto. En Chile 2015, los colombianos querrán revalidar el título que consiguieron como anfitriones en 2001 para confirmar que han venido para quedarse. En casa, no todos tendrán los mismos motivos para festejar: Colombia, después de dos siglos de independencia, solo es una en sus hazañas deportivas. El país, como tal, sigue siendo un espejismo.

Por Jaume Portell

 

Foto de portada: colombianos festejan en la calle después de una victoria.
Foto: Christopher Camp.