Mientras la hoja del calendario que da cobijo a febrero es arrancada, aplastada y lanzada a la basura como si una pelota de baloncesto se tratase, millones de futbolistas amateurs pelean el último balón del entrenamiento en un césped maltrecho. No van a jugar en un estadio abarrotado y no van a dejar de acudir regularmente a sus puestos de trabajo habituales. Ni siquiera saben si a finales de mes el club va a poder hacer frente a sus pagos, pero son conscientes de que cada domingo saltan al campo con la ilusión de un niño.  Han superado ese periodo de sus carreras conocido como etapa de formación, un espacio de tiempo que, en función de las capacidades del jugador, puede abrirle las puertas de clubes más grandes donde soñar con la élite. Así es el día a día del fútbol modesto, un lugar donde Beto Bianchi se ha ganado un nombre a base de trabajo.

Las calles de Sao Paulo fueron testigo de las primeras patadas de Beto a un balón. Como tantos niños brasileños acudía cada tarde junto a sus amigos a la reunión que tenía lugar en la plaza del barrio. Muchas veces ni siquiera se citaban, sabían que el partido comenzaba tras la merienda y la presencia era prácticamente innegociable. Rara era la vez en la que no eran capaces de formar dos amplios equipos. Beto echa la vista atrás para recordar su infancia y no puede evitar lamentarse por la situación que vive actualmente el deporte rey en Brasil: “El fútbol, más que un simple deporte, para muchos es un medio de futuro. Muchos jóvenes no juegan para divertirse porque el fútbol se ha convertido en una industria, en un negocio para muchas empresas de representación. Se está perdiendo el fútbol de la calle por la creación de escuelas que están preparadas para ‘fabricar’ jugadores y venderlos al extranjero. De hecho, muchas están financiadas por empresarios de fuera del país”.

En Brasil el fútbol para muchos es un medio de futuro. Se ha convertido en una industria, en un negocio para las empresas.

Beto sabe de lo que habla por experiencia propia. Cuando apenas era un niño, su buen manejo del balón le permitió ingresar en una de las mejores escuelas del país, la del Guaraní FC. Allí compartió vestuario con Mauro Silva o con Neto, entre otros, y allí comenzó a forjar el espíritu de entrenador con el que hoy se gana la vida lejos de casa: “Éramos anárquicos dentro del campo. No entrenábamos los movimientos ni los posicionamientos tácticos. Casi todo era improvisado dentro del campo y dependíamos de la calidad individual de nuestros compañeros. Nuestra preparación se basaba en el físico porque en el plano técnico, para mí, los jugadores brasileños están por encima de la media mundial. Todo eso ha hecho que nos hayamos quedado atrás a nivel táctico y hayamos pagado tan caro el depender únicamente de la calidad individual del futbolista brasileño”.

 

LA IRRUPCIÓN DEL CIUDAD DE MURCIA

Tras hacerse un hueco en la primera división del estado del Mato Grosso do Sul, al oeste del país, hizo las maletas para viajar a España. Tras recorrerse la geografía española a lomos de varios clubes de Tercera y de Segunda B, a Beto le esperaba el Ciudad de Murcia, un faraónico proyecto encabezado por Quique Pina, un empresario local que hacía las veces de representante de futbolistas que, interesado en el fútbol, en los negocios y en un híbrido de ambos, decidió construir un club de la nada: “Aunque era en una categoría semi-profesional, el proyecto era muy ambicioso. Pina consiguió formar una plantilla de jugadores profesionales en una categoría no profesional como es la Preferente. Al principio no teníamos ni estadio ni masa social pero fuimos enganchando a la gente con el paso de los años hasta tener una afición muy fiel. En el Ciudad se vivía el fútbol muy intensamente porque estábamos obligados a ascender año tras año. Y así fue hasta llegar a Segunda División”,  recuerda orgulloso.

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Poco a poco la gasolina de Beto se fue acabando, coincidiendo con el famoso e histórico ascenso del Ciudad de Murcia a la categoría de plata del fútbol español. No obstante, únicamente lo hizo dentro del campo. A comienzos de siglo comenzó a trabajar como ojeador y sus informes llegaron hasta las secretarías técnicas del Valencia y del Villarreal: “Fue una bonita experiencia. Trabajas para un club y para ti mismo. Lo más gratificante es que puedes cambiar la vida de un chaval lleno de ilusión, aunque todos los méritos son de ellos y de sus condiciones y esfuerzo”. Así fue como Beto ató a Juan Valera, hoy jugador del Getafe, a quien llevó consigo a la cantera del Villarreal. Hizo lo propio con Patric, actualmente jugador del filial del Barcelona, y firmó a Portu, jugador del Albacete, con el Valencia.

Su paso por las canteras del fútbol español le hizo terminar de comprender que el fútbol y el negocio se han convertido en dos entes prácticamente imposibles de separar: “Ya no es como antes. Mucha gente habla de que en las categorías de base los niños tienen que divertirse. Es mentira, es demagogia total y quien diga lo contrario lo hace para quedar bien. La presión está por todos lados: en los entrenadores, que si no ganan se pueden ir a la calle, en los padres, que quieren tener a un Messi en su casa, y en los niños, que ya en categoría cadete casi todos tienen un representante. Con eso te digo todo”.

 

LOS PRIMEROS PROBLEMAS ECONÓMICOS

A pesar de las buenas experiencias, Beto se sentía demasiado alejado de los terrenos de juego, su hábitat natural en el fútbol. Por eso decidió enrolarse en los banquillos. De nuevo Murcia. De nuevo el Ciudad. Eso sí, las condiciones eran bien diferentes: “Llegué como entrenador de juveniles en la Liga Nacional y al año siguiente ascendimos al filial a Tercera División, donde permanecimos dos temporadas. Aunque vivimos muy buenos años, se palpaba que el club iba a desaparecer”. No obstante, el fútbol les ofreció la revancha: “La desaparición del club propició que un empresario comprara una plaza en Tercera para satisfacer el reclamo de los aficionados.  Fui contratado como entrenador y el objetivo era llegar a Segunda. El primer año ascendimos a Segunda B y allí batimos el récord nacional de partidos invictos, 38, lo que nos hizo merecedores del Premio Don Balón. Luego volvieron los problemas económicos y la segunda desaparición del club”.

Aquellos duros momentos son analizados por un Beto que se muestra ilusionado con el CAP Ciudad de Murcia, un club gestionado directamente por los propios aficionados: “Fue un palo muy duro. Los que amábamos ese club, ya que habíamos estado en él desde su fundación, sufrimos mucho. Ahora lo gestiona la gente del Ciudad que ha sido muy valiente para asumir el reto. Están demostrando que sin muchos recursos se pueden hacer las cosas bien en el fútbol. Cuando se hacen las cosas por amor a unos colores no tienen cabida los intereses económicos personales que hacen que el fútbol sea un negocio donde apropiarse de un dinero que no les pertenece”.

Mucha gente habla de que en las categorías de base los niños tienen que divertirse. Es mentira, es demagogia total.

Cansado de sufrir problemas económicos allá donde fuere, Beto decidió hacer las maletas y probar suerte en Asia, continente conocido tras su paso por China, donde también vivió impagos. Su segunda etapa en el continente no iba a ser diferente: “Fiché por el Batavia Union, de Indonesia. Una temporada más tarde me fui al Pro Duta, donde salimos campeones con un equipo muy joven. Eso no evitó que sufriéramos problemas extradeportivos, que es lo peor que te puede pasar en el fútbol. Lo peor es que como eres deportista parece que no tienes que cobrar. Lo que muchas veces no valoran estos irresponsables es que detrás del profesional hay una familia que sufre las consecuencias”.

Aquella experiencia final no empañó ni un poquito sus vivencias en el fútbol indonesio: “Fue una gran experiencia personal y profesional. Siempre que conoces una cultura diferente se aprenden muchas cosas porque te tienes que adaptar a las costumbres del país para no chocar con los jugadores. El buen papel que tuvimos en el Pro Duta hizo que un día me llamara el seleccionador nacional para conocer mi opinión acerca de los sistemas tácticos de los rivales. Él tenía su equipo de trabajo pero quería hablar conmigo. Algo insólito en el fútbol”.

 

FÚTBOL EN AMMAN

Lejos de rendirse, Beto se negó a que los problemas extradeportivos empañasen su ilusión. Por eso decidió aceptar una oferta procedente de Jordania el pasado mes de febrero: “Tengo la oportunidad de aprender otro modo de vida, otra cultura y otra forma de vivir el fútbol. Es una liga muy fuerte físicamente y no es fácil para un extranjero. Se practica un juego directo, de muchas segundas jugadas y carece de conceptos tácticos. En cuanto a la ciudad, Amman, es un lugar donde se vive muy bien pero tiene un nivel de vida carísimo. Es un país tranquilo a pesar de la localización que tiene. Se vive con tranquilidad y solo en casos aislados se nota un ambiente más tenso, como la semana pasada, cuando asesinaron a un piloto jordano y se veían cazas por el cielo y los coches salían a la calle con la bandera de Jordania”.

El banquillo que hoy ocupa es el del Shabab Al Ordon Club, quien pelea por evitar el descenso. De momento, un trabajado triunfo ante un rival directo como el  Al Faisaly les otorga un buen balón de oxígeno en la clasificación: “Estamos trabajando para cambiar el estilo de juego. En el poco tiempo que llevo aquí hemos logrado cambiar algo y esta semana hemos ganado a un gran rival. Tratamos de tener más posesión y de estar más organizados tácticamente. Somos un club histórico en el país que ha llegado a jugar la Champions de Asia y vamos a pelear por lograr los objetivos, que para eso me han traído aquí”.

ZAMORA CF

Beto sueña con lograr la permanencia con el Shabab Al Ordon Club y con volver a España, pero no a cualquier precio: “Cuando termine aquí veremos qué pasa. Me queda África, América del Norte y Oceanía (risas). No, en serio. Me gustaría volver a España por mi familia, pero no en las circunstancias actuales. No quiero proyectos sin organización, pocos serios, sin bases sólidas”.

Por último, Beto sonríe cuando es preguntado por la influencia de su apellido, uno de los más ganadores de la historia del fútbol argentino: “Una vez un periodista argentino me hizo un reportaje porque además de entrenar al Pro Duta, coordinaba la escuela de Boca Juniors en Indonesia. Nuestro presidente había comprado la marca y claro, con mi apellido llamaba mucho la atención”, afirma con una sonrisa que, a pesar de todo, nunca ha perdido.