Cuando la noche del cinco de septiembre de dos mil catorce pisé de nuevo el suelo de Estambul después de cinco largos años, el olor del cercano mar de Mármara se apoderó de mí. Llevaba muchísimo tiempo esperando aquel momento. Pero no era aquel el olor que más anhelaba encontrar de nuevo en mi querida ciudad. Tampoco el del perenne humo de las nargiles y su carbón, ni el de los döner kebab que se multiplican por cada esquina (sí, la leyenda es cierta), o el de los mercados repletos de especias. Ni siquiera el embriagador aroma del café turco recién molido y cocido en un horno de arena. No. Llevaba meses soñando con el olor del césped y el de las bengalas. Lo había visto tan claro en mi imaginación en tan repetidas ocasiones… quería abonarme a un equipo, unirme a sus apasionados fanatikler, aprender sus canciones y sentir sus colores tanto como un local.

Hoy, a veinticinco de junio de dos mil quince, solo he sido capaz de encontrar un título posible para este texto. Mientras quemo los últimos cartuchos de mi estancia a orillas del Bósforo, no puedo dejar de pensar en la gran decepción que ha supuesto mi contacto con el fútbol turco. Probablemente la culpa sea de unas expectativas demasiado elevadas, o de haber dejado volar mi imaginación demasiado lejos. Pero lo cierto es que cuanto más sé del balompié nacional, más claro tengo que no se están haciendo las cosas bien. Porque esta sensación no es aplicable a la historia del fútbol turco, que me sigue pareciendo fascinante, encontrando capítulos ocultos para el gran público de los que, en un futuro, podría hablaros. Se refiere, única y exclusivamente, a la situación actual del deporte rey en el país.

El fútbol turco es un gran desconocido. En la mente de un yabancı (extranjero) medio de la actualidad podemos encontrar ciertas referencias al fútbol turco: una selección luchadora liderada por Arda Turan; equipos aguerridos que siempre dan problemas como pueden ser el Galatasaray, el Fenerbahçe o el Beşiktaş; y, sobre todo, el bautizado como infierno turco, ese ambiente enfervorizado en el estadio, capaz de intimidar a cualquier rival, sea de la talla que sea. No en vano, ese sobrenombre se lo dio el mismísimo Sir Alex Ferguson, tras una visita del Manchester United al Galatasaray en noviembre de 1993 en la que los aficionados los recibieron con pancartas que rezaban “Wellcome to the hell!” (sic). Y lo fue, como demuestra este vídeo en el que los jugadores de la escuadra mancuniana llegan al aeropuerto Atatürk y se sorprenden con los fanáticos locales, quienes gritan una y otra vez “No way out!” (“¡No hay salida!”), seguido de la locura que parecía haberse apoderado de quienes se habían congregado en el desaparecido estadio Ali Sami Yen. El Galatasaray, que había arañado un valioso empate a tres en Old Trafford, se conformaba con el empate. Y el juego psicológico que empezaron sus aficionados tuvo su recompensa, cuando, con el pitido final del árbitro, el 0-0 con el que finalizó el partido permitió al equipo turco clasificarse para la siguiente ronda de la Champions League.

 

Galatasaray fans welcome Manchester United players and officials to Istanbul at Ataturk Airport

El famoso recibimiento de los aficionados del Galatasaray al Manchester United.
Fuente: whoateallthepies.tv

 

Pero, sin embargo, aparte de la fama de agresivos, luchadores e intimidatorios de los equipos y sus aficionados, poco más nos llega a los aficionados extranjeros. Y, desde que vivo aquí, puedo entenderlo: no hay mucho más. Al menos, en el plano positivo. Y me gustaría hablar de aquello que impide que el fútbol turco progrese al nivel que se espera de una nación tan obsesionada con este deporte.

 

VIOLENCIA Y CORRUPCIÓN: EL ESCÁNDALO NO CESA

Aparte de meramente apasionados, los fanáticos turcos tienen fama de violentos. Es algo de sobra conocido, pero uno de los episodios más graves de la violencia relacionada con el fútbol en Turquía acaeció el 4 de abril de este mismo año. El Fenerbahçe acababa de golear 1-5 al Çaykur Rizespor y regresaba en autobús a la ciudad de Trabzon (hogar de uno de los grandes rivales del Fenerbahçe, el Trabzonspor), en cuyo aeropuerto tomaría un vuelo para volver a Estambul. Una persona (o un grupo de ellas, ya que aún no han sido identificados y probablemente no lo sean) disparó un rifle contra el conductor del vehículo, quien fue herido mientras circulaba a una velocidad superior a los cien kilómetros por hora. Milagrosamente, logró mantener el autobús en la carretera y frenarlo. Las imágenes son aterradoras: el autobús de un equipo de fútbol, con marcas de disparo en la luna delantera, el volante y el asiento del conductor llenos de sangre, fotografías del afortunado conductor saliendo por su propio pie, aunque su cara estuviera sangrando por los impactos… los hechos tuvieron lugar cuando el autobús iba a entrar en un viaducto. Si el chófer hubiera perdido la consciencia, el autobús hubiera caído por un precipicio hacia las aguas del Mar Negro. Sin duda, se trataba de un golpe calculado para causar la muerte a los 42 integrantes de la expedición, entre los que se encontraban futbolistas de la talla de Emre Belözoğlu o Dirk Kuyt.

Autobus Fenerbahce tiroteado

Los miembros de la expedición del Fenerbahçe observan cómo su autobús ha sido tiroteado.
Fuente: Fotomaç

Injustificables ataques, pero explicables según algunos aficionados. Aziz Yıldırım, el presidente del Fenerbahçe durante los últimos años, es una figura altamente polémica entre los aficionados. «¡Es como si fuera un capo de la mafia!». Es de lo poco en lo que coinciden unos aficionados del Galatasaray y del propio Fenerbahçe a los que pregunto. Aunque, está claro, una gran parte apoya su gestión. Yıldırım, máximo mandatario del club desde 1998, fue condenado tras el escándalo de corrupción del 2011 a tres años y nueve meses de cárcel por amaño de partidos y dos años y medio por formar una organización ilegal. Sobornos, intimidación, maletines y crimen organizado estaban a la orden del día en el fútbol turco. De todos modos, un año después salió de prisión. «Ha conseguido que todos los demás equipos y aficiones de Turquía odien al Fenerbahçe», nos comenta un aficionado del Galatasaray, su máximo rival. «Claro que antes existía rivalidad, pero no era un odio tan grande como ahora». Lo cierto es que Yıldırım no solo incita al odio, sino a la violencia. El 26 de febrero de este año, tras un encuentro en el estadio del Fenerbahçe en el que perdieron 1-2 ante el Akhisar Belediyespor dirigido por Roberto Carlos, se dirigió a la prensa en los siguientes términos: «Si el árbitro Özgür Yankaya vuelve a pitar un partido en el Şükrü Saracoğlu una sola vez más, no le va a ser tan fácil salir del estadio». Tras tales amenazas, Yıldırım solamente fue condenado a no presenciar partidos del Fenerbahçe en vivo durante 2 meses. Y, por supuesto, Özgür Yankaya no ha vuelto a dirigir un encuentro en el estadio del Fenerbahçe.

Pero si nos remontamos atrás en el tiempo, podemos encontrar otros deshonrosos actos de violencia en el seno del balompié turco. En el año 2000, dos hinchas del Leeds fueron apuñalados hasta la muerte por aficionados del Galatasaray. En 2013, un hincha del Fenerbahçe fue asesinado de la misma manera simplemente por llevar la camiseta de su equipo un día de derbi en Estambul. Burak Yılmaz, delantero estrella del Galatasaray, fue herido en el estadio del Çaykur Rizespor tras sufrir un corte provocado por una navaja que lanzaron desde la grada. Y, en 2010, un ataque totalmente surrealista tuvo lugar en el trascurso de un partido de la segunda división, entre el Mersin Idmanyurdu y el Samsunspor. El entrenador del equipo de Mersin, Yüksel Yeşilova, sufrió dos puñaladas en su costado. En pleno partido. A manos de su propio hermano, que había saltado desde la grada. Sobrevivió, pero no ha sido hasta el incidente del autobús del Fenerbahçe cuando las autoridades han decidido parar la competición a causa de las repetidas situaciones de violencia extrema que se vienen viendo en los estadios. Y fue durante una semana, solamente la Süper Lig (la máxima categoría). Mientras, el resto de competiciones transcurría con normalidad. Y, recordemos, estuvo cerca de morir la plantilla al completo de uno de los equipos más importantes y populares del país. La “Ley 6222”, promulgada en el marco de los casos de corrupción de 2011 y orientada a la prevención de la violencia en el deporte, ha demostrado ser realmente ineficaz de cara a situaciones como las que describimos. En un artículo para The Guardian, el periodista turco Uğur Meleke se pregunta: «¿A qué están esperando las autoridades deportivas para tomar acciones serias contra la violencia en el fútbol? ¿A que haya veintidós jugadores asesinados en medio de un partido, o a una tragedia como la de Heysel? No tenemos ni idea».

https://www.youtube.com/watch?v=dtlTG-euV44′

Para terminar con este triste apartado, me gustaría aportar la historia de un buen amigo. De nuevo, se repiten los roles con los que hemos empezado. Él es un acérrimo aficionado del Fenerbahçe y se encontraba en Trabzon, viendo en un bar el partido que enfrentaba a su equipo con el Trabzonspor, con el que simpatizaban la mayoría de los allí presentes. Por cada gol que marcaba el Fener, mi amigo tenía que reprimirse cada vez más, aunque celebraba los goles modestamente. Me cuenta que tenía miedo, más aún cuando sintió algo presionando su espalda. Un hombre, ataviado con la camiseta del Trabzonspor, le estaba apuntando con una pistola e invitándolo a irse. Por suerte, mi amigo era conocido en el barrio y acabaron echando al tipo que le amenazó con un arma. No fue tanta la suerte cuando acabó pasando la noche en el hospital, ya que fuera del local estaban esperándole aquel hombre y sus compinches, que acabaron por vengarse de la derrota de su equipo pegándole una paliza a un hincha rival.

 

PASSOLIG, CUANDO EL REMEDIO ES PEOR QUE LA ENFERMEDAD

La propuesta que las máximas autoridades del fútbol turco sacaron a la luz para esta recién terminada campaña nació bajo el nombre de Passolig. Con el objetivo de erradicar la violencia en el fútbol, se instauró este sistema que consiste en la obtención de una tarjeta personal que habilita al portador para comprar entradas para partidos de fútbol. En principio, el sistema debería funcionar: al recabar datos sobre las personas que accedían al estadio e identificarlas, sumado a las cámaras de vigilancia instaladas en los estadios, la seguridad en los recintos deportivos aumentaría exponencialmente.

Ya hablamos de este sistema en el anterior texto sobre Turquía, pero ha resultado más que obvio que el sistema no ha gustado nada a los aficionados. En la temporada 2008-2009, la asistencia media fue de 14000 personas cada jornada. Este año, ha caído a menos de 9000. Los aficionados siguen amando a sus equipos, pero le dan la espalda a la Liga por los métodos invasivos que el sistema Passolig ha implementado. No solo la policía, la Liga y la TFF (Federación Turca de Fútbol) pueden acceder a todos los datos personales de los titulares de los pases, sino que también pueden llegar a empresas alejadas de los circuitos futbolísticos. Aparte, los aspirantes a conseguir un Passolig tienen que elegir el club del que son aficionados, y solo pueden conseguir entradas para los partidos en los que su equipo juegue. Y las voces más críticas alertan que el control de datos llega al punto de que podrían acceder a las cuentas bancarias de los aficionados. Y es un precio que los hinchas turcos han decidido no pagar.

Gradas vacias

Esta situación se ha repetido a lo largo de la temporada: gradas casi vacías en protesta al Passolig.
Fuente: Posta

 

En octubre de 2014 tuve la fortuna de presenciar mi primer partido de Champions League en un estadio. En un recinto moderno y majestuoso como el Türk Telekom Arena, el nuevo hogar del Galatasaray, en el que el Avrupa Fatihi (“conquistador de Europa”) se enfrentaba al todopoderoso Borussia Dortmund. Aparte del correctivo que recibieron los locales, aún entrenados por Cesare Prandelli, me resultó especialmente triste el aspecto del estadio. Era un partido de Champions, contra un equipo importante, la gente parecía emocionada a lo largo de la semana. Pero el campo estaba medio vacío. En los partidos de competición europea no se aplica el Passolig, así que la entrada era “libre”. Pero, aun así, los aficionados estaban dándole la espalda a su equipo. La protesta iba más allá de la liga, era una protesta generalizada contra el fútbol turco. Ha habido excepciones a lo largo del año, como el épico Beşiktaş-Liverpool, que consiguió llenar el Estadio Olímpico Atatürk. Pero el tono general ha sido ese, el de un fútbol que ha perdido la magia de sus vibrantes estadios. Porque, aparte de la violencia y la provocación, los aficionados turcos son de los más apasionados del mundo.

De hecho, en las últimas semanas, desde la consecución del doblete por parte de un Galatasaray que levantó el vuelo tras la llegada del nuevo entrenador, Hamzaoğlu, las calles están pintadas de rojo y amarillo. Turquía no se olvida del fútbol, pero sienten que el fútbol se ha olvidado de ellos. Han encontrado en su mayor pasión a un nuevo enemigo, y están dispuestos a derrotarlo.

 

UNA SELECCIÓN VENIDA A MENOS

Tras los éxitos cosechados en el Mundial de 2002 y la Eurocopa de 2008, la selección de Turquía no pasa por su mejor momento. Los Ay Yıldızlar, los que defienden a la luna creciente y la estrella, han visto cómo sus opciones para clasificarse a la Eurocopa del próximo año se alejan, siendo vencidas por selecciones de nivel similar como la República Checa u otras que se antojaban inferiores, como Islandia. El seleccionador nacional es Fatih Terim, figura otrora respetadísima en el panorama internacional, merced a sus victorias en la Copa UEFA y la Supercopa de Europa del 2000 o sus periplos por Fiorentina y Milán (con más éxito en el primero que el segundo) y su gran papel en la Eurocopa de 2008, en la que acabaron en cuarta posición. Hoy, Terim ha perdido parte del respeto que tenía, y no solo por sus últimos malos resultados deportivos, sino también por su mala gestión de la polémica entre algunos de sus jugadores.

El rumor más extendido sobre lo ocurrido es que, en una concentración de la selección y tras un lío de faldas, el jugador del Beşiktaş, Gökhan Töre, entró en la habitación de sus compañeros Hakan Çalhanoğlu y Ömer Toprak, ambos futbolistas del Bayer Leverkusen alemán, y los amenazó con una pistola. Tras esto, y sin confirmación oficial alguna de lo ocurrido, Çalhanoğlu y Toprak dejaron de ser llamados a la selección mientras que Töre siguió formando parte del equipo nacional, lo cual fue criticado duramente por los aficionados turcos, considerando que Fatih Terim no había sabido imponerse al problema y el equipo había perdido a dos de sus mejores hombres mientras los resultados no acompañaban en absoluto. En las últimas fechas, solo Çalhanoğlu volvió al equipo, marcando tres goles en dos partidos jugados.

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Ömer Toprak, Gökhan Töre y Hakan Çalhanoğlu, protagonistas de los últimos problemas de la selección.
Fuente: Ran

¿Y qué ocurre con la producción de jugadores jóvenes? Los tres protagonistas son algunos de los más prometedores jugadores turcos, pero han sido “criados” en equipos extranjeros: Çalhanoğlu en el Karlsruher, Toprak en el Freiburg y Töre, a caballo entre el Bayer Leverkusen y el Chelsea. Los aficionados turcos lamentan que en los últimos tiempos, la producción de grandes jugadores en Turquía se ha visto resentida. Faltan recursos, faltan instalaciones, faltan preparadores. Con la excepción de Ozan Tufan y Enes Ünal (nombres a seguir en los próximos años), en la última generación de jóvenes futbolistas turcos no hay demasiados nombres a destacar que provengan de las canteras turcas. En tal situación, la selección tiene que acogerse a que los jugadores decidan jugar con la nación de la que llevan la sangre, en lugar del país de nacimiento o de la selección que más éxitos deportivos les pueda aportar. Así pues, Turquía se ha perdido a algunos increíbles talentos de la talla de Mesut Özil, Ilkay Gündoğan o Adnan Januzaj, nacidos fuera del terreno nacional debido a la diáspora turca del pasado siglo.

Como conclusión, he de decir que si las cosas se hicieran bien en este país, el fútbol turco sería muchísimo más fuerte. Sin la lacra de la violencia, las intrigas de la corrupción, intereses económicos en las sombras cuando se intenta dar una solución y una mejor gestión del gran potencial juvenil que debería tener un país con tanta pasión por el deporte rey, estaríamos viviendo otra situación. Una mucho más brillante. Pero las utopías no dejan de ser una mera idealización, y la realidad ha golpeado más fuerte que nunca este año en Turquía.