La estampa del ocaso desde la costa asiática de Estambul saluda a los escasos viandantes que, precavidos, se han aventurado a pasear por las nevadas calles de Kadıköy, quizá seducidos por la idea de poder atisbar algunos monumentos como Santa Sofía o la Mezquita Azul, cubiertos de nieve, al otro lado del Bósforo. Algunos muñecos de nieve a medio hacer conviven con las estatuas, que han cambiado sus tonos oscuros por algo de blanco. Kadıköy está vivo. Incluso cuando otras zonas de la ciudad parecen desiertas debido a las inclemencias del tiempo, este barrio continúa con su actividad comercial y hostelera. Menos que de costumbre, pero aún encontramos grupos de amigos disfrutando de pescado y rakı, el licor nacional turco, una suerte de anís que rebajan con agua, también conocido como aslan sütü o leche de león.

Cerca de las terrazas de los restaurantes donde estos pocos valientes resisten al frío ayudados por el alcohol, encuentro a mis dos protagonistas. Llego tarde, ellos sonríen. No hace falta que digan nada. Los españoles nos hemos ganado esa fama a nivel internacional. Me guían hacia calles menos transitadas, menos llenas de negocios, hacia calles más auténticas y menos turísticas, y acabamos entrando por una pequeña pero pesada puerta de metal, coronada por un modesto cartel con letras rojas que señalan el nombre del establecimiento: Felicita Café.

Lo cierto es que en estos cafés, lo menos común es ver a gente tomando café. Los turcos toman té. De hecho, es el país número uno en lo que a consumo de esta bebida se refiere. Y nuestros amigos, Sinan y Fırat, no son diferentes. El camarero se acerca a nuestra mesa, en una esquina del salón, y anota nuestro pedido, dos elma çayı, té de manzana, típico en la zona, para ellos, y un muz çayı, de plátano, para mí. Hay tantos tipos de té como uno quiera imaginar, y la elección no me decepciona.

Mis interlocutores me miran, nerviosos. Somos amigos desde hace meses, pero la perspectiva de que vayan a ser el tema de mi próximo artículo en esa revista online de la que les hablo de vez en cuando les fascina. «Nunca me han hecho una entrevista», comenta uno de ellos. Le pido que se calme. Al fin y al cabo, es una charla entre amigos. Sonríe, se relaja en la banqueta en la que ambos se han sentado, juntos, y toma un sorbo de su humeante té. Su nombre es Fırat Güneş. Tiene 24 años, estudia periodismo en la İstanbul Üniversitesi y nació no lejos de aquí, aunque sus raíces están en el este del país, en la ciudad de Kars. Sus colores son los del Fenerbahçe, el equipo de sus amores. Por su parte, Sinan Ağacık, con 25 primaveras, continúa sus estudios de comunicación en la İstanbul Ticaret Üniversitesi, una universidad privada de cierto prestigio, donde estudia gracias a una beca. Al contrario que Fırat, él defiende los colores del máximo rival del Fenerbahçe, el Galatasaray. Ambos viven en el distrito de Ümraniye, también en la parte asiática de la gigántica Estambul. Se conocen desde que son niños, ya que iban a la misma clase. Sinan tuvo que repetir un curso porque, al volver de Alemania, destino de tantísimos emigrantes turcos en busca de un futuro mejor, su dominio de la lengua se había resentido. Él mismo reconoce que, a veces, su turco no es del todo correcto.

Fırat (izquierda) y Sinan (derecha) son aficionados de equipos rivales y, al mismo tiempo, grandes amigos

Fırat (izquierda) y Sinan (derecha) son aficionados de equipos rivales y, al mismo tiempo, grandes amigos

Mientras escuchamos música turca de fondo, intercalada en ocasiones con los últimos hits occidentales, decido hacerles la primera pregunta. Prefiero ir al grano directamente, y les pido que me digan si alguna vez se han peleado por el fútbol. Sonríen. Antes de responderme, discuten entre ellos en turco. Mi nivel no es lo suficientemente avanzado como para poder involucrarme en su conversación, así que me limito a contemplarlos. Finalmente, Sinan se dirige a mí: «Nos hemos peleado una o dos veces», dice. Interrumpiéndose continuamente, aciertan a elegir una historia que contar.

«Somos fanáticos, no hooligans»

Corría la temporada 2007-2008, concretamente su antepenúltima jornada, y se enfrentaban los dos gigantes estambulitas en el histórico y desaparecido estadio Ali Sami Yen, al que Sir Alex Ferguson dio el famoso apodo de “Infierno Turco”. Ambos estaban igualados a puntos, y el que se llevara la victoria en el envite daría un paso de gigante hacia la victoria en el campeonato nacional de liga. Fueron los “leones” del Galatasaray. Minuto 37, balón largo del lateral Sabrı Sarıoğlu al área rival. El portero del Fenerbahçe y de la selección turca, Volkan Demirel, parece salir con ventaja a por el balón, pero su central, el brasileño Edu Dracena, no escucha el grito y sigue reculando. Ambos chocan, el meta la roza, pero el balón se dirige hacia su propia portería, cerca de la cual el delantero congolés Shabani Nonda solamente tiene que empujar el balón a la portería rival con un leve testarazo. Con este gol, el Galatasaray se convirtió, virtualmente, en el campeón. Sinan estaba exultante aquel día. Salió a las calles de Ümraniye a celebrarlo, y se topó con un cabizbajo y deprimido Fırat, que regresaba a casa, ataviado con su camiseta del derrotado Fenerbahçe. «Quítate esa camiseta. ¡El Galatasaray es el equipo más poderoso!», le espetó Sinan con sorna, entre los gritos de los demás aficionados del Galatasaray y el sepulcral silencio de sus rivales. Fırat se encaró con él y le gritó que él moriría por su equipo, que nunca renegaría de sus colores. Bravuconadas e insultos turcos mediante, acabaron cada uno yéndose por su lado.

Sinan recuerda con una sonrisa esa historia. Al fin y al cabo, acabaron ganando la liga y pudo celebrarlo por las calles de su vecindario. Pero pronto, Fırat hace que se le borre de la cara. «¿Sabes que el Galatasaray lleva quince años sin ganar en el Şükrü Saracoğlu?» Y resulta que, desde diciembre de 1999, el equipo rojo y amarillo no ha sido capaz de vencer en el estadio de su eterno rival. «¡Somos invencibles en nuestro estadio!», asegura Fırat. Por su parte, Sinan, desganado, comenta que «simplemente tienen mucha suerte. Siempre les presionamos, les dominamos, pero ganan ellos». Fırat muestra su desacuerdo, y va más lejos: le recuerda que, en el primer partido jugado entre ellos en el nuevo feudo del Galatasaray, el Türk Telekom Arena, el Fenerbahçe se alzó con la victoria en los últimos minutos. Sinan contraataca diciéndole que ellos no ganaron la Copa en 30 años. Y Fırat lanza el último contragolpe de este partido, acordándose de que la ganaron en 2012 y 2013. Erigiéndome en una especie de árbitro, y viendo que los ánimos se van caldeando, decido marcar el descanso.

Pedimos un nargile, la clásica pipa de agua turca. Es una auténtica tradición social que volvió a tomar fuerza a principio de los 2000, y hoy en día es muy típico ver un grupo de hombres que se juntan en uno de los muchos cafés y fumaderos repartidos a lo largo de la ciudad a fumar y charlar. El humo que exhalamos, de sabor a menta y limón, se encuentra con el que emana de los tés que nos han vuelto a servir, esta vez todos de manzana, formando un delicioso y relajado ambiente en el que los dos amigos se toman de nuevo con tranquilidad su rivalidad balompédica. «Somos fanáticos, no hooligans», puntualiza Fırat.

El esférico vuelve a rodar sobre la mesa, sorteando vasos de té y botellas de agua. Les pido que me cuenten cuál fue el mejor momento que vivieron contra su eterno rival. Ambos se miran, maliciosamente, mientras dan sus respuestas. Fırat escoge el 6-0 liguero de 2002, con exhibición, gol, asistencia y tarjeta roja del ‘Burrito’ Ortega. Sinan, por su parte, se queda con el 5-1 de la semifinal de la Copa de 2005, en el que la leyenda del Cimbom, Hakan Şükür, máximo goleador histórico de la liga turca con 249 tantos, convirtió un hat-trick.

No todos los aficionados turcos son ultras

Cuando Sinan menciona su segundo momento favorito, el tema polémico que siempre afecta (o ensalza, según cómo se mire) al fútbol turco sale a la palestra. Ultras. Ellos utilizan la palabra inglesa, hooligan. Comenta que, en la temporada 2011-2012, Fenerbahçe y Galatasaray volvían a verse las caras por definir el título de liga. Hay que puntualizar que, esa temporada, se instauró un modelo de play-offs, como se hizo en España en la 86-87, con sus particularidades: los cuatro primeros clasificados en la liga lucharían por el título y las plazas europeas jugando una liguilla entre ellos, en la cual partirían con una puntuación resultante de dividir entre dos los puntos que hubieran obtenido en la temporada regular. Al Galatasaray le bastaba un empate para ganar el campeonato, y así fue, puesto que el partido, disputado en el estadio del Fenerbahçe, acabó con 0-0. Sinan recuerda que, por aquel entonces, él trabajaba en Mecidiyeköy, cerca de donde se situaba el antiguo Ali Sami Yen. «Vi un chico con una camiseta del Fenerbahçe, corriendo, y otros tres, con camisetas del Galatasaray, intentando darle caza. Al final, lo cogieron y le dieron una paliza. En ese momento, odié a mi equipo. Pero pasa lo mismo en Bağdat Caddesi (una avenida cercana al estadio Şükrü Saracoğlu). Si los ultras del Fenerbahçe ven algún símbolo del Galatasaray, lo destruyen por cualquier medio.»

El equipo campeón había ganado la liga en el estadio del eterno rival. El entrenador del Fenerbahçe, Aykut Kocaman, y el presidente de la TFF, la Federación Turca de Fútbol, Yıldırım Demirören, pidieron al Galatasaray que no alzara la copa allí. Pero lo hicieron. «Levantaron la copa en medio del estadio. No dejaron que los fans lo vieran, apagaron todas las luces y solo los iluminaban los flashes de las cámaras de los periodistas», rememora Sinan. De hecho, no había aficionados del Galatasaray en el estadio, porque en los últimos tiempos, no les es permitido a hinchas de escuadras enemigas ir a ver derbis en el estadio del rival. «Eso nos hizo felices, no solo porque ganamos la liga, sino porque teníamos a once leones luchando contra 50.000 aficionados rivales.» Tras el partido, los ultras del Galatasaray, en un arrebato de euforia, quemaron los alrededores del estadio, parte de la propia grada y tumbaron coches de la policía, mientras que los del Fenerbahçe, rabiosos por la derrota, incendiaron vehículos en las calles.

El Galatasaray celebró la Liga de 2012 a oscuras en el campo del Fenerbahçe - Foto: Metin Pala - Anadolu Ajansi

El Galatasaray celebró la Liga de 2012 a oscuras en el campo del Fenerbahçe – Foto: Metin Pala – Anadolu Ajansi

«No me gustan sus actos. Son pura violencia. El deporte es solo deporte», sentencia Fırat. Por su parte, Sinan asegura que «en todos los derbis pasa algo, menos en los dos últimos». Eso sí, los dos comentan que, pese a que los focos mediáticos se los lleven las aficiones de Galatasaray y Fenerbahçe, es porque son los equipos más grandes. «Los hooligans del Trabzonspor son el doble de peligrosos», aseveran. Fırat recuerda cómo, en una ocasión, cuando el Fenerbahçe fue a Trabzon a jugar un partido, los ultras del equipo local no dejaban de arrojar objetos. Monedas, zapatos… «¡tiraron hasta ropa interior!», comenta entre risas.

Ambos quisieron recordar también una de las anécdotas más sonadas de los derbis. Tuvo lugar el 24 de abril de 1996, cuando el Galatasaray se alzó con la Türkiye Kupası, la Copa de Turquía, con un gol de Saunders cuando restaban cuatro minutos de la prórroga. Aquel año, el Fenerbahçe era el gran dominador de la liga y la actuación del Galatasaray no fue buena. Tanto fue así que todos daban por seguro la victoria de los del lado asiático, e incluso el presidente del Fenerbahçe, Ali Şen, hizo comentarios despectivos sobre la capacidad del entrenador del Galatasaray, el escocés Graeme Souness. Tras el partido, con ganas de revancha, Souness tomó una bandera enorme con los colores rojo y amarillo del Galatasaray y la clavó en el círculo central del césped del Şükrü Saracoğlu, lo que fue recibido como una humillante ofensa por los fans del contrincante, y como un acto heroico por los seguidores de su equipo.

En Octubre de 2014, los aficionados del Galatasaray homenajearon a Graeme Souness en este tifo. Fuente: dailyrecord.co.uk

En 2014, los aficionados del Galatasaray homenajearon a Graeme Souness en este tifo. Fuente: dailyrecord.co.uk

Sinan y Fırat son aficionados al fútbol en Turquía, y eso no es ninguna sorpresa. Nos cuentan que «casi todo el mundo ama el fútbol. Es como una segunda religión para los turcos». Los dos lamentan que el fútbol turco no progrese, y lo argumentan con la falta de infraestructura para que los jóvenes talentos progresen. «Nos gusta mucho pagar por estrellas extranjeras, incluso aunque sean viejos como Guti o De Boer», explica Fırat. A él le pregunto personalmente, como acérrimo seguidor del Fenerbahçe, por el escándalo de corrupción que ha acabado con el equipo expulsado de competiciones europeas durante tres años. Su gesto cambia al momento, la pregunta no le gusta y masculla algo en turco. No quiere hablar de ello, dice que los jugadores son inocentes y que si hay un culpable, es Aziz Yıldırım, el presidente del club.

Descontentos con el Passolig

No van al estadio. «No quiero arriesgar mi vida», dice Sinan. Fırat desdramatiza la situación: «no me da miedo, pero es muy caro y es difícil conseguir entradas». Les comento que los estadios están medio vacíos esta temporada, y me explican por qué. El Passolig, una tarjeta que todos los que quieran ir al estadio deben sacarse. El problema es que, con ella, la policía y la TFF pueden acceder a todos los datos de identidad, información personal e incluso detalles de las cuentas bancarias de sus titulares. «Es una mierda», se queja, indignado, Sinan. «Quieren todos tus detalles para tenerte bajo control. Dicen que es por tu seguridad, pero es una gran mentira. Hay mucha gente que ya no va al estadio, a modo de protesta.» Y es que el Passolig fue muy mal recibido entre los aficionados. De vez en cuando, los otros clientes lanzan miradas furtivas a Sinan y Fırat, porque es muy extraño ver a un aficionado del Fenerbahçe y otro del Galatasaray juntos, mostrando sus enseñas (Fırat lleva una sudadera con el escudo del Fenerbahçe y Sinan, una bufanda del Galatasaray). Y es aún más extraño que se una alguien del Beşiktaş. Ocurrió en abril del pasado año, cuando los aficionados de los tres principales equipos de Estambul se unieron, con sus diferentes escudos, bufandas, pancartas y camisetas, en una sola manifestación, en mitad de la transitadísima İstiklal Caddesi, para protestar contra este sistema. «Y encima solo puedes ir a los partidos que se jueguen en el estadio de tu equipo. Si quieres ir a otros, tienes que sacarte otro Passolig. ¡Es estúpido!», sentencia Fırat, aunque en la página oficial de Passolig no mencionan esa peculiaridad. Por ahora la situación continuará, porque la TFF firmó un contrato de varios años con la empresa que gestiona Passolig y la compensación económica por romper el contrato es altísima. «Encima, ahora la Federación actúa como si ellos nunca hubieran querido implementar el Passolig. Es una vergüenza, ahora se arrepienten.»

Son tiempos duros para el fútbol turco. Estadios vacíos, escándalos de corrupción, el combinado nacional en horas bajas. Pero la pasión sigue viva en los corazones de los aficionados que, fieles, siguen siempre a su equipo. Tal y como le dijo Fırat a Sinan, ellos morirán por su equipo y nunca renegarán de sus colores, incluso aunque las autoridades se lo pongan cada vez más difíciles. Porque el fútbol es, verdaderamente, el gran amor de Turquía.