La noticia se lanzó con respeto y llegó a todo el mundo, overseas. Ya se apuntaba cuando al ser sustituido en el Bernabéu en su última Champions el público le aplaudió. Todo el fútbol quiere a Steven Gerrard. Y si encima se es seguidor del Liverpool, hablar de ese amor debe ser parecido a lo que un cristiano debe sentir al tomar el nombre de Dios en vano.

En 2001, cuando ganó con el Liverpool la mítica final de la UEFA al Alavés 5-4 y completar un triplete algo devaluado (UEFA, Copa de la Liga y Copa), yo aún no lo conocía. También me pasó inadvertida su única visita a Mestalla en 2002, Pablo Aimar copó todos los focos. Gerrard empezó a existir para mí la temporada 2004-2005, cuando Benítez se fue del Valencia al Liverpool y acabó por traer la 5ª Copa de Europa a Merseyside, con gol y penalti provocado de un Steve G en una final que terminó de lateral derecho tapando al recién ingresado Serginho en la prórroga. Pero a Estambul, la remontada más grande de la historia de las finales de las Copas de Europa, no se hubiera llegado nunca sin la remontada al Olympiakos en Anfield en la fase de grupos. Los griegos se adelantaron y el Liverpool necesitaba ganar de dos. Steven Gerrard rescató a los reds en el minuto 86 con una espectacular volea que significaba el 3-1. Anfield estallaba, Benítez intentaba dar alguna indicación mientras un empleado del club le abrazaba fuera de sí. Ese fue el primer gol que le vi, en un resumen de la jornada de Champions. Empecé a idolatrar al ídolo.

Steven Gerrard, capitán del Liverpool, anunció la pasada semana que abandonará el club al final de temporada, camino a su retirada definitiva –no jugará en ningún equipo que pueda enfrentarse a los reds. Su dimensión en Merseyside es colosal. Es, puede que junto a Kenny Dalglish, el mejor jugador de la historia del Liverpool, y también, con el permiso de Frank Lampard y Wayne Rooney, el mejor inglés de su generación. Su palmarés no es tan deslumbrante como el de estos: una copa de la UEFA, dos FA Cups, tres Copas de la Liga y, eso sí, una Champions League. La Premier, su gran espina, la mereció en la temporada 2008/2009 cuando se asociaba con Fernando Torres y formaba con Mascherano y Xabi Alonso uno de los centros del campo más potentes de entonces (un joven y casi anónimo Federico Macheda le dio el título al United a base de goles en tiempo añadido), y se le escapó definitivamente en el resbalón contra un Chelsea lleno de suplentes en 2014, aunque ese Liverpool era más el de Suárez (y Sterling y Coutinho) que el de Gerrard.

Pero es en sus finales de copas ganadas donde se puede ver el reflejo de lo que es Steve como jugador. El milagro de Estambul y el 5-4 al Alavés, también el gol en el 91’ de la final de 2006 de la FA Cup contra el West Ham para llevar el partido a la prórroga y ganar el título a los penaltis. La sensación era única. La magia de Steve G consistía en que con él en el partido se creía firmemente que toda victoria –toda grandeza –era posible, y en varias ocasiones así fue.

Al final del viaje, la afición pone a los jugadores donde les gustaría haberlos visto. Gerrard, nacido en 1980, ya no tiene el descomunal chut de hace unos años, ni el reprise para llegar a la altura de un rival y quitarle el balón con un tackle. Conserva el toque y la visión para distribuir. Con su épica parece que pase lo mismo, despidiéndose a medias, como en el gol al Basilea de falta directa en Anfield el pasado diciembre. Faltó uno más. Gerrard es corazón y calidad. También jugó toda su carrera en el Liverpool, que estuvo a punto de abandonar en alguna ocasión, formando parte de tres grandes equipos y sus consecuentes travesías del desierto. Para los reds, solo hay un lugar de la memoria donde ponerlo, haya ganado veinte premiers o ninguna. Sonreirán satisfechos con el respeto de los clubs rivales hacia Steven, les dolerá oír a alguien que diga ‘Era muy bueno, pero no sé si tanto…’. Ver a Steven jugar en Anfield a su mejor nivel era una de esas cosas buenas de la vida que continuaban pasando, a pesar de todo. Existe una belleza, algo especial, hasta delicado, que conviene apreciar. Al verle jugar entiendes que Steve G es grande y paralelamente, también que el Liverpool FC lo es. Es una de esas cosas que se explican mejor por destellos de brillantez, como en la literatura o la música. En destrozar con todo tu ser una pelota botando a la escuadra, en unos brazos agitándose. Bufandas y banderas, una melodía; abrazos y empujones entre amigos y compañeros, miradas limpias de alegría. Los seguidores, que por instantes habían sentido la vida, se habían expresado según sus propios sentimientos sin jerarquías –45.000 expresiones distintas, todas auténticas –, verían una forma similar de sonreír de él en el césped, él, el que les había hecho libres.

Por Albert Asunción.