Las pantallas han vuelto a ser secuestradas por los eslóganes y personajes que se erigen como líderes de la mayoría. Todos presentan brillantes ‘propuestas’ que a duras penas logran repetir en los debates. Están plasmadas con perfecta sintaxis en folletos que acaban tirados en cualquier contenedor. El ciclo reproductivo de la política ha traído para las Elecciones Generales del próximo 20 de diciembre varias ‘formas nuevas’ de entender el arte de gobernar. Aunque sea por el caos temperamental que padece el sistema desde hace un lustro, marcado por una grave crisis económica, el habitual duopolio se ha resquebrajado y ahora tiene más gajos, aunque éstos dan el mismo zumo con diferentes sabores.

La apertura de miras se va trasladando poco a poco al mundo del deporte, cuyas estructuras inmovilistas han provocado, más que nunca, el alejamiento entre instituciones y aficionados. Con todo la mayor parte de las organizaciones políticas omiten llevar a cabo algún planteamiento sobre un fenómeno de masas que es además un termómetro social. Muchas ciudades respiran a través de sus clubes de fútbol que pueden convertirse en moneda de cambio en un momento dado en una moneda política.

Sucede, por ejemplo, cuando una entidad se ve obligada a convertirse en Sociedad Anónima Deportiva para poder participar en el fútbol profesional (Primera y Segunda División). Ayuntamientos y Diputaciones mueven ficha para acelerar este obligado proceso, vendido como la única forma de supervivencia posible. A posteriori, estos accionistas mayoritarios se deshacen del lote comprometido vendiéndolo al mejor postor, completando el proceso de despersonalización del club, que pasa a ser de un propietario en exclusiva. Esto provoca una profunda brecha en la afición, que se divide entre los partidarios y detractores del nuevo dueño.

En los últimos tiempos han nacido propuestas que apuestan por la democratización del fútbol. La piedra angular del cambio es FASFE, la Federación de Accionistas y Socios del Fútbol Español, compuesta por grupos de aficionados y accionistas de equipos de toda la geografía estatal. Diferentes, pero deudores de los mismos males. El fenómeno, lejos de ser algo local, se ha globalizado bajo Supporters Direct Europe, la matriz de este movimiento, que pretende recuperar el fútbol para la gente, sin la que no existiría el fútbol tal y como lo conocemos.

El fútbol vive sumido en una decadencia que se expresa en la baja asistencia a los estadios, la pérdida de identidad con los jugadores y el aburrimiento que provocan sistemas de competición como la Copa del Rey, sólo animado por los ridículos institucionales. Sumidos en dos frenéticas semanas de campaña electoral, cubiertas de lemas salvapatrias y complejas revoluciones desde todos los ángulos posibles, no está de más alzar la voz a favor de un fútbol democrático.

“Muchas veces pienso si podremos algún día dirigir este entusiasmo que gastamos en el fútbol hacia algo positivo para la humanidad, pues a fin de cuentas el fútbol y la tierra tienen algo en común: ambos son una bola. Y atrás de una bola vemos niños y adultos, blancos y negros, altos y bajos, flacos o gordos. Con la misma filosofía, todos a fantasear sobre su propia vida”. Esta cita refleja la verdadera trascendencia del universo fútbol. Procede de una de las botas del siglo pasado, Sócrates, líder de la ‘democracia corinthiana’, bajo la que se rigió el mítico Sport Club Corinthians Paulista, un club insertado en la comunidad en la que todos sus miembros, desde los utileros hasta los más altos directivos, tomaban en conjunto las decisiones que afectaban a un titán deportivo. El peso de esta corriente fue tal que sirvió de contrapeso en los años 80 a la dictadura militar a la que estaba sometida el pueblo brasileño.

Ellos demostraron que otro fútbol es posible. Las SAD forma adoptada como regla en España, se han mostrado insuficientes. Equipos como el CD Logroñés, CD Ourense o UD Salamanca fueron presas de una forma mercantil en la que el poder se concentran en unas pocas personas, a veces, con escasa relación con el club. Todo esto conduce a asambleas testimoniales donde la presencia se reduce a unas cuantas decenas de personas cuya labor no recibe ningún tipo de supervisión.

Pero el cambio sólo se producirá con una mayor cultura de grada, algo con lo que quieren acabar los horarios y los precios de las entradas. Dos poderosas armas que llevan al aficionado a la resignación. Aún así, las élites desconocen el poder de una hinchada organizada o de un aficionado cabreado, dispuesto a romper con los cánones mercantiles y a empezar de cero. Que se lo cuenten a los ‘lunáticos’ del Atlético de Socios, que en 2007 iniciaron una aventura cortando con la gestión de los Gil. Hoy son un ejemplo vivo de que otro fútbol posible, de que el aficionado no es un títere, pero también de que todavía queda un largo camino por recorrer.