Emigrar era esto. Una montaña rusa. Cambiar de estado de ánimo cada dos por tres. Se intensifican las sensaciones y la más absoluta nimiedad puede provocar una euforia desmedida o una tristeza desgarradora. Venirse arriba y venirse abajo. Constantemente. No saber hacia donde dar el siguiente paso, desear no haber tomado nunca aquel avión y darse cuenta de que esto, a veces no está tan mal. Que vale la pena el esfuerzo. Y volver a empezar. Sentirse pletórico y luego el ser más imbécil del planeta. Sin filtros, sin medias tintas.

Emigrar era esto. Cambiar el sentido de las palabras. Antónimo y sinónimo nunca serán lo mismo si un plato precocinado se convierte en un manjar, si un extraño es compañero, y si eres un ser pacífico pero te encantaría arrancarle la cabeza a alguien.

Aquello que da esperanza, que motiva a seguir hasta llegar al objetivo, suele ser esférico. Porque las cosas -materiales- más importantes de la vida son redondas. Son las que nos levantan del asiento y nos ponen a bailar. Las que nos ayudan a perder la vergüenza y nos empujan a cantar hasta quedarnos afónicos. Lo que nos eriza el vello en el momento menos pensado. Y ya puede hacer frío o calor; ser de día o de noche; martes, jueves o sábado. Los impulsos van a seguir estando ahí, y van a seguir provocando la misma reacción. Es pura química. Es un balón o un disco. El fútbol y la música ayudan. Son el vehículo. A veces incluso el destino.

Una noche insulsa de domingo se vuelve interesante si hay balompié de por medio. Y no me refiero a ver un partido. El fútbol es fútbol porque aún cuando no hay una pelota rodando sigue despertando las mismas emociones. Si no sería otra cosa. Qué sé yo… bádminton. Por ejemplo.

Emigrar es encontrar puntos en común con quien se cruza en el camino. Es que un tipo de Melbourne y otro de Silla hablen de estadios en Stockport, Rochdale o Bury. Pueblos que en la vida habrían visitado si no fuera porque había partido. Es creer que vale la pena pasarlo mal un momento si la recompensa es seguir tachando nombres de estaciones de tren, de campos de fútbol y de equipos.

El fútbol construye relaciones y acorta distancias. Ayuda a sentirse como en casa, aunque uno esté temblando de frío en una grada desconocida. Pero falta ella. Ella que ya ha debutado en liga. Ella que hace cinco años no entendía porqué alguien era de un equipo. Ahora suelta un “hoy los tuyos han jugado bien” y pone un punto y final en ese momento porque le quiere. Porque en realidad podría terminar con un “para variar”. Se alegra. Piensa en él cuando ve a unos desconocidos celebrar una victoria que sabe que le hará sonreír. Pero en realidad él sonríe porque se da cuenta de que, sin saberlo, ha estado con ella durante esas dos horas. Se siente más cerca.

Emigrar es madrugar un domingo para ir a un campo embarrado a jugar un partido con la esperanza de poder salir andando de esa orgía de patadas y barro. El objetivo es integrarse. Pero de eso ya habrá tiempo para hablar más adelante.

Ay, fútbol. Qué sería de la vida sin ti.