Él estaba nervioso. La primera vez llegó tarde, tuvieron poco tiempo para charlar y se fue a casa con una sensación un tanto agridulce. Esta vez tenía que ser distinto, aunque el tiempo, otra vez, no iba a dar mucho más de sí. Ahora lo piensa y se da cuenta que casi siempre ha ido contrarreloj. Él prefiere algo más de calma.

Habían decidido ir a un bar que él desconocía por completo. Un pub, al más puro estilo británico, con nombre de estadio inglés. Pidieron y se sentaron. Él quería estar con ella pero los ojos se le iban al televisor. Había fútbol. No podía evitar echar miradas fugaces para ver cómo iba el partido. Era uno de esos partidos amistosos de fin de temporada, de los que sirven de preparación para un Mundial. Vamos, una mierda de partido. El único interés que podía encontrar en aquella pantalla era ver a la selección de aquel pequeño país del que él había regresado unos meses antes. Pura casualidad.

No quería parecer idiota disimulando que miraba la pantalla cada dos por tres, así es que decidió ponerse de espaldas al fútbol y centrarse en su acompañante. Le contó que, en efecto, tenía cierto interés en un partido en el que poca gente en el mundo podría haberse interesado. Ella lo entendió.

A ella no le gustaba el fútbol. No soportaba la gente que se quedaba hipnotizada, babeando ante el televisor cada vez que una pelota hacía acto de presencia. Sin embargo, aquella reacción le hizo gracia aquella tarde. Le pareció tierno. Por suerte -para él- tampoco le dio mucha importancia. La conversación fluyó y ambos siguieron viéndose.

A las pocas semanas, cuando ella paseaba con un amigo, vio que uno de los estadios de la ciudad estaba abierto. De par en par. Había fiesta. La curiosidad le pudo. Además, sabía que él estaría allí, y allí lo encontró, corriendo por el césped, saltando, besándola y abrazándola con fuerza cuando la encontró. Su equipo había ascendido de categoría. “Pues muy bien”, pensó ella totalmente inconsciente de lo que aquello significaba. Aún así, estaba contenta por verle feliz. “Estabas un poco infantil, parecías un niño”, se sinceró días más tarde.

El balón siguió rodando. Ella vio su primer partido en directo. Incluso llegó a hacerse una idea de lo que es ser de un equipo, algo que él aún no ha logrado explicarle con claridad.

Aquella fría y lluviosa noche, ella sintió algo antes de que empezara el partido. Algo nuevo para ella. “Estoy nerviosa, quiero que ganen”, confesó. A él le pareció adorable, aunque la nube en la que estaba se diluyó a medida que iban cayendo los goles en contra. Otra tarde, vivieron juntos un derbi, y pocas semanas después, ambos vivieron un partido de esos que uno nunca olvida. Uno en los que las emociones se intensifican y de la más absoluta de las derrotas se pasa a la alegría más explosiva e incontrolable. Uno de esos partidos que acaban con un gol en el último suspiro.

En estos cinco años, también ha habido riñas y malas caras. La vida es real, no un cuento. Y uno sabe que está profundamente enamorado cuando tras varios años de relación, no le importa -no mucho, al menos- perderse un partido por estar con ella. Pero un partido importante, nada de chorradas. Y uno se siente amado cuando pudiendo hacer otra cosa, ella va con él al partido en una de esas tardes en las que el fútbol parece el más aburrido de los pasatiempos, y no pone mala cara en ningún momento.

Ahora ella tiene botas propias, camisetas y un balón. Ahora juega en un equipo y echa de menos correr y patear la pelota si pasan varios días sin que haya entrenamiento. Él la quiere más que nunca. Ella también, claro. A él y al balón.

Ella.

Foto: Verónica Bolumar.