“Si quieres volar, debes saltar”, rezaba hace pocos días su estado de WhatsApp. No es una frase elegida al azar, ni mucho menos una coincidencia. Es el estilo de vida que ha elegido. “Siempre me he considerado una persona bastante inconformista y valiente para afrontar nuevos retos”, inicia Òscar García Junyent (Sabadell, 1973), que repasa para Highbury su trayectoria profesional, que le ha llevado a entrenar en países como Israel o Inglaterra, donde ha vivido realidades muy distintas a las que se había acostumbrado en su etapa de futbolista en España. Aún es joven, y desde su tranquila Sabadell natal espera paciente alguna oferta que le convenza para regresar al ruedo. Él es precavido, pero sus ganas de volver a dirigir un equipo le delatan, y todo hace pensar que el próximo curso le veremos entrenando en algún rincón de Europa.

 

UNA VIDA DE AZULGRANA Y UN FÚTBOL POR DESCUBRIR

“Futbolísticamente, el entrenador que más me ha marcado es Johan Cruyff, porque aprendí mucho de él. Empecé a comprender que es muy importante que los jugadores entiendan el juego, que no sean robots y se limiten a hacer lo que les dices”, afirma decidido. Òscar lo tiene claro: el holandés, que brilló como jugador en Ajax, Barcelona y la Naranja Mecánica, y luego entrenó al Dream Team, entre otros, es su principal referente, una figura paterna en el sentido futbolístico, que le ha aportado conceptos tan significativos que sin ellos costaría entender al Óscar actual. “Si tienes jugadores que entiendan el juego y saben qué hacer en las situaciones reales, es todo más fácil”, prosigue, en un lenguaje que bien se le podría atribuir a su mentor. Sus ideas, sin duda, han calado en el sabadellense.

Òscar es uno de los muchos canteranos que ha mamado Barça durante toda su vida. Pese a iniciarse en el fútbol en el Gimnàstic Mercantil, se marchó en edad alevín al Barcelona, donde estuvo hasta los 26 años, salvando un año de cesión al Albacete. Cuatro ligas, dos Copas del Rey, una Recopa, una Supercopa de Europa y una Supercopa de España después, dejó el club de su vida en busca de un destino que le asegurara más minutos, una decisión complicada de tomar. “Para alguien que se forma como persona y como jugador en el Barça, es difícil de salir de ahí, mi ilusión habría sido terminar ahí mi carrera. Pero este club siempre tiene jugadores de máximo nivel y es complicado estar muchos años. Estoy contento y orgulloso de los años que pasé ahí”, relata satisfecho de su estancia en el club catalán.

Es difícil salir del Barça, mi ilusión habría sido terminar ahí mi carrera, pero este club siempre tiene jugadores de máximo nivel. Estoy orgulloso de los años que pasé ahí

El Valencia CF, que el curso 1998-99 había ganado la Copa del Rey de la mano del italiano Claudio Rainieri, fue su próximo destino. Lo que no esperaba, sin embargo, es el rol que adquiriría con el nuevo entrenador, el argentino Héctor Cúper, con quien apenas participó en 20 partidos, un papel secundario que no dejó satisfecho al mediocentro. “Tuve el inconveniente que, desde el inicio, con el entrenador no tuve feeling. Le gustaba un tipo de jugador en el que yo no encajaba, así que aunque tenía cinco años de contrato, tuve claro que si seguía él, yo no podía continuar”, explica. Y se marchó. Pero de esa experiencia también supo sacar aprendizajes. “Era la primera vez que salía de un club como el Barça, empezaba a ver otras maneras de jugar, de llevar un grupo, otros compañeros”. En aquel plantel valencianista figuraban nombres como Claudio López, Mendieta, Kily González, Cañizares o Farinós, algunas de las piezas claves del sistema de Cúper que llegaría a la final de la Champions aquel año.

Su marcha precipitada le devolvió a Barcelona, aunque esta vez para vestir los colores blanquiazules del Espanyol. Más tarde también militó en el Lleida, donde colgó las botas con 31 años. En total, seis cursos fuera del Barça, en los que entendió que el fútbol no se terminaba en el club azulgrana. “Aprendí muchas cosas que me han servido como entrenador. Cuantos más compañeros tienes, más personalidades distintas conoces. Es una de las grandes ventajas de los entrenadores que fuimos jugadores profesionales, que hemos vivido en distintos vestuarios y conoces todas las mentalidades que te puedas encontrar”, narra sin lamentos, consciente de que su marcha del Barça le sirvió para crecer como profesional.

Óscar como jugador

En su etapa como jugador, Òscar se desenvolvió como mediocentro ofensivo.
Fuente. SQ Magazine / FCB

 

DE LAS BOTAS A LA PIZARRA

“Yo tenía claro que quería enseñar a los jugadores todo lo que había aprendido. Y qué mejor manera que hacerlo con jóvenes con talento y ganas de aprender. Tenía claro que quería empezar entrenando a la base. Fue una buena experiencia”, describe, resumiendo sus primeros pasos como entrenador. Lo acogió la Selección Catalana Sub-18, y luego prosiguió su camino cogiendo las riendas del Juvenil A del Barça, donde tuvo que aprender a lidiar con jóvenes con talento, pero también con gran ego. “Hay muchos jugadores que han debutado con el primer equipo, pero lo difícil es tener la mentalidad de seguir mejorando durante muchos años para querer seguir mejorando pese a haber debutado”, desarrolla, sabedor de que el camino hacia la cima no es fácil, y no se alcanza sólo con talento.

Una de las primeras enseñanzas que ha aplicado en los vestuarios que ha tratado es el trato diferencial dependiendo del jugador. “No todos tienen la misma personalidad ni el mismo carácter. Una misma instrucción, en tres jugadores distintos, puede ser entendida de formas diferentes. Hay normas iguales para todos, pero no se puede tratar a todos por igual”, resuelve convencido. Con el Juvenil A logró un triplete histórico, un éxito sin precedentes en el filial azulgrana, difícilmente repetible. “Conseguimos formar un equipo. Había jugadores con mucho talento, pero actuamos como un equipo, dejando de lado las individualidades y pensando en el grupo. Sino, es imposible”. Espinosa, Deulofeu o Rafinha son algunos de los resultados de aquel equipo que dirigió Òscar, y que ahora buscan su sitio en Primera División.

Su etapa en el filial azulgrana finalizó en el verano de 2012, cuando le llamó un viejo conocido de su época como jugador, Jordi Cruyff. El motivo, una propuesta inesperada: acompañarle a Israel para dirigir al Maccabi Tel Aviv, club del que el hijo de Johan era Director Deportivo. “Estaba convencido de dar el paso, tenía que aceptar el reto. Quería evolucionar como entrenador, y eso implicaba entrenar a nivel profesional”, adelanta. Una decisión valiente, pero que daría sus réditos en unos meses. “Jordi me convenció rápido del proyecto que querían realizar, y es una de las mejores decisiones que he tomado nunca”, celebra ahora, orgulloso del paso que dio en ese momento.

Fotos Àlex Caparrós y Archivo FCB

En su primer año en el Juvenil A, Òscar alzó un triplete histórico.
Fuente. Àlex Caparrós / FCB 

 

UN RETO FUTBOLÍSTICO Y CULTURAL LLAMADO MACCABI

“Llegaba con un proyecto de dos años, para intentar construir un equipo, una filosofía de juego para estar arriba e ir a Europa cada año”, recuerda de sus primeros días en el club israelí. No era el Maccabi de Tel Aviv uno de los grandes de ese país, pero aquella temporada la finalizó como campeón de liga, ganándose un billete para la competición europea. “Tuve mucha suerte, los jugadores creyeron en mí desde el primer minuto e hicimos una temporada excepcional ganando la liga”, sonríe, satisfecho de haber devuelto la gloria a un club que suele prestar más atención a su sección de baloncesto. El curso anterior el Maccabi, que llevaba diez años sin ganar una liga, había finalizado sexto, por lo que la mejoría fue notable.

Para empezar a ganar, sin embargo, tuvo que implantar su idea de fútbol. Y para ello tuvo que cambiar algunos malos hábitos. “El presidente me advirtió que eran jugadores a los que no les gustaba demasiado entrenar. No se puede generalizar, pero básicamente era así”, revela, rememorando con sorpresa lo que se encontró en el nuevo país. “El mejor jugador del equipo sólo entrenaba dos días a la semana, era la figura. También había jóvenes que seguían una alimentación poco profesional, pero para mí eso era un reto. Cambiamos muchas cosas, el modo de entrenar, las concentraciones, los horarios, el comer juntos… Todo eso lo quise cambiar desde el primer momento, y los resultados me daban la razón”, prosigue, agradeciendo la confianza que le devolvieron los mismos jugadores. “Creyeron en mí, y gracias a esto ganamos la liga, cuando nadie esperara que con esa plantilla lo consiguiera”.

A su favor, jugaba un factor, el haber sido un jugador reconocido. “Estaban muy ilusionados y expectantes de ver lo que les podía aportar. Lo noté desde el primer día”, agradece de unos jugadores que le sorprendieron por su calidad. “Técnicamente el jugador israelí es bueno, pero a nivel táctico y físico van muy justos”, comenta. Ahí también se topó con una nueva realidad cultural, personificada en un público entregado a los suyos. “Los aficionados de ahí son gente muy apasionada, muy fieles a su equipo. Gente que necesita que los jugadores demuestren que aman la camiseta, que jueguen con pasión. Pero también son sibaritas, les gusta el buen fútbol”, describe, subrayando la idea de que les gusta que su equipo tenga algo distinto en su juego. “Más que ganar, quieren reconocer a su equipo, que juegue de forma especial, diferente al resto”. Lo que más le sorprendió, sin embargo, fue otro elemento cultural: el shabat. “Durante la cena del viernes, a veces estábamos concentrados, y todos los jugadores se ponían a rezar, un ritual que te choca un poco”, destaca.

Los aficionados en Israel son gente muy apasionada, fieles a su equipo. Pero también son sibaritas, les gusta el buen fútbol. Quieren que su equipo juegue de una forma especial, diferente al resto.

 

ATERRIZAJE EN INGLATERRA A TRAVÉS DE LA CHAMPIONSHIP

“Para mí fue muy importante ganar la liga en el año de mi debut. Además, era el primer extranjero con éxito ahí. Antes habían tenido otros como Luis Fernández y Osvaldo Ardiles, técnicos que pasaron sin éxito”, concluye sobre su paso por Israel. O mejor dicho, de su primera etapa ahí, pues volvería unos meses después. Pero antes, le esperaba un nuevo reto en las islas británicas, el Brighton. “Supuso un paso adelante. Siempre había tenido la ilusión de ir a Inglaterra como jugador, una vez salí del Barça, pero no pudo ser. Sabía que Championship era la quinta o sexta mejor liga de Europa, y llegaba a un club del que me habían hablado muy bien”, recuerda.

Bruno Saltor, Íñigo Calderón, Andrea Orlandi, David Rodríguez o David López son algunos de los españoles que le acompañaron en su nueva aventura, además del Ciclón Ulloa, y que facilitaron su integración. “Tener gente así que ya conoce el club es una ayuda, me convencieron para unirme a ellos”, explica. Aterrizó en Inglaterra con un proyecto para tres años, pero su recorrido fue mucho menor, pues al final de temporada dejó el club. “Habían construido un estadio nuevo y no había mucho dinero para jugadores nuevos. Era complicado construir un equipo para subir”, recapitula, asumiendo que tuvo algunas complicaciones que dificultaron la lucha por el ascenso, un objetivo por el que lucharon a lo largo de todo el curso.

“El Brighton ya era un equipo que intentaba jugar. Yo quise cambiar cosas, porque es una liga muy física, pero me sirvió como entrenador para aprender mucho”, narra, poniendo énfasis en que tuvo que aprender nuevos sistemas para frenar un fútbol mucho más vertical. “Debía contrarrestar cómo jugaba el rival, cuando jugaban con balones largos y segundas jugadas”, añade. Como en Israel, tuvo que profundizar mucho en su idea de juego, especialmente por lo ‘desorganizado’ que suele ser el jugador inglés. “Les gusta más el uno contra uno en todo el campo. Me costó mucho que no perdieran tanto la posición, porque perseguían siempre a su hombre. En la segunda vuelta terminamos jugando como quería”, aplaude.

No todo, sin embargo, fueron buenas noticias. A mediados de temporada, el club vendió a cuatro hombres (Adam El-Abd, Ashley Barnes, George Barker i Liam Bridcutt) llamados a ser importantes de cara a la lucha por el ascenso, y que emprendieron, casi todos, rumbo hacia la Premier League, una decisión que Òscar no pudo ni quiso evitar. “Entendía que quisieran dar el salto. He sido jugador y no les podía cortar las alas. Ojalá entrene a muchos jugadores que lleguen a primer nivel”, razona, aunque a su vez lamenta que el club no le diese jugadores de nivel para compensar esas bajas para afrontar el tramo final de curso. “Pedí sustitutos de garantías. El club recibió dinero pero no se lo quiso gastar en nuevas incorporaciones, y me sentí algo mal, pues no era lo que habíamos hablado. Decidí entonces que no continuaría”, confiesa. Así, el Brighton llegó a los playoffs de ascenso, pero llegó justo de fuerzas y cayó ante el Derby County en las semifinales.

Foto Brighton And Hove Albion

Los playoffs de ascenso privaron a Òscar de alcanzar la Premier League.
Fuente. Brighton & Hove Albion FC

 

GRANDES INFRAESTRUCTURAS, MAL TRABAJO DE BASE

“En Inglaterra la gente también es muy apasionada. La estructura y mentalidad que tienen es muy buena. La televisión ayuda mucho a los clubs, y a las 15:00 h no se televisa ningún partido para que la gente vaya a los campos a ver a sus equipos”, rememora, alabando las buenas condiciones con las que se encontró en la segunda división inglesa. “Tuvimos una media de 29.500 espectadores por partido. Te da la sensación de estar en una liga mejor”, se sorprende. No es para menos, pues Championship es una de las categorías que más espectadores y dinero procedente de la televisión reúne en todo el mundo.

Las instalaciones, reconoce, son envidiables, pero tras su paso asegura que les faltan técnicos de base que enseñen de forma adecuado a los jóvenes. “Se gastan mucho dinero, pero para mí les falla una cuestión de base. Tienen buenos jugadores, buenas instalaciones, dinero para invertir, pero les falla quien controla todo esto, quien dirige el fútbol base y quién lo trabaja”, señala crítico, reflejando una de las diferencias con prácticamente cualquier cantera de un club importante en España. “Después, hay que darles oportunidades. En todos los grandes equipos hay muy pocos jugadores ingleses. A nivel de selección, es terrible”, profundiza.

Los hay, como el Manchester City, que intentan exportar modelos de éxito como La Masía, en forma de academias con todo tipo de lujos, proyectos que sólo el tiempo dirá si funcionan. “Puedes apostar por ello si después crees que estos jugadores tendrán detrás un entrenador que les haga debutar y jugar con el primer equipo. Puedes tener esa Academia para formar y vender a jugadores, o para pensar que llegarán bien formados al primer equipo”, cuenta, escéptico. “Estoy convencido, es un problema de formación, y de que los equipos tienen dinero. Aquí muchos tienen que tirar de cantera porque no pueden fichar. Es más una cuestión de necesidad que de creer en ella”, argumenta. Convertir apuestas en realidades, ese es el gran deber pendiente de la escuela británica de fútbol.

En Inglaterra hay un problema de formación. Tienen buenos jugadores, buenas instalaciones, dinero para invertir, pero les falla quien dirige el fútbol base.

 

LA GUERRA QUE PRECIPITA UN ADIÓS PREMATURO

El descontento con la dirección del club indujo a Òscar a dejar el Brighton, y su decisión le llevó a volver al Maccabi. Ahí, sin embargo, las cosas resultaron distintas respecto a su primera etapa, pues el conflicto bélico entre israelíes y palestinos había ido a más. “Pensábamos que duraría poco, pero duró más de 50 días. Yo iba con mucha ilusión de jugar competición europea en casa, donde éramos fuertes, pero tuvimos que ir a Chipre”, lamenta. Esa segunda etapa prometía grandes retos deportivos, pero no llegó a iniciar la temporada. “Si fuera soltero me habría quedado, pero mi hija tenía que empezar el cole, y un día cenando oímos un estallido y se espantó. Era principio de temporada y no me vi con la necesidad de continuar. Me dolió mucho tener que irme”; rememora sincero, un gesto en el que puso a su familia por delante del fútbol. “Fueron momentos complicados, pero el club lo entendió”, zanja sobre su decisión.

Semanas después, regresó a la Championship de la mano del Watford, donde unos inoportunos problemas en el pecho le obligaron a parar antes de tiempo. “Me hicieron pruebas y descartamos cualquier problema cardíaco, pero me dijeron que volviera progresivamente a la vida deportiva. Yo soy un profesional, y no entendía el volver ‘progresivamente’, no podía seguir los partidos desde la grada”, reconoce. De nuevo, una circunstancia inesperada volvió a precipitar su adiós de un club antes de tiempo. “No podían estar sin entrenador un mes, así que decidí rescindir el contrato para que pudieran seguir adelante”.

Dos proyectos inacabados son su último balance como técnico. Desde entonces, descansa en Sabadell, a la espera de una oferta que le convenza. “Cuando llevas toda la vida haciendo lo mismo y acumulas un período sin hacerlo, tienes el gusanillo de volver a hacerlo. Al menos he podido aprovechar para hacer otras cosas y estar con la familia. Intento sacar la parte positiva de todo lo que ocurre”, acentúa, sin ocultar que, desde la lejanía, ya echa en falta el dirigir a algún equipo. Su balance, pese a todo, es satisfactorio. “Los cambios me han enriquecido, me han ayudado a ser mejor entrenador”, apunta.

Su próximo destino, aún una incógnita. “Valoro muchas cosas más allá de la posibilidad de ganar títulos. Iré donde crea que puedo hacer mi trabajo lo mejor posible y donde crea que me lo dejen hacer con las mejores condiciones”, sentencia. Sólo tiene 42 años. y por su formación no sorprendería verle triunfar en sus próximos destinos. Así lo han hecho otros ‘hijos de Cruyff’ como Guardiola, Laudrup o Koeman, por mencionar sólo algunos. Òscar seguirá saltando, sabe que sólo así se puede volar.