“Están ante la oportunidad de sus vidas. No teman el fallo ni agachen la cabeza cuando vean cerca una de sus camisetas. Aquí los verdaderos protagonistas son ustedes porque son los únicos capaces de aportar cosas nuevas a este juego. Y eso es lo que quiere la gente. Salgan al campo y déjense la vida por esta camiseta. Es lo único que les pido”. Y los gritos y los aplausos inundaron el modesto vestuario local del Tiverton Town.

La grada del vetusto estadio de Ladysmead presentaba un aspecto únicamente recordado por los más viejos del lugar. Los asientos, desvencijados por la falta de cuidados, habían sido cedidos a las mujeres y a los niños que se habían dado cita allí. El resto de la tribuna, la única que tenía el club, era poblada por las pocas decenas de afines al club y por varios cientos de curiosos que se habían acercado a presenciar el partido. En uno de los extremos, tras un cordón policial de apenas siete policías, se encontraban los hinchas visitantes que habían llegado en dos autobuses para animar a su equipo.

La cordialidad entre aficiones reinaba en todo momento. El intercambio de bufandas se producía con relativa frecuencia y las charlas en el bar del estadio se sucedían constantemente. “Llevamos años pidiendo al Ayuntamiento que arreglen las gradas pero no hay manera. Hasta que no ocurra una desgracia no nos van a hacer caso. El fútbol modesto está abandonado totalmente“, lamentaba un hincha local mientras calentaba sus manos con un vaso de chocolate fundido.

La televisión también había acudido al estadio. La unidad móvil había sido recibida con una sonora ovación por parte de los presentes, pues el de hoy iba a ser el primer partido televisado de la historia del club. E iba a ser retransmitido por una de las cadenas más importantes del país. Era el momento de exportar a la opinión pública la imagen del día a día de un club modesto: “Estamos muy ilusionados con este partido. Es la primera vez que un grande visita Ladysmead y queremos estar a la altura dentro y fuera del campo. Como podéis ver las limitaciones que tenemos son tremendas pero hemos tratado de subsanarlas al máximo”, afirmaba el presidente ante los micrófonos del canal.

Minutos antes del encuentro, cuando ambos equipos ultimaban los detalles previos al encuentro en los vestuarios, el alcalde y su comitiva asomaban en el improvisado palco de honor ante el malestar de los presentes. La retahíla de insultos vertida fue tal que la única defensa posible por parte del mandamás fue una leve y artificial sonrisa que delató sus vergüenzas. Una vez más, aquellos que habían dado la espalda al fútbol modesto durante años pretendían colgarse la medalla que no merecían en su solapa. Pero no iba a hacerlo sin el descontento de los fieles del club.

Imagen de Ladysmead

 

EL MOMENTO DE CRAIG

El vestuario local era un hervidero de nervios. Los jugadores terminaban de prepararse para salir a jugar el partido más importante de sus vidas. Craig Harper colocaba el brazalete de capitán con sumo cuidado sobre su brazo izquierdo para lanzar a sus compañeros las últimas palabras de ánimo antes del choque: “Gente, ha llegado el momento. Estamos aquí por méritos propios y es un premio que nos regala el fútbol. Es el partido más importante y bonito que nos va a tocar jugar nunca en nuestras carreras y tenemos que disfrutarlo porque esto no va a volver nunca. ¡Vamos a por ellos, joder!”.

Craig era un mediocentro de 31 años que nunca salió del club de su pueblo. Técnico y con buen golpeo de balón, la velocidad nunca fue su fuerte. Llevaba jugando allí desde los nueve años y su padre había sido el presidente durante varios mandatos. El sentido de pertenencia que sentía por esa camiseta era único en la historia del club. Y la gente lo sabía. Frecuentaba un taller de automóviles en las afueras del pueblo. Allí, un escudo del equipo presidía una de las paredes del local. Craig lo había pintado con sus propias manos y, en palabras del señor Aldrich, del dueño del negocio, había aumentado la afluencia de clientes. Ese día, Aldrich le había dado el día libre. Nunca antes lo había hecho por un partido de fútbol jugado en casa y nunca por voluntad propia. No obstante, tampoco antes había llegado la FA Cup al pueblo.

Los equipos saltaron al terreno de juego de forma conjunta. A la izquierda, de amarillo completo, el Tiverton Town encabezado por Craig, quien portaba un banderín. A la derecha, de rojo entero, todo un Liverpool con Steven Gerrard al frente. La grada se venía abajo y no era para menos. Allí, el señor Harper, que algún día presidió el club, no pudo evitar emocionarse al ver a su hijo estrechar la mano a toda una leyenda del fútbol inglés y mundial. Lo que no sabía todavía es que la camiseta de los Reds acabaría enmarcada en el salón de su casa días más tarde.

 

UN GOL PARA LA HISTORIA

El esférico rodó y con él las ilusiones que despierta la FA Cup en propios y extraños. El Liverpool trataba de imprimir ritmo al partido mientras los locales defendían con los once jugadores en campo propio. Así fue como fueron cayendo los minutos, o eso suponemos, pues el estadio carecía de marcador electrónico y tan solo el reloj de los más atentos marcaba el minuto para el resto de la grada. Al descanso el resultado era de 0-2 favorable al Liverpool. El dominio había sido brutal y los reds habían demostrado desde el pitido inicial que no iban a regalar un solo centímetro a la posibilidad de que saltase la sorpresa.

¡Quedan tres minutos para el 90!“, gritó un aficionado en la grada para los vítores de sus compañeros de batalla, que agradecían la información brindada. El resultado era de 0-6 y la fiesta en las gradas, constante. Hacía unos minutos que el Liverpool había levantado el pie del acelerador para no ahondar en la herida de los locales. Fue entonces cuando se desató la locura. John Flanagan trataba de ceder el balón a Mignolet pero el machacado césped le jugó una mala pasada. La pelota fue poco a poco frenándose a escasos metros de la frontal del área y Craig, que conocía aquel terreno de juego como la palma de su mano, corría hacia él tras haber iniciado presión tan inteligente como innecesaria visto el resultado. De primeras y por abajo, Craig Harper batía al guardameta belga para firmar un histórico gol que será recordado por el resto de los días en su pueblo natal. La camiseta voló y en su torso desnudo pudo apreciarse un escudo del club tatuado que golpeaba repetidas veces con su mano. Se tiró al suelo y no pudo evitar el llanto mientras sus compañeros se avalanzaban sobre él como si hubiera anotado el gol de la victoria. El fútbol modesto lo volvía a hacer. Había vuelto a cumplir decenas de sueños anónimos.

 

Esta es una historia ficticia. Craig Harper nunca fue futbolista, al menos conocido. El único famoso registrado con ese nombre es un músico de jazz neoyorkino que dudo que jamás haya jugado a lo que él llamará soccer. El Tiverton Town FC actualmente compite en la Southern League, equivalente a la Segunda Regional española. Suma 31 puntos en 24 partidos y se encuentra peleando por la salvación. Desde aquí les deseamos suerte.