– Cariño, ¿estás bien?

Desde el umbral de la puerta de su habitación, la dulce voz de su mujer llegaba hasta sus oídos. Sonaba preocupada. Tenía razones para ello. Él llevaba días actuando de modo extraño. La rehuía, aunque nada hubiera pasado entre ellos que pudiera haber causado esta situación. Sentado en el sillón, le iluminaba la luz tenue de un flexo enfocado hacia la pared que tenía enfrente. Él, con la cabeza enterrada entre las manos, trataba de ignorar todo lo que le rodeaba. Pero no podía ignorarla a ella.

Se giró lentamente, y su expresión, denotando la batalla perdida contra sí mismo, habló antes que él.

«Tengo miedo, mi vida». Fue lo único que acertó a susurrar. Ella se acercó, temerosa. Llevaba días sospechando si él habría conocido a otra, si tendría algún problema en el trabajo, si simplemente ya no la quería como antes. Lo abrazó. Colocó su cabeza contra su pecho, fuese lo que fuese aquello que le pasaba, sabía que él se calmaría. Nunca fue un hombre proclive a expresar sus sentimientos. Demasiado sensible, demasiado cerrado. Alzó su mirada e intuyó qué es lo que atormentaba a su marido.

– No tienes que ir si no quieres –dijo-, ¿quieres que hable con ellos?

Él negó con la cabeza.

– No voy a hacerlo bien. Llevo demasiado tiempo parado.

– Claro que vas a hacerlo bien. Esto ya no es como antes –replicó, intentando calmarlo entre caricias-. Ya no dependemos de ello.

Él se separó bruscamente, volvió a girarse de cara a la pared y, tras suspirar, sentenció:

– ¡No lo entiendes! Ya no me dedico a ello, ¡pero sigue siendo mi vida!

Ella no lo entendía, es cierto. Veía todos los recuerdos colgados en la pared y no comprendía cómo podía afectarle tanto. A veces se sentía impotente. «¿Qué habrá en su cabeza y por qué no soy capaz de comprender del todo cómo piensa?», se cuestionaba a veces. Pero lo amaba, y sabía que, a pesar de no ser capaz de adentrarse en el mar de sus sentimientos, siempre sería la única capaz de lanzarle un salvavidas cuando estuviera ahogándose en él. Pero, al fin y al cabo, no lo entendía. Volvió a examinar la pared.

Allí, colgados, estaban los retazos de una carrera extinta. Sonreía en todas las fotos. Era feliz con lo que hacía. No era famoso, ni siquiera era el mejor en lo suyo, pero cada fin de semana era la persona más feliz del mundo. Profesión desdichada la de futbolista. Te sientes feliz hasta que un día te das cuenta de que ya no eres capaz de rendir como antes. Empiezas a ver cómo ya no eres la primera opción. Los entrenamientos no son tan divertidos como antes. De hecho, son un suplicio. Ves cómo alguien mucho más joven que tú, con esa misma mirada decidida que tú un día tuviste, con esas ganas de comerse el mundo aunque el mundo sea un pequeño estadio de categoría regional, ocupa tu posición.

Los guantes con los que debutó en el fútbol profesional. La camiseta de su último partido antes de la retirada. El premio al mejor portero de su categoría. Algún trofeo anónimo por algún torneo cuyo nombre ya ni siquiera recordaba. Recuerdos. Nunca llegó a jugar en las grandes divisiones nacionales, pero siempre pudo vivir de su pasión. Durante casi quince años, se consideró un verdadero afortunado. Su vida humilde, su carácter retraído y frugal, su tímida sonrisa cuando algún fotógrafo local quería retratar al que había sido héroe de aquel partido, contrastaban con los dispendios y el estrafalario estilo de vida de las grandes estrellas, a quienes despreciaba y admiraba a partes iguales. «Muchos piensan que eso es el fútbol», solía comentar. «Pero el fútbol está en todas partes. Y, de no ser por nosotros, los modestos, no serían lo que son». Los que sabían cómo era el balompié en la oscuridad de la tercera o cuarta división, y de ahí en adelante, le daban la razón. Los demás solamente lo miraban con indiferencia, pensando que era una pobre forma de justificar que él nunca había llegado a la élite.

Y sería mentir si asegurara que nunca había soñado con ello. Siendo un chaval, su entrenador lo motivaba diciéndole que rindiera al máximo en cada encuentro, que nunca se sabía cuándo y dónde mandaba un equipo grande a un ojeador. Nunca llegó a saber si alguno llegó a verlo jugar, pero lo cierto es que ningún grande llamó a su puerta. Ni siquiera llegó a probar en las famosas canteras del país, temeroso de la competencia. Pese a que hubiera sido fantástico formar parte de un club de tales dimensiones, él siempre prefirió ser el mejor a su nivel antes que verse rodeado de muchachos mejores que él con los que tendría que competir a escalas malsanas.

Por eso fue tan duro ver cómo un jovencito le quitaba el puesto que llevaba defendiendo años. Encima, era un rebotado de una de esas canteras. Nunca se llevó bien con él. No terminó de aceptar que, pese a su jerarquía, su dedicación, fidelidad y esfuerzo para con el equipo al que había protegido durante tanto tiempo, un recién llegado le comiera el terreno. Duró una temporada a su sombra. Algún otro equipo de la zona se interesó por él, pero ya había perdido la fe en sus capacidades y no tenía ganas de volver a luchar. Creía que, si después de haber demostrado tanto a los que le dieron la patada sin remordimientos, no merecía la pena darlo todo por nadie. Al fin y al cabo, al no tener la presión de un equipo grande para que se desarrollara y llegara a ser válido para la primera división nacional, tuvo tiempo de sacarse una carrera y tenía los contactos y ahorros suficientes como para proporcionarse una vida digna en adelante. Decidió colgar los guantes. No hubo más homenaje que una cena entre compañeros de equipo, cuerpo técnico y directiva. No se sintió cómodo. Nunca fue un carismático líder y, pese a ser el más veterano del vestuario, no llegó a colocarse el brazalete de capitán. Tampoco hubiera supuesto una diferencia para él, prefería estar en un segundo plano e intervenir cuando la situación lo necesitaba. Esa era su vida. Por eso había elegido la portería en lugar de salir a regatear o marcar goles por el terreno de juego.

Tras su retirada, se dio cuenta de que el fútbol todavía corría por sus venas. Un viejo amigo le convenció para que disputara una liga local con ellos. Eran, en su mayoría, antiguos futbolistas o proyectos de ello, que habían decidido organizar una competición amateur pero con cierto nivel. Durante unos meses, volvió a recuperar la pasión. Entrenaban de vez en cuando y jugaban los fines de semana. Él se sentía menos ágil, pero aún seguía parando balones y provocando la admiración de sus compañeros. Sin embargo, una nueva página de desgracias se escribiría en su historia. Casi al finalizar la liga, en un partido sin trascendencia, un balón suelto sin peligro se acercaba a su área. Al agacharse a cogerlo, su rodilla derecha dijo basta. Un crujido, un espasmo, la expresión de dolor al caer al suelo, gritos, las caras de preocupación de sus compañeros, la visible cojera al abandonar el terreno de juego. Se había roto el menisco. Meses de baja sin poder hacer apenas deporte. Meses de visita al fisioterapeuta y de ver los partidos de sus compañeros desde la grada, suspirando porque su sustituto no era capaz de detener los disparos que él hubiera podido salvar. Su rodilla mejoraba, pero su confianza decrecía. Se sentía viejo. Sus nuevos compañeros no eran adolescentes, pero muchos de ellos sí que eran bastante más jóvenes que él. «La experiencia es un grado», se repetía. Pero, en su interior, se iba formando la idea de que sus capacidades ya no eran útiles.

Ella había sido la fiel compañera de su vida, llevaban juntos desde que les alcanzaba la memoria. Sabía por lo que había pasado, pero esta vez no entendía qué ideas cruzaban por su mente. Raramente confesaba lo que sentía. Pero siempre daba algunas pistas que ella, a base de pasar tiempo a su lado, aprendió a usar para construir el rompecabezas que le permitiera tener una visión clara de lo que pasaba por la cabeza del amor de su vida.

– Tengo miedo, –repitió él–. Tengo miedo de volver. Ya no me noto tan ágil como antes, lo de la rodilla fue un aviso. No debería jugar más.

– ¡No digas eso! ¡Te encanta jugar! ¡Es tu vida!

Él dudó un momento. Sabía que ella intentaba ayudarlo, pero le costaba aceptarlo.

– Pero ya no valgo para esto.

– ¡Claro que vales! –dijo, a través de una cálida sonrisa–. Que no tengas el nivel ni la forma como para volver a ser profesional no quiere decir que no puedas jugar. Deberías tomártelo menos en serio. Tienes que disfrutar, como antes. Tus compañeros te echan de menos.

La miró, sin saber muy bien qué decir. Ella puso el dedo índice sobre sus labios y lo hizo callar, para proseguir con su discurso:

– Me lo has dicho mil veces. No eres una estrella, pero el fútbol se mantiene vivo por toda la gente que lo rodea. Los que lo ven, los que hablan de él, los que se dedican a ello, los que lo practican con sus amigos… –ella cogió su cabeza con sus manos y, suavemente, la inclinó hacia su cara. Lo miró fijamente-. ¿Sabes? El fútbol podría vivir sin ti. Es cierto. Pero sé que tú no podrías vivir sin él. Y, al fin y al cabo, si lo dejas, dejarás morir una parte de ti, dejarás que esos recuerdos que tienes en tu pared y en tu corazón se marchiten hasta no ser más que una polvorienta anécdota que contar sin demasiado interés cuando seas viejo. No dejes que eso pase, por favor.

Él sintió su corazón acelerar el ritmo. Algunas lágrimas brotaron de sus ojos. Ella se apresuró a limpiarlas y lo besó con ternura en la frente. Sabía que, pese a que aún estaría un par de días más encerrado en sí mismo, había sembrado la idea de volver a jugar en su mente. A ella nunca le gustó el fútbol, pero le gustaba la felicidad de su pareja. Se sentía completa viéndolo feliz. Aprendió a convivir con su otra pasión.

El día que comenzaba la temporada, ella lo acompañó al campo. No había aficionados, tan solo un rudimentario vestuario donde los jugadores se cambiaban y duchaban con agua fría como el hielo tras los partidos. Cuando comenzó el encuentro, miró a la grada como hacía siempre. En el pasado, cuando era profesional, a veces le costaba encontrarla a ella en medio de la gente. Ahora solo estaba ella. Ambos habían envejecido, pero se dedicaron la misma sonrisa que los había unido en tantas ocasiones.

Entonces, él lo comprendió. No jugaba para los aficionados, ni para el entrenador, ni para el presidente, ni para nadie. Jugaba para sí mismo, jugaba por su mujer, jugaba por su felicidad. Volvió a sentir el césped bajo sus pies, las sudorosas manos cubiertas por los vetustos guantes, la tensión cuando un delantero rival se disponía a chutar a portería. Aquel día falló varias ocasiones. Nadie lo culpó a él, aunque todos sabían que podía haber hecho más, pero volvía de un largo tiempo de lesión. El partido acabó con derrota. Nunca le había gustado perder y siempre acababa los encuentros con cara larga, fruto de la intensa exigencia que ejercía sobre sí mismo cuando no lo hacía bien. Esta vez, salió del campo con una sonrisa, buscando de nuevo la de su esposa. El equipo había perdido, pero él había ganado.

Entonces, él lo comprendió. Había sido capaz de volver. Y nunca jamás se iría.