Troy nació cuando los años ochenta terminaban. Birmingham era su ciudad y el Birmingham City su equipo. Podría haber sido del Aston Villa pero a Troy le va lo de vivir al límite. Abandonó la escuela siendo aún un crío, y con quince años no se presentó a una prueba para jugar con los villanos. Prefirió ir a beber cerveza con sus amigos. Apuntaba maneras.

A Troy le gusta la aguja y la tinta. Creció y se tatuó el escudo de su equipo en la pierna. En febrero de 2012, con 23 años, Troy decidió salir a tomar algo con su hermano y unos amigos. Algo totalmente normal para un chico de su edad. Necesitaban despejarse. Un día antes habían recibido un golpe contundente: su padre fue diagnosticado con un cáncer incurable.

Troy se tatuó la tumba de su padre mientras cumplía condena en prisión. Aquella noche en la que buscaban consuelo en el fondo del vaso agredieron a unos estudiantes y les cayeron diez meses entre rejas. Aunque en poco más de tres pudo volver a ver a su hijo, al que abrazó durante todo el trayecto entre Manchester y Birmingham. Volvía a ser libre. Aquello había sido demasiado. Tras la muerte de su padre, Troy perdió a su bisabuela y a su abuelo en tres años. Dos golpes más que supo encajar con entereza. “Fui a hablar con un psicólogo. Años antes habría ido a beber, me habría enfadado y me habría peleado, que es lo que me llevó a la cárcel”, confesó en una entrevista a The Obeserver a principios de la presente temporada.

“Marcar en el Holte End con 1000 personas insultándome sería maravilloso”

A Troy Deeney le cambió la vida. Se centró en jugar a fútbol, en hacerlo lo mejor posible sobre el césped y en ayudar al Watford a ascender a la Premier League. Y lo consiguió. Vaya si lo consiguió. Se hinchó a meter goles y ahora es el capitán y el alma de los hornets. “Cuando acabe mi carrera hay algo que quiero hacer”, confesó en la entrevista antes mencionada. “Quizá, después de todas las experiencias vividas, pueda ayudar a gente. A futbolistas jóvenes. Estoy lejos de ser perfecto pero mi principal objetivo es mejorar como persona”.

Deeney es el único futbolista que queda en el club desde antes que la familia Pozzo llegará para conseguir resultados a base de billetera. Deeney sabe de qué va esto. 84 goles y 37 asistencias desde que firmara por el club del sur de Inglaterra meses antes de aquella turbulenta noche. Pero sus raíces están un poco más al norte, en las Midlands. Y eso no lo puede negar. Porque es del Birmingham, lo lleva en la piel. Y quizá quede algo del joven y salvaje Troy. Alguien indomable e impredecible. Alguien capaz hacer público el deseo de querer marcar un gol al Aston Villa, enfrente de la grada más ruidosa de Villa Park mientras los aficionados rivales le insultan.

Era la previa del partido disputado esta misma jornada en la Premier League. Era la primera vez que se enfrentaba al Aston Villa. Y sucedió. En el minuto 85, un balón colgado al área de los de Birmingham vio como Troy Deeney se adelantaba a toda la defensa, como se elevaba en el aire, como cabeceaba en busca del gol que servía para algo más que sentenciar el partido. El delantero marcó el gol soñado por cualquier aficionado del Birmingham City. El gol que él mismo reconoció desear anotar. Gol al Aston Villa en el Holte End, el fondo más concurrido de Villa Park. Gol para sacar tres puntos de su visita a Birmingham. Gol para empujar a los villanos al abismo.

Todo sucedió como Troy quiso que pasara. Los aficionados rivales le insultaban, lo odiaban. Él se lanzó de rodillas al suelo. Lo había conseguido.