No recordaba cómo había llegado a esa camilla. Tampoco alcanzaba a distinguir qué palabras le habían dicho unos segundos antes ni quién se las había dicho. El trayecto del campo a la enfermería había pasado inadvertido en su mente, más ocupada en tratar de asimilar a marchas forzadas que la temporada acababa de terminar para él. Su mirada se perdía en el infinito techo blanco de una habitación sumida en una soledad pavorosa. Otra vez tendría volver a lidiar con todo aquello que había puesto a prueba su paciencia en el pasado, meses de esfuerzo en una complicada rehabilitación. Otra vez el cruzado.

Esta vez, en cambio, significaba su adiós definitivo. La primera vez le llegó siendo joven, todavía  con el depósito lleno y con la voluntad suficiente para reponerse ante cualquier obstáculo. A sus 28 años sabe que un jugador que se rompe por segunda vez la misma rodilla tiene que colgar las botas irremediablemente. No quería seguir engañándose a sí mismo. Esto es fútbol de barrio y, si te rompes, se acaba. El final de su travesía deportiva. Esa etapa de su vida fue más fugaz de lo que le habría gustado, pero gratificante al fin y al cabo. Ahora hace balance y puede decir que realmente ha sido feliz y se ha sentido importante, recuerda los buenos compañeros que ha tenido en los muchos equipos en los que ha jugado desde que sus impulsos itinerantes comenzaran a aflorar.

La reacción del grupo tras confirmarse los peores pronósticos de su lesión fue encomiable. Los jugadores y el entrenador  le rogaron que no le diera la espalda al equipo dado que en los últimos meses del campeonato tendrían que pelear por mantener la permanencia en la categoría. En apenas dos años había pasado a ser la alma mater del vestuario. El equipo era de los más flojos de la liga, pero él mismo se sorprendió al comprobar que poco a poco ese grupo de vecinos se había ido convirtiendo en un equipo que sabía competir. La culpa de ello, en gran parte, la tenía su llegada.

Le pidieron que fuese uno más del cuerpo técnico en la recta final del campeonato. No era fácil. El simple hecho de ver un campo de fútbol despertaba dentro de él una espantosa sensación de desgracia. Choques, disputas, hacer piña, comerse el césped… Volvería a tener esa droga ante sus ojos sabiendo que iba a ser inalcanzable para él.

Tras meditarlo fríamente en los días posteriores a su lesión, su respuesta fue “Sí”. Allí estaba al domingo siguiente, de pie, apoyado en las muletas entre el segundo entrenador y el preparador físico, preparado para arengar a sus compañeros y corregir posiciones en la medida en que se lo permitiese el técnico. Ni siquiera se imaginaba que iba a ser protagonista esa tarde. Antes de que echase a rodar el balón, los jugadores sacaron camisetas con mensajes de apoyo, cada uno escrito del puño y letra de un jugador. A la espalda, todos lucían el ‘14’. “¡Fuerza, Toni!”, “¡Mucho ánimo!”, “¡Volverás más fuerte, Toni!”. Toni no suele exteriorizar sus emociones, pero esta vez no pudo remediarlo. Varias lágrimas humedecieron su mejilla ante las muestras de cariño de sus compañeros. Jokin, su cómplice en el césped y su mejor amigo fuera de él se acercó a darle un abrazo y transmitirle un mensaje. Toni reparó en que éste no llevaba camiseta con dedicatoria. El equipo ganó ese día y sumó otros tres puntos vitales. Ya en el vestuario tras el choque, Jokin se acercó a Toni y le dio una camiseta blanca con un mensaje escrito con rotulador azul:

-”Tú eres el alma y el corazón de este equipo. No lo olvides”.

El CD Aviación alcanzó la permanencia esa temporada. Meses más tarde, su ‘14’ volvía a defender el escudo del club con el brazalete de capitán rodeando su brazo izquierdo.