“Las páginas que siguen están dedicadas a aquellos niños que una vez, hace años, se cruzaron conmigo en Calella de la Costa. Venían de jugar al fútbol y cantaban: Ganamos, perdimos, igual nos divertimos”. Así, sincero y llano, arranca el Fútbol a sol y sombra del escritor Eduardo Galeano, un uruguayo que, como muchos otros compatriotas suyos, de ese pequeño y a la vez tan grande país de tres millones de habitantes, soñó una vez en ser jugador de fútbol. Y es que el balón, también está al servicio de la literatura y los literatos.

 

UNA PELOTA PARA LA SOCIEDAD

Hay quien, legítimamente, puede ver el fútbol como un juego absurdo, más cercano al negocio de unos pocos que a un fenómeno social y cultural, que puede llegar a servir de herramienta para ayudar a jóvenes a integrarse en una sociedad, o incluso a los mayores gourmets consumidores de espectáculos deportivos, que no requieren de fanatismo para disfrutar de la plasticidad y belleza que pueden llegar a desprender algunos de sus lances. Galeano estaría dentro de este segundo grupo, ese que agradece un buen detalle con independencia de quien lo lleva a cabo. “Una linda jugadita, por amor de dios”, reclama en este recopilatorio de textos de fútbol. Ya saben, él solo era un “mendigo del buen fútbol”.

La mirada de Galeano sobre el fútbol, una de sus fuentes de inspiración, era frontal y sincera, y eso le permitía ahondar incluso en algunos argumentos críticos hacia este deporte. “El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue”, lamentaba en uno de sus textos, sin dejar que la hipnosis que somete a muchos el fútbol le afectara a la hora de ejercer juicios contrarios a su funcionamiento actual. El fútbol de hoy tiene muchas sombras, no hay duda de ello, pero no más de las que pueda tener cualquier otro sector. Al fin y al cabo, no deja de ser un potente reflejo de la sociedad de cada territorio.

Literatura y fútbol pueden -y deben, por qué no- ir de la mano. No son pocos los autores, escritores intelectuales, que en medio de sus extensas obras reservan un espacio para relatos vinculados con el balompié, un invento mundano más del hombre, y que más allá de su simple y más pura naturaleza, la que lo define como un juego practicado entre dos equipos de once. Éste goza de una trascendencia más que notable, pues ejerce una gran influencia sobre la sociedad, más de la que muchos puedan llegar a imaginar, y para bien o para mal, más de lo que algunos desearían.

Este 23 de abril, los quioscos y las librerías celebrarán un año más la llegada del día del libro. A lo largo del año, hay días importantes, fechas señaladas en rojo en el calendario, y casi todas ellas rememoran hitos pretéritos. Sin embargo, este día debe o debería ser reconocido y entendido como una mirada al futuro, como un día que reconozca los libros como la herramienta que permita educar en una cultura de paz, respeto y convivencia. El fútbol, aunque a veces parezca totalmente ajeno a esto, juega un rol cada vez más importante en ese sentido. No se trata de que haya más novedades editoriales que pisen esta temática por el mero hecho de ser un producto comercialmente apetecible, sino de que es un pincel cuya brocha puede dibujar trazos significativos en una sociedad bien avenida. Hoy, la producción literaria vinculada al fútbol es mestiza, y lo terrenal comparte estante con lo celestial. Hay de todo y para todos.

El fútbol es un milagro a través del cual Europa encontró una forma de odiarse sin destrozarse.

Paul Aster

UN DEPORTE TAMBIÉN PARA LITERATOS E INTELECTUALES 

Muchos escritores con marca global, reconocidos por sus obras de ámbitos para nada vinculados con el deporte, se han referido al fútbol desde diferentes prismas. Uno de ellos, el escritor y guionista estadounidense Paul Auster, autor de numerosas novelas, y que consideró este juego como un artilugio que podría ser de gran ayuda. “El fútbol es  un milagro a través del cual Europa encontró una forma de odiarse sin destrozarse”, exclamó, dejando claro que serviría como alternativa válida a la guerra. Una tesis parecida apoyaba Manuel Vázquez Montalbán, autor de Fútbol: una religión en busca de un dios, al sostener que “el fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño”, ideal que también compartía el argentino Osvaldo Soriano, escritor de Fútbol, relatos épicos sobre un deporte que despierta pasiones, y que proponía que “el fútbol tiene la significación de una guerra sin muertos, pero con conflicto. Con drama, reflexión e ironía. Y amalgama a la familia, cosa que no consigue la política”.

El fútbol y la literatura empezaron a ir de la mano cuando el escritor británico Rudyard Kipling tildó de “embarrados idiotas” a aquellos que lo practican. Sin embargo, décadas más tarde tuvo sus réplicas desde múltiples autores que veneraron, sin dejar de criticar, aspectos de este lindo juego. “No sería extraño que los griegos, pueblo sensual y frívolo, no hubiesen conocido un deporte con toda esa trastienda”, escribía el escritor argentino Bernardo Canal Feijóo ya en los años veinte del pasado siglo en Penúltimo poema del fútbol, la primera de sus obras publicadas. Multitud de voces respetadas dentro del mundo de la cultura, como Albert Camus o Jorge Luis Borges, por citar sólo algunos, se han aventurado a opinar de fútbol con letras escritas, bien sea a través de alabanzas o de críticas, pero algunos pocos se han atrevido a publicar obras centradas exclusivamente en el fútbol en sí, un terreno que parecen haber monopolizado los periodistas.

Además de los mencionados Galeano, Montalbán y Feijóo, el argentino Roberto Fontanarrosa, humorista y escritor, es uno de los máximos exponentes por sus muchos cuentos. El 19 de diciembre de 1917, es todo un clásico de este autor que animaba a favor de Rosario Central. “¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos el día más feliz de su vida!”, reza el cuento, uno de sus textos más famosos, y que a su vez intenta dar fe cómo importante que puede llegar a ser percibido un elemento considerado por muchos como “la más importante de las cosas no importantes”.

El intelectual debe interesarse por todo lo que está vivo, y el fútbol lo está.

Camilo José Cela.

RELATOS ANTIGUOS Y MODERNOS

Contaba el poeta urbano y ensayista italiano Pier Paolo Pasolini, escritor de ‘Ragazzi di vita’ (Chico de la vida) que el fútbol “es un lenguaje con sus prosistas y sus poetas, y que el goleador siempre es el mejor poeta del año”, respondiendo de forma elegante a quienes le cuestionaron acerca de los nexos lingüísticos que separaban artificialmente a literatos, periodistas y futbolistas. “El futbolista, antaño, saltaba al césped con la esperanza de desarbolar por juego al adversario. Hoy salta con la intención de inmovilizarlo. Desde este enfoque resulta palmario que el que intente el ataque, al abrirse, lleva las de perder”, dilucidaba Miguel Delibes en El otro fútbol, una reflexión personal acerca de los propios elementos futbolísticos en la que recuperaba una visión parecida a la de Galeano, siempre contrario al fútbol defensivo y poco atrevido.

El también español Camilo José Cela se atrevió asimismo con Once cuentos de fútbol. Esa misma temática, el fútbol, no suponía problema alguno para él, pues argumentaba justamente lo contrario a quienes criticaban su sencillez. “El intelectual debe interesarse por todo lo que está vivo, y el fútbol lo está”, defendía, advirtiendo que “el fútbol embrutece sólo al que ya viene bruto de su casa”. Una mujer, la novelista y ensayista argentina Liliana Heker, autora de La música de los domingos, amplió ese argumento, ofreciendo al mundo de la cultura un amplio abanico de posibilidades que algunos ya habían descubierto: “Muchos escritores son hinchas apasionados, no hay un rechazo particular en el gremio. Yo tengo una relación apasionada desde muy chica. Para la literatura es un campo interminable, ya que el deporte pone en juego conflictos muy interesantes”.

Otros, como el célebre historiador, escritor y periodista polaco Ryszard Kapuscinski, apostaron por un género algo distinto, haciendo gala de su condición de periodista. Así, en La guerra del fútbol, analizó la situación que vivían zonas inestables por diversos conflictos bélicos como el Congo, Argelia u Honduras, a través del relato de algunos partidos de fútbol. Un elemento que encontró su heredero en Simon Kuper, y su Fútbol contra el enemigo, una crónica de dos años de viajes por el mundo en la que trasladó el momento social y político de muchos países del mundo a través de los giros del balón. Muchos nombres quedan en el tintero, casi tantos como balones ruedan en los estadios de todo el mundo un domingo cualquiera, o páginas de libros se pasan en una tarde de vacaciones. Así que ya saben, en el día del libro, el fútbol también puede ser una apuesta cultural.