Algo más que dos clubs de fútbol se verán las caras en Londres. En la actualidad, son las estrellas del césped las que mejor representan a Chelsea y Paris Saint-Germain, dos entidades que no hace tanto eran más protagonistas por lo que ocurría en las gradas y fuera de ellas. Las medidas tomadas en las últimas dos décadas para alejar a los aficionados violentos han permitido que sus campos sean más seguros. Los grupos ultras de ambos han perdido fuerza, pero pese a todo, aún no han desaparecido.

DE EDWARD A LOS HEADHUNTERS

Terminaba el año 1877 en Londres, donde un tipo llamado Edward Hooligan, que pasaba muchas tardes emborrachándose para luego pegarse con obreros, daría nombre a muchas personas de los barrios marginales ingleses que se identificaron con su conducta y la imitaron. El estereotipo de los primeros hooligans era el de un hombre vago, con tendencia a beber alcohol y con gusto por la pelea. El fenómeno empezó de la nada, pero fue creciendo hasta derivar en bandas callejeras organizadas que más tarde se enfundaron las camisetas y bufandas de determinados equipos británicos. A principios del siglo XX, casi todos los clubs ingleses tenían algún pequeño grupo de hooligans, es decir, una cuadrilla de radicales.

Estos ultras tomaron ideas de la cultura suburbana skinhead, que se fue desarrollando a partir de la segunda mitad del mismo siglo en las islas británicas, y entró en el fútbol a través de este tipo de aficionados. “Aquello reflejó bastante la sociedad. El fútbol era mucho más un deporte de clase trabajadora que, por ejemplo, el rugby”, apunta el periodista inglés Paul Giblin, que señala “el ambiente” de este deporte como el factor clave que decantó este tipo de aficionados hacia el fútbol. “Entonces era un mundo donde las reglas de la sociedad no existían”, prosigue.

El fútbol era un deporte de clase trabajadora, y reflejaba mejor la sociedad que otros como el rugby.

Paul Giblin.

 

Padre e hija comparten actitud. (Foto: Youtube)

En el caso del Chelsea, los hooligans se hicieron llamar Headhunters, y sus primeras revueltas empezaron en la década de los años 60, aunque no fue hasta los 80 cuando tuvieron más trascendencia. “Fue a raíz de la presencia de los cabeza rapada neonazis cuando cobraron mayor protagonismo”, explica el historiador Carles Viñas, quien pone en relieve algunas de las principales particularidades del mismo grupo. “Además de ser uno de los más beligerantes, una de sus características más importantes fueron los enlaces que mantuvo con la extrema derecha británica, entonces representada por el National Front y el British Movement. Destacaron, sobre todo, por la ostentación de un nacionalismo extremo, racista y anti republicano irlandés”, desarrolla Viñas.

En la actualidad, Chelsea se configura como uno de los barrios más opulentos de Londres, pero esta circunstancia no siempre ha sido así. Años atrás, una de las zonas más céntricas de la capital inglesa era un territorio bohemio que acogía a artistas, pero que no se alejaba mucho de algunos barrios conflictivos. “Cruzando el río hacia al sur de Fulham y Wandsworth, había barrios muy chungos. Los peores hooligans vienen de estos sitios”, explica Giblin, que reseña la poca afluencia al campo como un factor clave para entender el protagonismo de los Headhunters. “Lo que los destacó era que entonces no iba tanta gente a Stamford Bridge, y se notó mucho su presencia en The Shed”. El fenómeno hooligan era algo que empezaba entonces a extenderse y consolidarse en casi todos los equipos, a través de sus football firms (grupos de aficionados ultras). Clubs como el Chelsea, en ese momento, no dedicaron grandes esfuerzos por erradicarlos. “No les dieron facilidades, pero tampoco hizo mucho para frenarlos”, relata el periodista de Gol Televisión.

 

EL ‘HOOLIGANISMO’ SE EXPANDE A FRANCIA

En la década de los setenta, debido a la proximidad geográfica con Gran Bretaña, Francia se impregnó de la cultura del hooliganismo. La importaron al país galo unos estudiantes de la escuela Saint-Suplice de París, que viajaron a las islas británicas en 1979 para aprender el idioma. A partir de entonces, Francia se convirtió en un foco de irradiación de los cabezas rapadas, que encontraron en el fútbol un lugar donde agruparse y expresarse impunemente. “A partir de la eclosión de los skinheads en Francia se produjo una irrupción estética y de comportamientos en las gradas, principalmente en París”, expone Viñas.

En sus inicios, sin embargo, la presencia de los cabeza rapada no implicaba nada delictivo, algo que sí ocurriría poco después. “El movimiento ultra llegó a Francia un poco en Marsella (Commando Ultra 84), pero sobre todo en París con los Boulogne Boys 85. Pero fue sólo un movimiento ultra: nada de violencia, nada de política”, matiza un abogado francés seguidor del Paris Saint-Germain. Fue en los preludios de la década de los 90 cuando los hooligans franceses empezaron a crecer en fuerza y peso, pero ellos no llevaban la dirección del ambiente en las gradas. “En sus inicios, los hooligans no se constituyeron en asociaciones ultras. Ellos no participaron directamente en la vida de los aficionados. Siguieron el movimiento del ambiente, pero no llevaban la iniciativa. A veces les llamamos los ‘Independientes’”, cuenta el mismo abogado.

Los primeros grupos ultra no llevaban la iniciativa en los estadios. No eran tampoco un movimiento violento ni político.

Pequeños organismos como los Boulogne se convirtieron rápidamente en una referencia en Europa. “Ellos eran interlocutores dentro del club, negociaban tarifas populares y organizaban el ambiente (cánticos, tifos, desplazamientos…), apunta el abogado. Violencia, racismo, gamberrismo y fascismo encontraron un hueco en el fútbol parisino de la mano del Kop of Boulogne, un fondo que nació como un intento de imitación del Kop de Anfield, pero que se impregnó de skinheads. “Fue una grada muy diversa, por lo que es difícil hablar de particularidades”, apunta el aficionado del PSG, esquivo a definir con concreción las características de la mayoría del grupo, pese a reconocer que “una minoría de sus miembros, violentos y racistas, se apoderaron de la mayoría, que no supo cómo reaccionar”. Boulogne Boys, Brigade París, Gavroches, PAC o Rangers eran algunos de los subgrupos que integraban el KoB, además de los independientes y otros espectadores anónimos.

Un tifo del KoB, llenando todo un gol del Parque de los Príncipes. (Foto: Melty.fr).

A causa de estos grupos, el Parque de los Príncipes dejó de ser un campo familiar, para convertirse en algo parecido a una caldera. “La grada adquirió entonces la imagen de la violencia y el racismo. En Francia, los aficionados del PSG nunca han conocido equivalentes a ellos, fue en París donde había más grupos ultras y con más miembros en estas asociaciones. Estamos hablando de entre 3.000 y 4.000 personas”, lamenta el abogado. “Gracias a la acústica del campo, se volvió el más ruidoso del país. Había noches en las que el estadio vibraba con el sonido. Los tifos eran excepcionales, hechos 100% a mano, y exclusivos para cada partido. Los ultras parisinos fueron respetados por su saber hacer único y sus grandes capacidades de movilización”, explica.

 

ULTRA DERECHA E IZQUIERDA EN UNA MISMA GRADA

La presencia de ultras en Francia era un hecho contrastable en los 90. Su acceso a los campos, sin embargo, no fue ni mucho menos casual. Y tampoco fue cosa del azar los enfrentamientos entre una misma afición que sufriría el PSG. Por partes. El surgimiento y auge del KoB lo propició precisamente el propio club, que alimentó la entrada de los violentos a su estadio al abaratar los precios de las entradas. Era una medida destinada a fomentar la presencia de jóvenes que diesen ambiente y una mejor asistencia, pero no calcularon los riesgos que aquello podía conllevar.

Consolidado el KoB, el PSG quiso minimizar su peso fomentando la creación de otro grupo de animación en el sector opuesto del estadio. Así se formó el Auteuil, un conglomerado de grupos que, a diferencia de lo que predominaba en el KoB, había una mayor multiculturalidad, personas en su mayoría inmigrantes procedentes de los suburbios. “El club quería suprimir la violencia de Boulogne, y para ello les dio subvenciones y materiales. Primero fue una rivalidad ambiental, luego se convirtió en una rivalidad social y política”, desvela el aficionado francés. La ideología del Auteuil, además, era radicalmente contraria a la de sus convecinos. Así pues, radicales de ultra derecha e izquierda pasaron a compartir un mismo campo. “Algunos subgrupos del Auteuil como los Lutece Falco o los Supras nunca quisieron convertirse en un contrapunto del KoB. Sin embargo, los Tigris (antifascistas), sí que trataron de hacerse con la hegemonía en las gradas del Parque de los Príncipe”, apunta Viñas.

El PSG quiso suprimir la violencia del KoB creando el Auteuil; primero fue una rivalidad ambiental, pero luego se convirtió en social y política.

Con dos fondos tan activos, la asistencia al estadio se disparó. Lo que no calculó la dirección del club es que ese conflicto ideológico podría traer duras consecuencias. Paradójicamente, dos facciones ultras de un mismo club sentían más repulsión entre sí que entre aficionados de equipos rivales, incluso del eterno rival, el Olympique de Marsella.”El fútbol siempre es un reflejo de la sociedad, del contexto en el que se encuentra. Esa afición, igual que la del Chelsea, representaba las transformaciones de todo tipo que experimentaba la juventud en cada ciudad”, expone Viñas, que aporta una visión que suscribe el abogado parisino. “Lo que se vivía en el campo se trataba más de una división política francesa entre las franjas más virulentas (extrema derecha contra los antifascistas) que una situación social concreta en París”.

En el otro gol, los Auteuil se encargaban de hacer ruido, pero de izquierdas. (Foto: PSGclan.com).

 

LA EXPULSIÓN DE LOS ESTADIOS

“En los inicios, era un fenómeno que estaba eclosionando. Nadie conocía su existencia. Poco a poco las autoridades y la policía se dieron cuenta que los incidentes proliferaban, pero pese a esto no se convirtió en una prioridad en materia de seguridad”, apunta Viñas. El fin de la presencia de hooligans en Stamford Bridge y el Parque de los Príncipes tuvo su semilla en sendas tragedias. Heysel, Hillsborough y Bradford en el caso inglés, y la muerte de un seguidor del KoB, Yann Lorence, y otro aficionado a manos de un policía, en el caso francés, fueron los detonantes que indujeron a las autoridades, más que a los propios clubs, a tomar cartas en el asunto, cortando de raíz tales enfrentamientos. “Fueron un punto de inflexión, pero ya estamos hablando de la segunda mitad de los años ochenta”, señala Viñas.

La impunidad de ciertos actos parecía incontrolable por las autoridades, que tardaron mucho años en resolver este problema. “Entonces los campos eran de gran parte de pie, con quizás la tribuna con asientos, así era más difícil controlar individuos y grupos”, explica Giblin, quien señala el Taylor Report (un paquete de medidas impulsado por el Gobierno del Reino Unido para reducir el vandalismo y aumentar la seguridad en los estadios británicos) como la principal medida para ahuyentar a los violentos de los campos. “Recomendó campos 100% sentados. El fútbol se hizo más caro, pero también hubo un movimiento más intelectual en contra de la violencia. Con la Premier League, todo se organizó mejor”; resume el periodista inglés.

Quien más hizo para erradicar la violencia en el PSG fueron las autoridades públicas. El club colaboró, pero procuró mantener cierta equidistancia

Carles Viñas.

La opinión de Viñas complementa otro hecho que aporta el abogado francés. “Las autoridades disolvieron estas asociaciones, pero si no hubiera habido ninguna muerte en 2010, nada habría cambiado”, subraya dicho seguidor. En Francia, un policía vestido de civil mató por error a un aficionado que no estaba involucrado con unos altercados entre hinchas del PSG y el Hapoel Tel-Aviv. Cuatro años más tarde, la violencia resurgió en París, donde antes de un clásico contra el Marsella, una pelea entre hinchas del KoB y el Auteuil derivó en la muerte de un ultra del primer grupo, Yann Lorence. Era la primera vez que los grupos del Auteuil se decidían vengar de las agresiones sufridas por el KoB, que por aquel entonces ya estaba bastante desmantelado. Sería la última vez, porque tras aquello, el Auteuil quedó disuelto, y el KoB, condenado a desaparecer.

El KoB rindió un sentido homenaje al desaparecido Yann Lorence. (Foto: Fans Supporters).

Al club parisino no le quedó otra que actuar con dureza, presionado por los poderes públicos. Así, su presidente, Robin Leproux, aplicó un plan (Plan Leproux) que tenía como objetivo erradicar la violencia de todo el estadio. “Limitó la creación de nuevas asociaciones, prohibió temporalmente los abonos en los goles, instauró la colocación aleatoria (no más de cuatro amigos en una grada) y preparó un reglamento interno (sentarse, no fumar…)”, enumera el abogado parisino.

 

DEL RUIDO AL SILENCIO

Las posteriores ventas de Chelsea y PSG a Roman Abramovich y Qatar Investment Authority, respectivamente, no hicieron más que profundizar en esos procesos de ‘limpieza’ en las gradas. Ambos clubs despidieron a los radicales del campo, pero  también a parte de su esencia, pues ambos descuidaron el ambiente.”El PSG ha perdido parte de su identidad. Es cierto. Para separar a 500 violentos, ha ‘expulsado’ a los 13.000 abonados históricos que acostumbraban a venir antes de 2010.”, explica el seguidor parisino en relación a la subida de precios de las entradas que aplicó su equipo. “Es bastante posible crear una nueva atmósfera sin violencia, pero el PSG no quiere. Prefiere pelear los contrapoderes como las asociaciones de aficionados que permitir el retorno del ambiente popular. Esto le permite multiplicar los precios por tres”, reprocha descontento.

Hace apenas unos meses, Le Parisien reveló que de los 45.000 abonados al PSG, únicamente 32.000 acuden al estadio contra los equipos pequeños, dato que corrobora la teoría del abogado parisino. “El Parque de los Príncipes ya no es un lugar con pasión, sino un sitio de entretenimiento de lujo. Con estos precios han alejado del estadio al público popular. Mató a la atmósfera, que en las últimas décadas era la única cualidad del club. Hoy, es un fracaso”, se sincera en un tono abiertamente crítico. “Intentan transformar la fisonomía de las gradas expulsando a los fans y sustituyéndolos por espectadores-consumidores”, se suma Viñas.

El Parque de los Príncipes ya no es un lugar con pasión, sino un sitio de entretenimiento de lujo. Se ha matado la atmósfera.

 Asegura un seguidor del PSG.

En Stamford Bridge, más de lo mismo. “El éxito trajo más aficionados, y las voces violentas eran cada vez más minoritarias. Además, el campo es más caro. El clima de la sociedad ha cambiado por completo. En los 70 y 80 Inglaterra era un país muy fracturado socialmente con el fin de la industria, el paro y Margaret Thatcher, que no hizo más que calentar ambientes”, apunta Giblin, que también suscribe la teoría de que el estadio de los blues ha perdido buena parte de su ambiente. “Por algo les llaman Plastic Blues”, ironiza sobre las banderas de plástico usadas en el Bridge, y que han sido motivo de burla por parte de otras aficiones. Ganar dinero a costa o en perjuicio de los decibelios en el campo, una estrategia con la que parece se sienten muy cómodos los dirigentes de ambos conjuntos.

Stamford Bridge ahora luce más por sus estrellas futbolísticas que por el ruido en las gradas. (Foto: HITC Sport)

“Si quisiera ambiente, el PSG dialogaría con los ultras que han demostrado inteligencia y responsabilidad. Pero se niega a vender sus abonos, ha creado una lista negra, ha impuesto la colocación aleatoria y obliga a la gente a permanecer sentada”, analiza el abogado francés, idea parecida a la defiende Viñas, que tampoco ve claro que los estadios puedan recuperar el ruido que tuvieron antaño: “Veo difícil que se vuelva a revivir el ambiente de las décadas anteriores, hay demasiados prejuicios e intereses en juego, sobre todo si no se apuesta claramente por potenciar los grupos de animación pacíficos”.

Esta última cuestión, la de animar sin violencia, es hoy en día una de las grandes quimeras a las que muchos clubs europeos quieren encontrar solución. “Estoy a favor de que vuelvan unas gradas de pie, quizás para unos dos o tres mil fans. Sería más barato para ellos y daría un punto más de ambiente sin ser demasiado grande para ser controlados”, propone Giblin. La solvencia económica y la tranquilidad deportiva que viven hoy en día Chelsea y PSG evita que sus dirigentes requieran de la necesidad de más ambiente en las gradas para sacar adelante sus equipos, antes alimentados por el aliento de los suyos, ahora por los billetes de sus opulentos propietarios.

Pese a todo, los violentos, ahora fuera del estadio, no han desaparecido, y siguen haciendo actos de presencia en ocasiones puntuales, como las destrozas que ocasionaron algunos radicales del Chelsea en París la temporada pasada, o los gritos racistas en el metro a un aficionado parisino esta temporada. “Hay grupos que viajan al extranjero que quizás no asistan tanto a los partidos en casa. Creen que fuera de Inglaterra la ley no existe y se van a armar follones”, apunta Giblin, que compara esta situación con la que se vive en Magaluf. “Sobreviven como pueden. Es muy complicado erradicarlos, para ellos es un juego, como el del gato y la rata, con las autoridades”, sentencia Viñas. Chelsea y Paris Saint-Germain, dos vidas paralelas entre clubs que pasaron de los cánticos y la violencia sin control al lujo más silencioso.

‘Esto es París’, reza el lema del campo del PSG. Lo que ya no es, es violencia. (Foto: Info-stades.fr).