En Tamale, tercera ciudad en población de Ghana, muchos niños pasan sus horas libres corriendo detrás de un balón en mal estado en un campo de tierra con superficie irregular. La mayoría son musulmanes, van a la mezquita a rezar, y cuando vuelven ya están pensando de nuevo en el balón. Nada nuevo, pues es algo que se repite en miles de niños de cualquier otra parte del mundo. Su suerte, sin embargo, cambió a finales de 2014, cuando un joven periodista catalán, Sergio Ripollés, les hizo una promesa que ahora ansían con ver cumplida: jugar un torneo de fútbol en Europa.

 

DE LA GRATITUD A LA PROMESA

“Todo surgió porque estuve dos semanas en Ghana y creé unos vínculos muy grandes con los niños”, arranca Ripollés, iniciador de un proyecto que lleva por nombre Unity Stars to Europe, y que ahora se encuentra realizando los trámites necesarios para lograr que algunos de los niños con los que coincidió allí puedan viajar al Viejo Continente en los próximos meses para jugar en el MIC (Mediterranian International Cup), un campeonato de fútbol base para niños de distintas edades de todo el mundo, y que se disputa en la Costa Brava catalana. “Pensé, les he de devolver toda la gratitud que me transmitieron allí, y se lo prometí”, relata Ripollés, quien sonríe al recordar su corta estancia en ese país.

“Ellos viven en un descampado, con casas de fango y paja, pero a la que pueden, se van a un bar donde tienen televisión a ver partidos de la Premier y la Liga”, cuenta el periodista, al que sorprendió el extenso conocimiento de esos niños: “Jugábamos al ahorcado sobre equipos de fútbol, y un niño me dijo: “¡El Numancia!” ¿Cómo puede ser que en un pueblo del norte de Ghana conozcan al Numancia?”. Una exclamación sin duda reveladora, y que ayuda a entender por qué motivo muchos llevan camisetas de fútbol de equipos de todo el mundo, especialmente del Barça y del Chelsea (por Mickael Essien).

Una tendencia a la que contribuyó el propio Ripollés. “A los que entrenaban mejor, al final de cada entrenamiento les daba una de las camisetas que recogí de mis viajes con la Fox. Hay algunos que tienen de Jamaica, Valldoreix, Andrés Guardado, Inglaterra, Twente, PSV o Palermo”, explica el periodista, que no dudó a la hora de adquirir una camiseta de la selección nacional ghanesa. “Ahí te ponen el nombre de pila del día que has nacido, en mi caso, Kopi”, añade. El viaje, aunque tiene el fútbol como anzuelo, forma parte de un proyecto  que pretende fomentar que esos niños vayan a la escuela. “Es un proyecto educativo que pretende sacar los niños del extrarradio de Tamale, y con la excusa del fútbol, devolverles a la escuela, donde algunos no iban. Sin la educación, esto no tendría sentido”.

 

EL FÚTBOL COMO ANTÍDOTO

Según datos del Banco Mundial, en 2012 la tasa de pobreza nacional en Ghana era del 24,2%, y su esperanza de vida, de 61 años, dos cifras que ayudan a entender por qué son frecuentes en ese país voluntariados como los que hizo el propio Sergio Ripollés. “Quise sentirme útil, no quería cambiar la forma de ser de la gente, sino entender sus costumbres, y enseñarle las pocas cosas que les podía aportar”, asegura. Y ahí, entró en juego este deporte llamado fútbol. “Siempre iban con un balón debajo del brazo. El fútbol es su antídoto. Aquí la gente es feliz, a pesar de las dificultades que pasan, siempre sonríen, el fútbol es una ilusión”, aporta Ripollés, quien asegura que “no se pierden un partido del Barça aunque no tengan dinero para pedir una bebida en el bar: se esconden tras la puerta, que es una simple tela, para ver el partido”. Su selección, por cierto, quedó subcampeona de la Copa de África 2015 disputada en Guinea Ecuatorial, y alcanzó los cuartos de final en el Mundial 2010 de Sudáfrica. 

No son pocos los problemas con los que viven estos y otros muchos jóvenes africanos, que han de caminar durante kilómetros para ir a buscar agua. “Si van varios, se van pasando un balón”, aporta Ripollés. No es un remedio a sus penurias, pero sí una forma de dejarlos de lado y de ser feliz por momentos. Lo que percibió el periodista del carácter de esos jóvenes, sin embargo, dista mucho del drama. “No tuve la sensación de tristeza, la gente vive tranquila, con sus limitaciones, y tira adelante así. Tiene ganas de mejorar su vida, y les molesta que los de fuera les quieran cambiar, pero simplemente es una cultura diferente”, expone.

Contrariamente a lo imaginable, que sería pensar que el fútbol africano se basa únicamente en un juego físico, aquellos chicos ghaneses tenían un gran dominio del balón. “El campo está en muy mal estado, los balones también, y no tenían ni botas… a pesar de ello, jugaban con gran facilidad, y tocaban el balón muy bien”, recuerda Ripollés, que se encargó de mandar material a esos jóvenes para que pudieran entrenar en condiciones. “Les enseñé a lanzar córners y a hacer algunas jugadas de estrategia, y me sorprendía porque con 12 o 13 años, incorporaban muy rápido esas ideas”, exclama, enfatizando en la motivación que supuso para ellos practicar este deporte: “Tienen muchas ganas y se lo curran, es su ilusión, y si tienes, las cosas salen”.

 

RESPETO Y VALORES

Aunque para ellos fuera y siga siendo una gran motivación, el fútbol solo es un juego que, por ahora, les hace felices. Muchos no aspiran a convertirse en profesionales, sino que piensan en otras profesiones. Todos ellos, sin embargo, reflejan unos valores poco comunes. “Los niños eran muy agradecidos, tenían mucho respeto a la gente mayor. Valoran que seas allí por ellos, y te van a buscar para ir a clase”, rememora Ripollés, a quien sorprendió la “seriedad” con la que celebraban los goles.

Los festejos venían después, como recompensa a sí mismos tras un trabajo bien hecho. “Tras empatar un partido ante chicos de 17 años, se pusieron a bailar. Su mentalidad es priorizar el esfuerzo al resultado”, subraya Ripollés, quien no recuerda “ninguna mala cara”, sino que, al contrario, destaca el buen ambiente que reinaba en el grupo. “Había mucha solidaridad entre compañeros, eran los valores más puros: protegían a los pequeños, se animaban entre sí, aplaudían al que marcaba un gol… es el fútbol en su esencia, sin egos”, relata.

La religión está muy presente ahí, y algunos padres veían la educación de los voluntarios como una forma de cristianización de la educación”, lamenta Ripollés, quien celebra que su proyecto contribuya a lograr que los niños vuelvan a ir a la escuela. “Es una colonia inglesa y hablan inglés, y aunque algunos un poco limitado, te vas entendiendo con ellos”, asegura.

 

UN VIAJE COMPLEJO

Tras contar con la aprobación de los padres y el apoyo de la ONG Esport Solidari Internacional, fundación catalana vinculada al deporte y a África, Ripollés busca ahora zanjar cuanto antes los “difíciles” trámites que exige una empresa de tal magnitud. “La ONG les mandó el material que les facilité. Ahora, lo más complejo, es conseguir los visados y el dinero, unos 25.000 euros que trataré de reunir de jugadores, torneos benéficos y otros donantes”. Algunas entidades como el Junior, club de hockey hierba de Sant Cugat, ya les han hecho llegar material para que puedan entrenar. El propio periodista se quedó sin botas, pues las últimas que tenía se las regaló a uno de los niños que entrenaba descalzo.

“Se trata de que abran los ojos, de que vean cosas nuevas y eso enriquezca su comunidad. El viaje les cambiará la vida”, defiende Ripollés, cuando aún quedan varios meses hasta el MIC, que se disputa en marzo. Mientras, los niños ya llevan tiempo preparándose. Jugar contra equipos como el Barça o Brasil, un sueño al alcance de unos niños que, por unos días, serán los protagonistas al otro lado del televisor.