Crecer sin Maradona, además de un libro, es una putada. Es renunciar al fútbol. Quedarán interminables listas de reproducción en Youtube donde ver una y otra vez la jugada de todos los tiempos, la mano de Dios, sus regates, caños, carreras, tiros libres… Incluso sus calentamientos. Quedará, pero no será igual. No se trata de cómo acariciaba y cuidaba la pelota como si ésta pudiera sentir y agradecer el trato no separándose jamás de él. Ni siquiera se trata de qué escudos defendió. Porque el fútbol va más allá.

El balompié es bello y precioso un instante y cabrón y perverso al siguiente. Como la vida. Y como en la vida, hay actores fabulosos, fascinantes. Gente cuyo carácter y personalidad despierta e inspira al resto de mortales. Porque uno ve cómo creció el diez, sin nada, y cómo a base de trabajo, sacrificio y talento logró labrarse un futuro que difícilmente se lograría de otro modo. Muestra la posibilidad de alcanzar aquello que se desea, y lo sencillo que puede resultar perderlo todo si uno pierde lucidez.

Porque Maradona también enseña en la derrota. Muestra el lado oscuro y tenebroso del fútbol como el padre que no esconde a su hijo que la vida, a veces, es una puta mierda. Diego Armando Maradona es aquel cuya aura dejó de brillar con tanta potencia por culpa de los errores que cometió. Pero salió adelante. Y siguió amando el fútbol como aquel que ama a la vida pese a los golpes que ésta le propine. Ya saben, la pelota no se mancha.

Me queda el mal sabor de boca de haber podido ser más de lo que fui

Maradona.

Y quien se acuerda de Maradona, puede hacer lo propio con Sócrates que junto a sus compañeros del Corinthians iluminó la senda que debía conducir a Brasil hacia la democracia. Una vez salió de la oscuridad, no cesó en su empeño de seguir peleando por un mundo mejor, dentro y fuera del verde. Y quien se acuerda de Sócrates también puede hacerlo de Rogério Ceni o Francesco Totti, cuyos corazones les impide jugar para otro club que no sea aquel que amaron de pequeños.

Habrán cometido -y cometerán- errores, como todos. La cagarán y volverán a levantarse. Asumirán el fallo y seguirán hacia adelante. Sin esconder sentimientos ni emociones. Como las personas corrientes. Personas que marcaron goles sobre el asfalto y la tierra antes de poder hacerlo sobre el césped. Y nos quedamos sin ellos.

 

CRECER EN LA CALLE

Nos quedamos sin ellos a medida que el fútbol se aleja de la calle. El asfalto, los bloques de edificios que forjan un carácter y humanizan a las personas. Los argentinos llaman potreros a cualquier lugar donde los futbolistas que se pelan las rodillas y los codos  improvisando partidos bajo cualquier condición. Cada vez hay menos potreros y más futbolistas de academia. Humanos deshumanizados, que no hablan como piensan, que no actúan como quieren sino como deben. Ellos son los primeros robots que el hombre -y/o la mujer- ha creado a su imagen, pero no a su semejanza. Porque no se parece.

Quedarán los registros, las estadísticas y los números como quedan los álbumes de oro de cualquier abominable canción del verano. Pero nada más.

Se busca la perfección y se olvida que el fracaso es aquello que define al ser humano. El fracaso y la tozudez por seguir intentando lograr aquello que parece inalcanzable. Por eso el fútbol se parece tanto a la vida. Por eso es tan popular. Porque sentir la emoción de un gol y no desear -o temer si lo marca el contrario- experimentarlo otra vez es como vivir sin ganas. Como un chiste sin gracia, un fin de semana sin fútbol, o como crecer sin Maradona.