Se me parte el corazón. Cada vez que paso por el pequeño parque de al lado de la casa en la que me crié y veo aquel rectángulo de césped, al fondo, vacío y sin más vida que la de la verde y húmeda hierba, me hago una pregunta. ¿Qué hemos hecho mal? Dos mil quince, vivimos una digitalización de la sociedad que avanza vertiginosamente hacia metas que, cuando estábamos por celebrar la llegada del nuevo milenio, no hubiéramos acertado siquiera a imaginar. La vida parece más fácil: automatismos y procesos mecanizados hacen que tareas que otrora eran costosas se hayan convertido en nimiedades tales como pulsar un botón y listo.

Parece ser que los padres también han visto cómo su tarea educativa se ha simplificado. Una pantalla (más aún si es interactiva) retiene la atención de los retoños como si de una supermodelo desfilando delante de un puñado de solteros desesperados se tratara. No hay quien quite su mirada de ella. El estilo de vida de los niños ha cambiado. Ellos, nativos digitales, conocieron el mundo así, pero los que supimos lo que hubo antes vemos esta modernidad tan aclamada como algo decadente. Pequeños seres, llenos de energía e ilusión, vitalidad y travesuras, encerrados voluntariamente entre cuatro paredes viendo su infancia pasar a través de lo que su tableta de turno les muestra.

No podemos culparles. No son responsables de lo que nosotros, como sociedad, hemos introducido en sus rutinas. Ahora, algunos nos lamentamos. Pero no es demasiado tarde.

Fuente: elnuevodiario.com.ni

Cada vez menos niños eligen jugar al fútbol en el parque en lugar de en la consola – Fuente: elnuevodiario.com.ni

Recuerdo que empecé a jugar a fútbol con nueve años, una edad relativamente tardía, pues casi todos los chavales de mi clase corrían, emocionados, cada vez que tocaba el timbre del recreo, con el balón (de balonmano, por cierto) que el colegio nos proporcionaba para juguetear. Imaginaban que un par de árboles eran la portería y peleaban por ver qué equipo se quedaba con la más pequeña, para jugar con ventaja. Se pedían ser sus ídolos, y pasaban de ser unos simples niños de una pequeña capital de provincia bastante olvidada a una selección de estrellas colidiendo en busca de una gloria que finalizaba cuando el timbre, nuestro particular pitido del árbitro, volvía a sonar.

En 2002, mientras se disputaba el Mundial de Corea y Japón, paraban las clases y nos llevaban al aula de audiovisuales para conectar la vetusta televisión que allí se hallaba para poder seguir en directo los partidos de la selección española. Poco a poco, en un par de partidos, empecé a comprender la emoción del fútbol, y la capacidad que tenía para unir a las personas.

La exhibición de Casillas ante Irlanda en los octavos de final sirvió para que uniera mis lazos definitivamente con el fútbol. De ahí en adelante, me uniría a la galaxia de cracks que también se citaba en el parque de al lado de mi casa para hacer lo que más les gustaba. Decidí que, de ahí en adelante, yo sería Iker Casillas. La portería, delimitada con sudaderas, cuyo larguero era simplemente la altura a la que el menudo guardameta pudiera saltar, iba a ser mi hogar durante los próximos años. En parte, porque descubrí que jugar fuera de ella no era lo mío. Un día de aquel verano, salí al parque con unas gafas de sol clamando ser Edgar Davids. Las risas de mis compañeros y mi escasa pericia con el esférico cuando se trataba de regatear o marcar gol provocaron que volviera a colocarme bajo los palos ficticios.

Temía que chutaran a mi izquierda porque no sabía tirarme a ese lado. Me dejaba caer. También intentaba tirar las faltas a veces porque quería ser una mezcla de mi idolatrado Casillas y el paraguayo Chilavert. El año que me mudé de ciudad hice la mejor parada de mi vida. Probablemente hice algunas mucho mejores más adelante, pero aquella, justo antes del pitido final, espectacular y salvadora, estará siempre en mi memoria. Luego, mis inicios en el fútbol sala y mis decepciones con las «porterías grandes». Mis sueños de portero y mis guantes rotos, la ilusión de quedar cada tarde a jugar menos partidos pero hacerlos más serios. Crecer y hacerme adulto apoyado en un balón que acababa de detener.

Escribo estas líneas y llego a mi reflexión final. Cuando recuerdo esos tiempos, me siento como un viejo nostálgico. Ya no hay fútbol como antes, quedar cada tarde para echar un partido es poco menos que una locura. Los niños de hoy no sabrán lo que es esta sensación: bendita sea su dicha. O no. Prefiero sentir que los tiempos pasados fueron mejores a pasar una vida entera delante de una pantalla sin saber que también hubo otras cosas. Porque nosotros, los mayores, también estamos condenados a rendir pleitesía al mundo digital que nos rodea. Ellos saben lo que es el fútbol, dominan sus videojuegos y crean golazos con combinaciones de teclas del mando de su consola. Pero nosotros siempre recordaremos lo que fue crecer con un balón de verdad.