La joven ha crecido demasiado rápido. Hacía un par de años que había cerrado un libro de texto para no abrir ningún otro jamás y a Patricia se le iba la juventud. Había cambiado mucho en poco tiempo. Ya era una mujer adulta aunque la adolescencia se le escapara en la mirada. Una mirada llena de entusiasmo y ganas de vivir. Como la de una niña. Seguía tomando un vaso de leche caliente con galletas, como hacía cada día al salir de la escuela a las cinco de la tarde. Seguía considerando ese manjar como uno de los momentos estelares del día. El que marca el fin de las obligaciones y el comienzo del tiempo libre.

Tuvo que adaptar tan preciado instante a su congestionada agenda hasta relegarlo a un mísero espacio de tiempo. El que transcurre entre ponerse el pijama y caer en los brazos de Morfeo sin ofrecer ninguna resistencia. No eran más de diez minutos, pero eran suficientes para coger fuerzas de cara al mañana. Para mantener la sonrisa intacta a pesar de todo. Para volver atrás en el tiempo y recordar aquellas tardes en las que intercambiaba galletas y batallas con su padre.

Ella le contaba su día a día en la escuela. Él, aquellas historias en las que casi siempre terminaba superando contratiempos para ver alguna jugada de mérito del equipo de la ciudad. Un mendigo del buen fútbol, que diría Eduardo Galeano. La escasez convirtió a Ignacio en un tipo con recursos. Él sentía que su hija lo veía como un superhombre capaz de todo mientras narraba sus peripecias. Patricia, en cambio, pensaba que los héroes debían ser aquellos otros señores. Que alguien esté dispuesto a hacer aquellas locuras debía ser porque aquel espectáculo merecía la pena.

Le picó la curiosidad. Y se enamoró del balón, del juego. Pero jamás sintió eso en el estómago. El mono. La dosis que todo aficionado a un club necesita cada pocos días. Patricia no es de ningún equipo. Su padre no la ha llevado nunca a un estadio. Para Ignacio, aquellas tardes pasaron de servir para disfrutar de su hija a no ser más que un arma letal en la guerra del mando a distancia. No lo ideó así, pero si la niña también quiere ver fútbol, son dos contra uno. La madre no tiene ninguna posibilidad. Siempre fue de preocuparse poco por alguien que no fuera él mismo.

En ello basa ahora su vida Ignacio. Ha pasado de querer contar batallas a sentirse en la obligación de ganar cualquier pequeño enfrentamiento. Contra quien sea. Incluso con su propia hija. Tanto tiempo sin trabajar, sin sentirse productivo, ha terminado por machacarlo. Son las pequeñas discusiones las que le mantiene a flote. Es la única forma que ha encontrado de sentirse vivo. Eso y la barra del bar.

Los problemas de su padre con la bebida han condicionado la vida de Patricia de una forma bárbara. Se nota en los pequeños detalles, como el de encontrar una nueva forma de disfrutar del fútbol sin su padre: jugando.

Paralelamente a aquellas tardes de leche y galletas, la curiosidad de la niña la condujo a querer patear el balón durante el recreo. Quería sentirse todopoderosa, como aquellos jugadores que su padre iba a ver. Quería ser tan fuerte como cualquier central y tan veloz como cualquier extremo. Pero los niños no dejaban que Patricia formara parte de aquellos partidos improvisados con latas o botellas. Cuando lo contaba en casa, su padre daba la razón a quienes herían el orgullo de su hija. “Las niñas no juegan a fútbol”.

Patricia abandonó aquella motivación antes incluso de dejar los estudios. Porque su vida es una lista de sacrificios. Renunció al instituto para trabajar en el supermercado del barrio durante toda la semana y poder ayudar a su familia a salir adelante. Suele ocurrir que los esfuerzos traen recompensas. Para Patricia fue Beatriz, una mujer fuerte y decidida, algo que demuestra siempre que se pone los guantes. Ya sea para manipular alimentos en la charcutería del súper o para detener balones. Es la hermana mayor que Patricia no tuvo.

Pese a la diferencia de edad, que se acerca a los veinte años, han logrado tejer una amistad en la que el trabajo y el fútbol son ejes centrales. Bea propuso a la muchacha que se pasara alguna que otra tarde por los entrenamientos del equipo del barrio. Por probar más que nada. Y Patricia picó. Primero eran un par de días al mes, luego a la semana. Hasta empezar a entrar en convocatorias. Podía cubrir el lateral o ser la jugadora más adelantada. Lo que el entrenador necesitase.

El míster empezó a contar con ella por su entusiasmo más que por su habilidad. Tanto era, que le ayudó a pagar más de una cuota mensual para que pudiera seguir en el club. Patricia confiaba más en él que en su propio padre. Llevaba en secreto que se juntara con otras chicas para dar patadas al balón. Temía que su padre despreciara su ilusión como ya había hecho tantas veces. Ella era feliz así y prefería alargar el momento, no calentarse mucho la cabeza. Empezaba a sentirse dueña de su vida y pretendía saborear esa sensación mientras fuera posible.

Fue durante aquellas semanas en las que empieza el verano y termina la temporada cuando todo se fue al garete. El último partido de la campaña sería el último que Patricia jugaría en años.

Después de un empate insulso que solo sirvió para certificar que acabarían en mitad de tabla una temporada más. Algo que ya se sabía desde hacía un tiempo. Pese a ello, las chicas del equipo habían organizado una noche digna de cualquier campeonato. El resultado, el fútbol, solo era una excusa.

Patricia llegó a casa con la intención de dejar la equipación, comer algo, arreglarse y volver con el grupo. Siempre se las había ingeniado para esconder cualquier rastro de fútbol sin llamar la atención. Tenía la suerte de que su madre solía pasar los sábados haciendo compañía a la abuela, y su padre en el bar. En principio no debía tener problemas. En principio. Cuando llegó se encontró a Ignacio intentando abrir la puerta de casa. Lo que no se había gastado en cañas lo había perdido en una timba de poker que habían improvisado algunos habituales. Volvía a casa a ver si encontraba algo suelto con lo que poder regresar al juego a recuperar su dinero.

“¿Qué haces aquí?” preguntaron ambos prácticamente al unísono. Ignacio descubrió la bolsa de deporte de Patricia, que estaba haciendo lo posible por ocultar lo que llevaba. “¿Qué llevas ahí? ¿Qué es esa bolsa?” pregunto él. El aliento le apestaba a alcohol. Patricia estaba bloqueada. Tenía la boca abierta, pero no sabía qué soltar por ella. “Te he preguntado que qué es eso. ¿De dónde vienes?”, dijo su padre mientras subía el tono de voz. “Nada” acertó a balbucear. “¿Cómo que nada? ¿Te crees que soy idiota?” espetó Ignacio mientras alargaba la mano para alcanzar la bolsa. Y la cogió sin que Patricia pudiera impedirlo. “¿Qué es todo esto?”, dijo él mientras sacaba la camiseta primero, las espinilleras después y las botas en último lugar. Las sostuvo en el umbral de la puerta, esbozó una sonrisa irónica y preguntó “¿Esto es tuyo? ¿Juegas a fútbol ahora?”. Ella lo ignoró. No quería tener otra discusión y sabía que no había nada que rascar. Aquel señor llevaba mucho tiempo sin razonar, y no parecía que fuese a hacerlo en aquellas condiciones. Así es que le birló la bolsa al viejo y lo sorteó para dirigirse directamente a su habitación. Robo y contraataque.

No entendía cómo el hombre que le había transmitido su pasión por el fútbol no aceptase que ella también disfrutara viendo el balón pasar de pie a pie. Tanto como para que querer vivirlo desde dentro. Entristeció. No reconocía a su padre en aquel señor que volcaba su ira y su frustración en ella sin ningún tipo de miramiento. Y de repente su propio padre le pareció un ser despreciable. Odiable. Pero no le prestó ni un segundo de atención. Se vistió y se fue. Cerró la puerta y se marchó mientras Ignacio le seguía gritando desde el interior.

Al fin llegó junto a sus compañeras e hizo como si todo estuviera en orden. Quería olvidar lo sucedido y disfrutar de aquella segunda familia sin pararse a pensar qué se encontraría cuando llegase a casa. Hizo lo que pudo por ignorar todo lo que pasaba por su cabeza. Mientras sus compañeras bebían para celebrar, ella lo hacía para olvidar. Y lo consiguió. Olvidó incluso utilizar protección cuando llegó a casa del chico con el que había bailado un rato antes. Él pasó del asunto. Se quedó embarazada.

Patricia fue fuerte durante los meses siguientes. No había rastro del padre de la criatura. Tampoco se le había buscado mucho. Ella se sentía capaz de sacar a su hija adelante sin una figura paterna. La que ella tuvo fue un auténtico desastre. Dejó de dirigirle la palabra. No lo quería en esta nueva vida. Hizo lo posible por ahorrar para alquilar un pequeño piso en aquel mismo barrio, cerca del campo de fútbol en el que tan liberada se había sentido. El apoyo de su madre y sus compañeras de equipo fue el empujón definitivo que necesitaba. Ante el drama que se le presentaba, Patricia decidió hacer lo que había hecho en los malos momentos: una sonrisa en los labios y seguir hacia delante.