Es sábado por la noche, la hora de la liberación tras toda la semana de trabajo, estrés y putadas rutinarias. Hemos quedado para cenar y como de costumbre llego tarde, ya me esperan con una cerveza. No importa que me lleven una de ventaja, todos sabemos que a la hora de los cubatas nadie puede seguirme el ritmo. Pedimos la cena, el tapeo es nuestro formato favorito y en este bar las raciones son antológicas. Tres o cuatro birras por barba, una cena de categoría, café tocado y chupito (invita la casa). Ya estamos dispuestos para salir de fiesta, los chicos quieren rock.

La hoja de ruta está más que clara: beberemos en el Oblicuo, bailaremos en La Connor hasta que se nos haga de día y deambularemos hacia los alrededores del estadio, pues jugamos a las 12:00. Si fuéramos gente corriente iríamos desde casa al campo, pero la normalidad no es una palabra que quepa en nuestro particular diccionario. Dormir es de cobardes.

El Oblicuo es el garito perfecto para empezar nuestras noches: las copas más baratas de la ciudad y la música más coreable que te puedas imaginar. Nos divierte cambiar la letra de las canciones por otras que crean nuestras mentes enfermas, perjudicadas por el alcohol. En otro sitio la gente nos miraría mal, pero jugamos en casa y todo el mundo nos respeta. El mejor siempre será el equipo local.

La noche va bien: risas, complicidad y camaradería se fusionan y toda duda se disipa: esta noche demostraremos nuestra grandeza y volveremos a dejarnos la piel en cada balón dividido. Defenderemos nuestro escudo, incluso en el rincón más oscuro de la discoteca.

Un taxi nos lleva hasta la Connor. Hace mucho tiempo que esta pequeña y acogedora sala es nuestro templo. Hay discotecas más grandes, puede que haya alguna con mejor música (aunque sinceramente lo dudo) y seguro que hay alguna con los cubatas más baratos, pero no hay nada como sentirse en casa sábado sí, sábado también. Con La Connor nos pasa como con nuestra grada: no podríamos vivir la noche de otra forma, en otro sitio, de la misma forma que no podríamos ver el fútbol sentados o sin nuestra gente.

Lo demás es fácilmente imaginable: la cosa va degenerando hasta que llega la hora del cierre. Hoy no ha habido suerte con las negociaciones, nadie ha conseguido engañar a ninguna mujer, lo cual, aunque joda, al menos favorece la cohesión grupal de cara a trasladarnos hacia el partido.

El camino es largo y complicado y el sol, que ya cae sobre nuestros cuerpos como una losa, no ayuda a nuestros pesados movimientos. Aún así, sabemos que si nos mantenemos unidos llegaremos a buen puerto. Somos fuertes de espíritu y nuestro equipo merece el esfuerzo.

La recompensa se acerca, el bar (nuestro bar) se vislumbra en el horizonte. Nos parapetamos en la terraza, bajo de las sombrillas. Aquí podremos esperar a que vaya llegando el resto del grupo. Hay momentos de bajón, pero el desayuno nos hace repuntar.

No queda nada para que empiece el partido, llenamos nuestra grada de color y ruido y el cuero echa a rodar. Lo hemos vuelto a hacer: 90 minutos sin parar de cantar tras una noche de acción digna de nuestros colores. Es sólo fútbol y podríamos tomárnoslo de otro manera, pero entonces no seríamos nosotros. Es nuestra forma de vivirlo, creemos en ello y mientras el cuerpo aguante mantendremos viva la llama.