En unas semanas hará un año. Habíamos cubierto las eliminatorias de ascenso de la Football League. Las que determinan cuales serán los últimos equipos en ascender de la League Two a la League One, de ésta a la Championship, y quién será el afortunado de hacerse con el último billete a la Premier League.

Solicité una acreditación para las finales, a disputar durante tres días consecutivos en Wembley, con suficiente antelación. La empresa que gestiona estas acreditaciones me indicó que lo mejor sería volver a enviar un nuevo e-mail cuando se conocieran definitivamente qué equipos disputarían cada final. Los billetes de avión se iban encareciendo y si esperaba a que me dieran el OK, tal vez ya no pudiera costearme el viaje. Compré los billetes.

Pasaron los días, envié la solicitud y esperé una respuesta. Lo lógico habría sido decir que lo hice pacientemente, pero aquí no he venido a engañar a nadie. Durante varios días consulté la bandeja de entrada de correo electrónico de forma compulsiva. Tenía la alerta activada en el móvil para que me avisara cada vez que llegara un nuevo correo. Aún así, quemé el botón de actualizar la página del navegador. Podría haber seguido con mi vida como habría hecho cualquier persona normal, pero no me jodas, se trataba de Wembley. No podía estar por ahí, como si nada, totalmente ajeno a si podría vivir o no los ascensos de Derby County o QPR, Leyton Orient o Rotherham, y Fleetwood Town o Burton Albion.

No llegó la respuesta pero sí el día de volar hacia Londres. Estaba nervioso. La ocasión lo merecía. Además de no haber podido despejar la incógnita en torno a la dichosa acreditación, había decidido hacer couchsurfing por primera vez en mi vida, y claro, a ver dónde acababa durmiendo.

Olvidé la cartera en un asiento del aeropuerto, pero los de seguridad la encontraron y me llamaron por megafonía. Era una señal. No sé de qué, no sé si buena o mala, pero algo tenía que significar. Por fin llegué a la City, busqué algún lugar donde dejar el equipaje y di un garbeo por el este de la ciudad. Fui a ver el estadio del West Ham, que quedaba “cerca” -no sé medir las distancias en Londres-.

Cayó la noche y con ella la hora de quedar con James, mi anfitrión. Era un tipo majo, la verdad. Vivía en la capital inglesa pero era de Newcastle y del Newcastle. Dejé los bártulos con todas las ganas del mundo de ver si estaba acreditado o no. Había pasado demasiadas horas sin ver si Kelly, la chica de las acreditaciones, me había contestado. Lo había hecho. No. Educado pero rotundo. Sin mayor explicación. Que no.

Highbury estadio

La fachada de Highbury.
Foto: Xavi Heras.

Estaba en Londres, no podía quedarme en casa lamentándome. Planifiqué una ruta para ver varios de los estadios de la ciudad. El primero fue Highbury, que sigue en pie aunque sus gradas se han convertido en pisos. Craven Cottage, Brisbane Road, Loftus Road, librerías viejas, Carnaby Street, la BBC… incluso jugué dos partidos de la liga universitaria con el equipo de arquitectura de James. Uno lo perdimos y el otro lo empatamos. El único punto del equipo en toda la competición. Lo celebramos, claro.

Había acordado pasar unas pocas noches en casa de James, así que una amiga me acogió durante el resto de mi estancia. Cambié de hogar permanente el sábado por la mañana. Faltaban unas horas para la primera final y en el metro ya había aficionados del Derby County y del Queens Park Rangers que se encontraron de camino a Wembley. Yo estaba en el medio, intentado disfrutar del ambiente aún sabiendo que vería el partido por internet. Bajón.

Vi el gol de Bobby Zamora por streaming, en casa, cuando la idea era estar allí, en Wembley. Luego fuimos a un pub, se jugaba la final de la Champions League, la de Lisboa, aunque mi motivación era mucho menor que la de cualquiera allí. Por lo menos el domingo me esperaba Portobello y luego Camden Town.

Hacía un día fantástico, la verdad. Tanto que incluso se me pasó ver la segunda final del playoff de ascenso. Ganó el Rotherham por penaltis al Leyton Orient. Había paseado por el hogar de los O’s días antes, las puertas del estadio estaban abiertas y estuve cerca de hacerme el despistado y colarme a verlo por dentro. Me lo pensé tanto que al final cerraron.

Mientras el Rotherham celebraba su ascenso yo charlaba con el dependiente de la tienda de discos de música jamaicana más popular de Camden. Acordamos que iría al día siguiente, cuando tendría todo el tiempo del mundo para perderme entre vinilos viejos y canciones eternas. Al final no lo hice.

Librería Fulham

Librería en Fulham.
Foto: Xavi Heras.

El lunes me desperté ya tarde. Con desgana. Wembley acogía el último de los tres partidos que pretendía ver y que me había perdido. Mientras desayunaba vi que en twitter se anunciaba que todavía quedaban entradas para el partido. No tenía nada que perder. Al final de la calle había un parque inmenso desde donde se podía ver el arco del estadio de Wembley. No debía estar muy lejos, así es que cambié de planes. Hacía sol y la idea de pasear junto a tan emblemático monumento me sedujo. Podría preguntar por entradas y si podía permitírmelo incluso podría vivir un partido allí dentro.

Me vestí, cogí algo de beber para el camino y salí de casa.

Llegué al parque y el arco de Wembley fue mi estrella polar. Me guió, aunque el cabrón estaba más lejos de lo que parecía. Mucho más. Al final del parque había una parada de metro. Era festivo y hasta Wembley quedaban varias paradas. El precio del billete era prohibitivo, así es que seguí andando. Crucé más parques, riachuelos, urbanizaciones, barrios extraños y no llegaba nunca. Tuve que dar media vuelta y cambiar de camino en varias ocasiones. Cuando más cerca parecía del arco, me topé con una autopista. La bordeé a la espera de algún puente que me permitiese cruzarla y alcanzar mi destino. Antes encontré otra parada de metro, la última antes del estadio. El precio seguía siendo insultante, así es que seguí a pie.

El cielo iba oscureciéndose según me acercaba al estadio. Llegué a correr durante algunas calles, el tiempo se me echaba encima. Tras algunas horas de caminata, logré ver a aficionados de ambos equipos que ya dejaban el pub. La previa había llegado a su fin y tocaba ponerse en marcha. Les seguí emocionado. Ya estaba cerca. Empezó a lloviznar, nada importante. Después de todo, unas gotas no iban a aguarme el día. No recuerdo si comí algo, pero recuerdo que llegué. Aquello era Wembley. Hice algunas fotos y me fui a las taquillas.

Wembley

El partido ya en marcha. Burton Albion – Fleetwood Town.
Foto: Xavi Heras.

“Fleetwood o Burton” me preguntó la chica que atendía en la taquilla. “Fleetwood”, no dudé. Hicimos algunos reportajes previos y había tenido la oportunidad de conocer un poco más al equipo de Lancashire. Habían logrado varios ascensos consecutivos y tenían un estadio precioso que se llamaba Highbury. Estaba escrito.

La entrada me pareció cara, pero no había llegado allí para decir que no, sonreír como un bobo y volverme a casa. Apliqué el mismo razonamiento cuando decidí tomar una pinta dentro del estadio. ¡Estaba en Wembley, joder!

El partido fue feo y apenas se llenaron los fondos. Busqué la zona de prensa y vi que había muy pocos periodistas. Odié a Kelly durante unos segundos. Aún así, lo pasé en grande. Un equipo de pueblo, una gente de pueblo, allí. En Wembley. Y yo con ellos. Para colmo, un churrigol de Antoni Sarcevic dio el ascenso al Fleetwood Town.

Me esperaba la vuelta, pero ya no me importaba. Cogí un autobús y me perdí, caminé un buen rato más hasta llegar a casa, pero estaba contento. Nadie sabía lo que había sucedido ese día y tenía que contarles que había estado en Wembley y había visto ascender al Fleetwood Town a tercera división.