En un portal de Blackstore Road, más o menos a mitad camino entre Highbury y White Hart Lane, viven Daniel y Edward, antiguos compañeros de escuela además de vecinos y amigos.

Edward y Daniel lo han compartido todo desde bien pequeños. Desde partidos de fútbol a estúpidas peleas en el colegio pasando por castigos insoportables en tardes de diciembre donde el cielo es gris. Aunque bueno, en el Norte de Londres el cielo es prácticamente siempre gris.

Compartieron el primer cigarro, la primera cerveza, escucharon juntos su primer disco de los Damned, las primeras fiestas, las primeras chicas, la primera noche de calabozo… Daniel y Edward son como hermanos de distinto padre. Algo que nunca compartieron fue las tardes del sábado. Ese día, cada uno tenía un destino, ambos en el mismo distrito, pero en direcciones opuestas.

Daniel podía imaginar perfectamente cómo eran los sábados al mediodía en casa de Edward: comerían pronto, probablemente roast beef con pudding de Yorkshire, su padre cogería dos bufandas del Tottenham y se apresurarían camino a White Hart Lane. Si Daniel lo podía imaginar es porque la escena en su casa era muy parecida, cambiando Tottenham por Arsenal y White Hart Lane por Highbury.

El camino al estadio siempre es algo especial, ritual, cargado de emoción y un punto de estética. Uno empieza a serpentear por las calles colindantes mientras comienza a ver gente ataviada con prendas y complementos de su equipo. Todos van en la misma dirección, todos desean lo mismo. Acompasadamente, como en una coreografía, van accediendo al estadio. Una danza salvaje y elegante a la vez. Daniel quedaba fascinado mientras ejercía de observador participante.

Fans en la Old West Stand de Highbury. Foto: Circa.

Fans en la Old West Stand de Highbury. Foto: Circa.

Luego empezaba el partido. A decir verdad, en Highbury en esa época no solían suceder cosas apasionantes sobre el verde. Era más interesante ver las peleas que recorrían el estadio. Edward siempre se mofaba del tedioso juego del Arsenal y presumía de poder ver a Glenn Hoddle y a Osvaldo Ardiles haciendo de las suyas en White Hart Lane. Daniel disimulaba, a él le bastaba con la violencia que supuraban las gradas.

La vida siempre golpea más fuerte que el fútbol y Daniel y Edward fueron creciendo entre insatisfacciones, subempleo, putadas del karma y un amargo sabor a alcohol en los labios. En 1987 ya eran lo suficientemente adultos como para darse cuenta de que el fútbol les servía para poco más que para saldar sus frustraciones. Aun así, aquel miércoles de marzo seguían sin tener nada que llevarse a la boca y sus equipos se enfrentaban en un replay de semifinales de la League Cup.

Daniel iría a White Hart Lane, la segunda casa de su hermano Edward, acompañado por una gran cantidad de muchachos de su equipo. Edward seguía yendo al fútbol con su padre, Daniel en cambio ya no disfrutaba de la compañía del suyo. No pudo soportar verle meterse en esas peleas que contemplaba de niño.

Algo más de 41.000 espectadores abarrotaban las gradas de White Hart Lane, Glenn Hoddle no podía participar del duelo y eso era un motivo para que los seguidores del Arsenal sonrieran. Aunque después de una hora de juego, era Clive Allen quien adelantaba a los spurs. Daniel se retorcía y Edward se frotaba las manos, cada uno en su grada, cada uno con su gente.

Parecía que el partido iba a languidecer cuando Ian Allinson igualaba la contienda y dibujaba una sonrisa en la cara de Daniel de dimensiones similares a la mueca de preocupación en el rostro de Edward. No era para menos y en el minuto 90, cuando la prórroga asomaba por el horizonte, un balón dividido caía en pies de David Rocastle. El esférico, por mucho que Edward hiciera fuerza para evitarlo, acabó en la red y fue Daniel quien festejó el triunfo aquella tarde.

– Bueno, no me queda otra que felicitarte, cabrón – rompió por fin el silencio Edward en la azotea del bloque donde vivían.

– Te las prometías felices, ¿eh? – contestó Daniel sonriente y ofreciéndole un bote de cerveza.

– Puede que ganéis la Copa, pero nadie te va a librar de la fábrica ni de Margaret Thatcher – sentenció Edward.

Hacía tanto frío en Blackstore Road que los dos jóvenes decidieron apagar el canuto e irse a dormir. El cielo iba a seguir igual de gris al día siguiente.