Ayer te vi, estabas en la grada. Mientras saltaba al césped junto a mis compañeros, los árbitros y el otro equipo trataba de no mirarte demasiado, aunque de reojo te tenía enfocada. Quería guardarte en la retina, mantener intacta esa imagen tuya. Radiante, bella, con un aire a insatisfacción en la mueca y ese brillo en la mirada que te hace tan especial.

Las piezas se iban colocando sobre el tablero. Yo, desde el centro de la parte del campo que ocupaba mi equipo contemplaba el silencioso baile de los minutos previos al pitido inicial. Una última mirada a la grada antes de la ceremonia, despedirme de tu silueta hasta dentro de 90 minutos -105 si sumamos el descanso-. Y es que, una vez empezara a rodar la pelota entraría en trance como suelo hacerlo y ya no tendría ojos para nada que no estuviera sobre el verde.

Lo di todo, me desfondé. Corriendo hacia atrás cuando hacía falta, hacia adelante cuando el juego me lo permitía, saltando a todos los balones divididos, bajando al fango, ayudando a mis compañeros, ofreciéndome, oxigenando el juego, mirando al adversario fijamente, enseñando los dientes… Ese era yo en el campo, llevaba siéndolo desde bien niño y ahora, en el ocaso de mi carrera, mi entrega se ha multiplicado en relación directamente proporcional a mi compromiso con el club para el que juego.

Soy lo que comúnmente se conoce como un hombre de club, un jugador de equipo. Consciente de mis limitaciones, a base de esfuerzo y sacrificio me he convertido en imprescindible para el entrenador y para mis compañeros. La afición me quiere, aunque no me idolatra. Como nunca he sido ególatra, me siento mejor así. Le devuelvo a la gente su cariño en cada acción de juego.

A pesar de todo esto, los focos no suelen apuntarme a mí y los ríos de tinta que corren cada partido no se centran en mi trabajo en el centro del campo, al que suelen dedicar dos o tres líneas amables pero nunca titulares ni destacados. Normalmente pienso que estoy mucho mejor así, aunque a veces la vanidad se adueña de mi habitual sensatez y siento un poco de celos. Entonces una palabra tuya basta para olvidarme de ínfulas y vuelvo a sentirme el hombre más afortunado del mundo.

Porque tu serenidad me recuerda que poco más se puede pedir si me dedico a aquello que siempre he amado y defiendo el escudo que siempre he venerado. Por eso, lo doy todo en cada partido y por eso soy capaz de saborear cada victoria como si fuera la definitiva.